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La sombra de la intimidad

Una novela

de

Markus Vinzent

El ciclo de Anika · Libro cinco

Parte I

1. Otra vez tarde

 

2 de noviembre de 2024.

De no haber sido por los dos primeros retrasos, Veronica no habría conseguido embarcar en Washington, ni tomar la ajustada conexión en Nueva York, ni abrirse paso por el laberinto del aeropuerto de Fráncfort. Al final, sin embargo, se encontró con lo inevitable: la puerta de embarque de su vuelo a Múnich, cerrada.

No le sorprendió. Últimamente su vida parecía conocer sólo dos velocidades: demasiado tarde o demasiado pronto, nunca el momento justo.

Ya había subestimado el tráfico al salir de Washington. Incluso con Ethan, su marido, al volante, maniobrando con silenciosa urgencia por las arterias congestionadas de la ciudad, el trayecto parecía desde el principio una empresa perdida. Ethan conducía. Ella se aferraba al retrovisor como si Feeny —contra todo cuanto sabía— pudiera aparecer una vez más.

Parar.

Avanzar.

Volver a parar.

El día se arrastraba, como si se resistiera a cada paso que aún tenía por delante.

Veronica ya estaba dispuesta a rendirse y regresar, pero Ethan siguió adelante. A veces sabía lo que ocurría dentro de ella antes de que ella misma se lo confesara. Le había contado lo importante que era para ella aquello que la esperaba al otro lado, pero él había percibido que lo temía tanto como lo deseaba: sus hermanas y Anika, aquella casi hermana de una vida que ahora, cinco años después de su último encuentro, parecía haber pertenecido a una persona completamente distinta.

De camino a la terminal, Veronica volvió a recordar cómo había comenzado realmente el viaje: no dentro del coche. Ella sentada sobre la maleta, esperando, mientras los transeúntes cambiaban de acera para no tener que preguntarle nada. Ethan no llegó a tiempo, en contra de lo previsto. Una llamada: su jefe, un ciberataque; no podía contarle nada, salvo esto:

—También te afecta a ti.

Y tuvo que esperar. Como tantas veces.

Le dolía estar allí sentada como una pieza de equipaje sin dueño, abandonada, olvidada. Y después aquella sonrisa casi satisfecha de Ethan cuando sobre el azul desvaído del cartel de la terminal apareció:

VUELO RETRASADO

—Por eso no podía salir del trabajo —añadió Ethan—. Una alarma en varios aeropuertos.

A pesar de la explicación, Veronica se llevó consigo el agravio incluso cuando abrazó a Ethan para despedirse en el aeropuerto: sin palabras, sin dramatismo, junto al bordillo. Los empleados del aeropuerto le hicieron señas para que siguiera circulando, indiferentes.

Antes de que pudiera recomponerse, él ya había desaparecido.

Se puso en movimiento. Con la sensación de que algo antiguo caminaba delante de ella, no detrás.

Después atravesó las puertas de cristal, el control de seguridad, el tumulto anónimo; siguió avanzando y volvió a aprender que con el tiempo no se negocia.

El móvil vibró.

Nuevos horarios.

Nuevos vuelos.

Un nuevo plan.

Quizá Ethan tuviera razón después de todo y ella fuera sencillamente demasiado impaciente, también con él. Feeny se habría reído de todos aquellos contratiempos, porque para ella cada retraso no era sino otra palabra para el destino.

Veronica escribió a sus hermanas.

Valerie respondió en cuestión de segundos:

Te esperamos. Siempre hemos esperado.

Esperar tenía ahora otro sonido: menos esperanza, más vacío.

 

Delante del Café Jasmin estaban Valerie y Anika. De amarillo y violeta: colores que se rebelaban contra la calle gris. El último deseo de Feeny: nada de negro. Ningún duelo sin color. Un pequeño acto de resistencia, tal como Feeny lo habría exigido.

Allí, en Múnich, el nombre de Feeny seguía vivo: cosido en la seda, tejido en la lana, susurrado entre las costuras de jóvenes mujeres que antaño habían trabajado en las mesas de su taller dando forma a diseños mientras Feeny se entusiasmaba con lo que iba naciendo bajo sus manos.

Las viejas fotografías seguían colgadas en el taller: el último desfile de Feeny, sus últimas modelos, su última visión, audaz e inconclusa. Y junto a ellas, una acuarela de Hulda Mannheimer: inmigrante judía, escultora y galerista llegada de fuera, borrosa y luminosa, un retrato de perseverancia, pérdida y de una vida que, pese a todo, se afirmaba.

El icono de Feeny para Anika.

Para Anika, todo aquello era menos un recuerdo que la prolongación del resplandor de Feeny: más allá del tiempo.

Cuando Valerie vio a Anika, comprendió de inmediato que cinco años no eran más que una fina superficie. Debajo, todo parecía más entrelazado, más impreciso y también más grande.

Anika desplazaba el peso de un pie al otro, como si necesitara afirmarse contra los recuerdos. Cinco años desde la muerte de Feeny: cinco años intentando, y fracasando, llenar el espacio que Feeny había dejado.

Ni siquiera Valerie, a su lado, podía liberarla de aquella pérdida.

No había contado los días. Al principio se había resistido a señalar los aniversarios, tampoco había llevado la cuenta de las innumerables visitas a la tumba de Feeny: primero cada semana, después cada mes, más tarde en las encrucijadas de la vida, cuando había que tomar decisiones y la ausencia pesaba demasiado.

El número «cinco» no significaba nada.

El tiempo no cambiaba nada esencial. Nunca lo había hecho.

Aquella pérdida escribía su propia cronología, ajena a toda lógica del calendario. No disminuía; sólo cambiaba los lugares donde dolía, penetraba más profundamente en el cuerpo y, a través de éste, en su interior, buscaba nuevos huecos, perforaba más hondo de lo que ella podía soportar.

Feeny pertenecía a la historia de su vida. El tiempo anterior a ella era como si la propia Anika no hubiera existido.

Casi cuarenta años desde que se conocieron: dos desconocidas que querían contemplar las mismas fotografías en una exposición, Night Shadows. Anika tenía treinta años; Feeny, apenas veintidós: brillante, impetuosa.

Aquella noche Feeny la había mirado como si ya supiera que de un encuentro fugaz podían crecer vidas enteras.

Feeny no pedía promesas.

Pedía efecto, presencia, intensidad.

El cristal del café, a través del cual Anika miraba hacia el interior, la enfrentó con su propio reflejo y el de Valerie.

Le pareció extraño.

Dentro sonó una pequeña campanilla.

La vida seguía.

Siempre seguía.

Incluso contra la voluntad de aquellos a quienes arrastraba.

En ella no existe el regreso voluntario.

Anika apoyó la mano contra el cristal. El frío alcanzó su piel.

Susurró aquel deseo secreto del que no conseguía desprenderse:

Feeny, quédate. Quédate conmigo.

Valerie pareció leerle el pensamiento y le pasó suavemente la mano por el cabello.

Feeny se había ido.

La noche de su entierro en el cementerio del bosque de Múnich, el círculo más íntimo de amigos de la fallecida se había reunido en casa de René, su marido. Entre ellos estaban Valerie y sus dos hermanas, Veronica y Victoria. A petición de ellas, René había comprado abundante prosecco, un Châteauneuf-du-Pape y una buena selección de whiskies para las amigas inglesas.

La velada acabó convirtiéndose en una noche memorable, exactamente como habría querido Feeny. Saltaron los corchos, el whisky pasó de mano en mano y Feeny volvió a la vida en historias divertidas y embarazosas.

El encuentro conmemorativo debía mantener viva la presencia de Feeny y, al mismo tiempo, prolongar la amistad entre Anika y las trillizas, sobre todo con Valerie.

Otro intento vacilante de Anika por construir futuro.

Quedarse quieta no era una opción.

El pasado llegaba de todos modos.

A veces se levantaba como una ola salvaje y la derribaba: haciendo la compra, doblando la ropa, tomando tranquilamente una taza de té.

Había luchado durante demasiados años contra los relojes equivocados de su vida.

El duelo no conocía reloj.

El viento de noviembre le mordía las mejillas.

Mañana, día 24, se cumpliría otro aniversario del día en que habían despedido a Feeny.

Pero Feeny se había ceñido aún más estrechamente alrededor de las costillas de Anika, se había deslizado dentro de una de las cámaras de su corazón.

Allí latía con ella.

A veces también contra ella.

Los primeros días del duelo habían sido brutales. Una brutalidad que la había dejado desnuda hasta la piel, que hacía insoportable cualquier crueldad casual y cualquier amabilidad involuntaria.

Durante aquella misma época Anika había perdido también a su compañero de tantos años: dos despedidas que no había elegido, dos veces arrancada de raíz, dos veces sola.

Feeny había librado su batalla.

Pero quienes quedaban atrás tenían que seguir tropezando: con piedras invisibles, a través de bosques oscuros, por densos paisajes de sombras sin camino.

Nadie sale trepando del duelo; uno se hunde en él, quizá lo atraviesa.

Si no lucha.

E incluso entonces...

Era una caída interior, sin salida a la vista.

Al principio Anika se arrastraba.

Más tarde aprendió: el único camino pasaba por el centro.

Tenía que mirar al monstruo directamente a los ojos.

Tenía que decidirse a vivir.

No a pesar del pasado, sino por él.

Miró el escaparate del café y, reflejados en él, los arbustos que se agitaban violentamente aquella mañana sombría. Detrás aparecía el borde oscuro del bosque muniqués.

Como aquella vez que había estado allí con Valerie.

Quietud.

Silencio.

Feeny entre ellas.

La que las separaba y las unía.

Mujeres que luchaban unas con otras, que no querían soltarse.

Habían pasado más de treinta años desde Cambridge, desde aquel día en que las trillizas habían irrumpido en la vida de Anika: doradas, caóticas, inseparables.

También aquella mañana.

Allí, en Múnich.

2. Victoria y Veronica en Múnich

 

De la grisura de la mañana surgió una mujer alta y rubia, con el abrigo medio abierto. Una sonrisa contenida le cruzó el rostro al ver a Anika y a su hermana Valerie. Anika apostó por Veronica, pero fue corregida de inmediato.

—No, soy Victoria. Veronica sigue atrapada en Fráncfort.

A Anika le dio vergüenza aquella vieja confusión.

—Un intento muy digno, pero ya sabes que me parezco todavía más a Veronica que a Valerie.

Anika la miró, aliviada.

—¿Me estabais esperando?

—Sí. Menos mal que ya estás aquí. —Anika señaló la mesa junto a la ventana—. Desde que conozco este café, por las mañanas está siempre lleno. Pero hoy tenemos suerte.

Entraron en el café y Anika volvió a mirar fugazmente su reflejo; seguía borroso, aunque los contornos parecían ahora más suaves. Valerie la besó en la mejilla.

Se sentaron a una de las diminutas mesas.

El té humeaba. Llegó el café.

Primero, unos segundos de silencio.

Tomaron nota de lo que querían.

Salmón y aguacate con chile. Huevos Benedict. Un exótico revuelto servido en hoja de plátano.

—A Feeny también le habría gustado —dijo Valerie—. Habría pedido lo más picante.

—Sin duda. —Victoria alzó las cejas.

Rieron, y por un instante fue como si Feeny volviera a estar sentada con ellas. Ese instante diminuto antes de que el recuerdo reclamara de nuevo el escenario.

La conversación regresó a Cambridge.

—La primera noche me dejasteis equivocarme a propósito —recordó Anika—. Valerie, Victoria, Veronica: tres nombres, y yo completamente perdida.

—Por supuesto —rió Valerie—. Nos divertía.

—Hasta que Veronica conoció a Ethan —intervino Victoria.

Silencio. Sólo por un momento.

Anika percibió la tensión y desvió la conversación.

—¿Y qué ha sido de vosotras desde entonces?

Valerie colocó bien su taza.

—¿Profesionalmente? Más responsabilidad, menos libertad. En 2011 conseguí mi cátedra en King’s, en Londres; ahora soy Head of School. Mucha administración, pero también nuevas amistades. Eleanor —dirige Social Science & Politics— es una crítica feroz de Putin. Tenéis que leer su libro sobre la resistencia en Rusia. El próximo se titula Defying the White House. Ya me imagino las chispas que volverán a saltar.

Victoria negó con la cabeza.

—Tú y tu política. Pero es impresionante lo que has conseguido.

Anika sonrió y siguió escuchando; después su voz vaciló.

—Ya os lo había insinuado: poco antes de que muriera Feeny, mi relación se rompió. Una relación larga. Familiar. Y, sin embargo, quebradiza como hielo mal congelado... —Pasó un dedo por el borde de la taza—. Tenía rasgos narcisistas. Peligrosamente narcisistas. Era sacerdote católico. Yo no quería verlo. Estaba ciega ante todas aquellas luces de alarma que parpadeaban cada vez con mayor frecuencia.

Valerie frunció el ceño.

—¿Y de verdad confiabas en él?

—Como yo confiaba en mi marido David —admitió Victoria en voz baja.

—Hasta el final. Incluso después de que lo condenaran. Me repetía que todo debía de ser un malentendido. Hasta que René me contó lo que había ocurrido.

Valerie se llevó una mano a la boca.

—Increíble.

—Aquello fue la ruptura. —Anika miró al vacío—. Un día después murió Feeny. Todo ocurrió a la vez.

Victoria respiró profundamente.

—¿Cómo lograste superarlo?

—A duras penas. Una amiga me acogió. René me ofreció ayuda, pero yo no quería ser una carga para él. Al final me marché. A Tenerife.

—¿Tenerife? —Valerie alzó las cejas.

—Sí. Casualidad, aunque tampoco del todo. Había pasado allí unos días con Feeny. Había recuerdos, pero eran distintos de los de Múnich. Aquí ya no podía soportarlo. Era como pasar entre dos filas de gente que me golpeaba. En cada esquina veía a Anima o a Femme fatale, y cuando subía al metro creía reconocer a Feeny. Decidí abandonar Múnich, renuncié a mi puesto y me fui muy, muy lejos.

Guardaron silencio durante unos instantes. Después Valerie preguntó:

—¿Y tu trabajo?

—Fue lo que me sostuvo. Al principio, pequeños pasos: diarios, legados, archivos personales. Más tarde, libros sobre intercambios artísticos, arte queer, Black Art en Gran Bretaña. Quería escribir otra historia de Europa. Una historia femenina.

Valerie asintió lentamente.

—Dios mío... perder a dos personas al mismo tiempo...

—Perderlas y perderse a una misma en la pérdida —dijo Anika en voz baja.

Victoria puso una mano sobre el brazo de Anika.

—Eso no suena a lamentarse. Suena más bien a sobrevivir.

—Sí y no. Depende del día y de la hora. —Anika levantó la mirada—. Como acabas de decir: nada de lamentaciones; he llegado hasta aquí. ¡Brindemos por nuestra amistad!

Sonó la campanilla de la puerta.

Entró Veronica, arrastrando su maleta, agotada pero riéndose.

—¡Hola! Veo que ya estáis bien animadas.

—Llevamos un buen rato esperando —dijo Valerie.

—Yo creía que veníamos a una conmemoración de duelo.

—No sólo a eso —replicó Victoria—. Feeny habría pedido prosecco. No agua.

—¡Entonces un prosecco para mí también! —gritó Veronica a la camarera, demostrando que no había olvidado su alemán.

Las copas burbujeantes chocaron unas con otras.

Invocaron un tiempo en que tenían veinte años.

—¿Os acordáis del May Ball de St John’s? —preguntó Valerie.

Una amplia sonrisa apareció en todos los rostros alrededor de la mesa del café muniqués.

—El stripper nigeriano al que Feeny vistió...

—¡Y desvistió!

—Naturalmente, fue la primera en subirse a la mesa.

—Tendríais que haberla conocido cuando era una joven estudiante —añadió Anika.

—Debíamos de pareceros tremendamente ingenuas.

Mientras las trillizas intercambiaban recuerdos, la mirada de Anika se deslizó hacia la calle, un poco avergonzada. Una furgoneta tocó el claxon; alguien entró en el café haciendo equilibrios con una bandeja de cruasanes. Ante sus ojos apareció el viejo empedrado de Cambridge, el verde de los patios de los colleges, y fue como si las décadas se superpusieran. El presente cubría las antiguas escenas como una película finísima.

—Venimos de una familia inglesa, muy protegida, sin experiencia. Antes de dejar Richmond para empezar la carrera en Oxford, nunca habíamos viajado solas en autobús o en tren. Ni siquiera a Oxford, y mucho menos a Londres.

—Cuando más tarde mi padre me llevó a Londres para una entrevista de admisión a un máster, me dejó con el coche delante mismo de la universidad. Se quedó esperando al volante, no sé cuánto tiempo, pero en cualquier caso hasta que terminó la entrevista, y acto seguido volvió a llevarme a casa.

—Pero habíais pasado los años del Bachelor en Oxford.

—Un salto enorme: por primera vez fuera de casa. Atracones de alcohol, fiestas en los dormitorios del college... siendo tres chicas imposibles de distinguir.

—Y después, el doctorado en Cambridge —dijo Anika.

—Donde Veronica conoció a Ethan.

—No he olvidado nuestras discusiones. También con Ethan.

Valerie se echó a reír.

—Siempre pensé que ésa era una de nuestras fortalezas. Podíamos estar completamente de acuerdo sobre el arte de la Antigüedad y, en cuanto llegábamos al presente, empezaban a saltar chispas.

—¿Cómo pudiste casarte con Ethan? ¿Con un demócrata, partidario de Biden y de Harris? ¿Tú, amiga de la mujer de Boris Johnson?

—¡Dejad ya el duelo de espadas! —intervino Veronica, echando la chaqueta sobre el respaldo de la silla y fingiendo una expresión severa—. Mejor contadme qué habéis hecho estos últimos años.

Valerie se rio.

—Justo estaba contando lo mío: me han ascendido, pero ahora tengo más reuniones que seminarios. —Guiñó un ojo.

Victoria apartó su taza.

—Pero hay que reconocértelo, Val. Te has abierto camino. Mucho más de lo que nuestro padre creyó jamás que seríamos capaces.

Valerie asintió. Había entendido la alusión, pero no dijo nada.

Anika se acomodó en la silla.

—Me tocaba a mí cuando llegaste, Veronica. También aquí la versión breve: mi relación hecha añicos; después de perder a Feeny ya no soportaba Múnich, así que me marché a Tenerife. Allí escribo, investigo y me aferro a mi trabajo.

—¿Tenerife? —Veronica parecía sorprendida—. Sol, sí... ¿pero aquello empezó como un exilio?

—Las dos cosas —respondió Anika sencillamente.

Silencio alrededor de la mesa.

Al cabo de un rato, Valerie dejó su copa.

—Es una locura. Estamos aquí sentadas y no puedo dejar de pensar que en cualquier momento Feeny va a irrumpir por esa puerta: ruidosa, impaciente, hambrienta.

Anika se puso seria.

—La echo de menos. Pero entonces oigo su voz: «Más valor, menos retirada».

Llegó el desayuno, humeante y lleno de color. Volvieron a enredarse en discusiones políticas y a lanzarse pullas unas a otras.

Anika pasó una mano por el mantel, como si quisiera alisar una arruga invisible, antes de retomar la conversación.

—Os he invitado yo. Por favor, sois mis invitadas.

3. Acercamientos

Anika y Valerie salieron del hotel y entraron en la fresca noche de noviembre que descendía sobre el día gris. El asfalto brillaba; los coches levantaban abanicos bajos de agua y el aire olía a hojas, tierra y metal.

Caminaban en silencio.

Pero entre sus pasos avanzaba algo con ellas: informe, pesado, despierto.

Anika hablaba de la vanguardia muniquesa: Dadá contra Múnich, Múnich contra Dadá; lenguaje contra lenguaje, sentido contra sinsentido. Su voz era tranquila, casi profesoral, como si quisiera cubrir con ella la tensión que empezaba a surgir.

Valerie sentía una leve presión bajo el esternón.

En una esquina, Anika se detuvo y señaló un restaurante:

—Krambambuli.

—Valerie, éste es nuestro sitio. Cocina muniquesa de toda la vida.

Dentro: rostros jóvenes, cerveza de trigo, algunos hombres mayores en un rincón del fondo. Papel pintado que parecía madera apilada.

—¿Y el perro de la pared? —preguntó Valerie.

—Krambambuli. Un perro que se desgarra entre dos amos y acaba pereciendo por los dos.

—Un símbolo grotesco para un restaurante.

—O para eso que lleva tiempo empujándote por dentro.

Valerie miró el espacio que había entre ellas. ¿Debía marcharse? Anika no las había invitado a ella y a sus hermanas únicamente por el aniversario. Era evidente que buscaba cercanía. Pero Valerie sabía que Feeny no había sido simplemente una amiga: había habido algo más profundo, algo en lo que ella misma nunca había logrado penetrar.

Entonces Valerie habló, en voz baja, con precisión:

—Estoy luchando con el comienzo.

—¿Por tu madre?

—No. Mi padre decía que su muerte no lo había sacado de su camino. Había podido prepararse para ella. Pero creía que estaba amenazado.

La palabra quedó entre ellas, fría.

—¿Amenazado? ¿Qué quieres decir?

—Hablaba de peligro de muerte. Sin detalles. Sólo esa palabra... y una mirada que no comprendí.

Una breve pausa.

—Y unos meses después estaba muerto. Oficialmente, un infarto.

Anika torció la boca con escepticismo.

—Estaba lleno de vitalidad. No encajaba. —Valerie negó apenas con la cabeza—. Aun así creí en la explicación. Hasta que entré en su casa.

Se detuvo un instante.

—Tenía una llave de repuesto, como cada una de nosotras. Ya se habían llevado el cuerpo; las habitaciones estaban fantasmagóricamente vacías. Ningún rastro de desorden... excepto en su despacho. Los cajones de roble estaban abiertos, vacíos. Había papeles esparcidos por el suelo.

Aquello despertaba sospechas.

—Yo me habría vuelto loca —dijo Anika—. Habría llamado a la policía, habría puesto la casa entera patas arriba.

—Yo me quedé allí, sin más —respondió Valerie—. Entonces sonó el timbre. Era la vecina: pálida, sin aliento, aliviada, como si hubiera estado esperando. «Ven. Ahora mismo», me dijo. Ya en su casa añadió una frase: «Me ha confiado algo... para Victoria». En el desván esperaban siete cajas pesadas.

—¿Cajas? —repitió Anika, más como un eco que como una pregunta.

—Desapareció y las fue bajando una tras otra, hasta que los siete monstruos estuvieron delante de mí.

Valerie se pasó el pulgar por los nudillos; como si todavía sintiera el peso sobre ellos.

—Debería haberlas llevado sencillamente a Victoria, pero algo dentro de mí se resistió. Porque la vecina me había contado que mi padre se había vuelto extraño durante sus últimos meses. Aproximadamente una semana antes de morir había insistido en mirar dentro de una de las cajas. Le pidió que saliera de la habitación. Pero ella miró por la rendija de la puerta y vio un emblema: una botella de la que caía vino dentro de una copa. Vino rojo como la sangre.

—Extraño, pero no realmente peligroso.

—Eso pensé yo también. Pero la casa parecía como si alguien hubiera entrado a la fuerza.

Anika no dijo nada. Sólo se oyó el tintineo de unos cubiertos en otra mesa.

—En el coche se me ocurrió una idea: quizá mi padre no murió de un infarto. Quizá ése fue el segundo paso, no el primero. Llevé las cosas de mi padre a Londres, a mi despacho en King’s. Después, durante el fin de semana, pude examinarlas.

Anika no se movió. Era esa clase de silencio que no alivia a quien habla, sino que lo sostiene.

—La primera caja: conferencias, bocetos, notas sobre inscripciones. Fotografías en blanco y negro de monumentos funerarios. La segunda, más o menos lo mismo. Empecé a pensar que todo eran imaginaciones mías. Pero entonces... la tercera.

—¿Qué había en la tercera?

El espacio pareció estrecharse en aquel instante sin que ninguna de las dos se moviera.

—La tercera me hizo detenerme. Ya al abrirla. Entre los papeles habituales había dos legajos. Uno atado con una cinta de color rojo oscuro; Confidential, escrito de su puño y letra. El otro estaba atado con rafia y llevaba sólo una letra: K. Y el emblema del que había hablado la vecina. Aquello ya no era su trabajo. Era la entrada a una vida ajena.

—¿Los abriste?

—Primero el legajo rojo. Había cartas, todas escritas en aquel misterioso papel con el símbolo característico. Remitente: The Disciples. Dirección: King’s College London.

El nombre no parecía cosa del pasado, sino del presente. Como si siguiera escribiendo.

Anika contuvo el aliento.

—¿The Disciples?

—Una sociedad secreta. Todo el mundo conoce el nombre, nadie conoce a sus miembros actuales. Tiene más de ciento cincuenta años.

—¿Y quién pertenecía a ella antes?

—Algunos bastante... notorios.

—El único club secreto que conozco es el de Cambridge.

—Los Apostles: más notorios que famosos —dijo Valerie—. Durante la guerra hubo entre ellos agentes dobles, matemáticos de Bletchley que alimentaban a británicos y rusos al mismo tiempo. Supongo que a eso lo llamaban «lealtad intelectual».

—Increíble. ¿Y algo así sigue existiendo?

—El club, sí. Pero hoy se lo considera domesticado: más un círculo elitista de debate que una organización clandestina. Aun así, los nombres aparecen y vuelven a desaparecer. En Cambridge se susurra; en Oxford se presume. Allí está el Bullingdon, con miembros como Cameron y Johnson. Quién sabe cuántos pubs habrán destrozado. Ventanas, lámparas, vajilla: todo hecho añicos. Y esa misma noche, pagado en efectivo. Ley del club.

—Suena a una mezcla de decadencia y juego de poder. ¿Y en King’s?

—Con nosotros, en Londres, están los Disciples. Al menos igual de opacos. Y conectados entre sí. Los viejos hilos no se rompen; sólo cambian de color.

No hacía falta saber quién tiraba de ellos para saber que alguien tiraba.

—Mi padre no era uno de ellos... o eso creía. Pero debió de pertenecer a los Disciples. De otro modo no se explica el papel de las cartas.

Anika negó con la cabeza, incrédula.

—Por lo que se sabe, también los Disciples se han convertido entretanto en un club de debate. Desde los años ochenta dicen que incluso admiten mujeres, sobre todo porque en King’s no son doce miembros, sino setenta.

—Pero insisto: ¿cómo encaja una sociedad secreta con King’s?

—Tanto menos cuanto que King’s College London fue fundado por la Iglesia anglicana como una especie de anti-college. Debía hacer frente a la secular London University, creada por la ciudad en 1829.

—Bueno, a la Iglesia sí la creo capaz de semejante secretismo.

—Sí, pero King’s no tardó en convertirse precisamente en parte de aquella London University y, aun así, quiso desafiar a las universidades confesionales y exclusivas de Oxford y Cambridge y luchar por ideas educativas progresistas y por la promoción de las mujeres.

—¿Y después alberga en su seno durante décadas una institución machista que parece un sucedáneo del Ku Klux Klan?

—Naturalmente tienes razón: hombres entre hombres, al menos durante décadas, y seguramente con más conservadores que progresistas.

—¿Gente influyente?

—Y tanto. Opacos y bastante turbios. Una vez, en un comité de nombramiento, presencié un cambio de opinión completamente inesperado y acabaron nombrando a un candidato contra todos los pronósticos. Cambridge, Oxford, Londres y los antiguos miembros, los Angels, de todos esos clubes: la misma letra. Poder, lealtad e hilos poco limpios. En Inglaterra no puedes escapar de ellos.

—¿En el país de la democracia?

—Bueno, a mí misma me apoyó una vez una historiadora: Claudia Capella.

—Nunca he oído hablar de ella.

—Una figura extraordinaria. Jamás habrías imaginado que era catedrática de Historia Moderna.

—¿Quieres decir como esas historiadoras de televisión?

—Sí. Sólo que más radical.

—¿Eso es posible?

Valerie hizo un gesto alrededor del cabello.

—Pelo lacio, ropa gastada, sandalias. Ante las cámaras, casi objeto de culto. Para muchos, inaccesible. Para mí, no.

Valerie sonrió brevemente al recordarlo.

—Nuestras supervisiones terminaban muchas veces entrada la noche: conversaciones, discusiones, risas, aquella intensidad casi embriagadora.

—¿Pertenecía a los Apostles?

—Es posible. No lo sé. Pero tenía esa manera de comprobar de pronto dónde estaba una de verdad.

—¿Cómo?

—Una noche miró el cuello abierto de mi abrigo como si hubiera descubierto algo y me preguntó secamente: «¿Dónde compras tu ropa interior?». Nunca me habían preguntado algo así, tan directamente. Le dije el nombre: Feeny.

—Oh —hizo Anika, remilgada.

—En nuestro siguiente encuentro apareció con un nuevo negligé, negro, de corte afilado. Inconfundiblemente Feeny. No dijo nada. Simplemente lo mostró. Como una señal. Entonces comprendí qué hilos llevaban ya tiempo tendidos entre ella, Feeny y yo, y por qué poco después Feeny consiguió el encargo del vestuario para el siguiente May Ball de St John’s. No era favoritismo. Era resonancia.

—Así de rápido se mueven los hilos detrás del escenario —dijo Anika, todavía sin acabar de creerlo—. ¿Y tu padre pertenecía realmente a los Disciples?

—Eso parece. Y, sinceramente, me inquieta menos que perteneciera a ellos que las propias cartas.

—¿Qué decían?

—Pidamos algo primero. Necesito una copa antes de seguir, porque esto no sólo se vuelve oscuro. Se vuelve todavía más sombrío.

—Entonces pediré un Black Ukrainian. Vodka y licor de café podrían combinar bien. ¿Tú qué vas a tomar?

—Eso ya sería demasiado —respondió Valerie, sacudiendo la cabeza—. Mejor un Dark ’n Stormy: un toque de lima con ron oscuro, ginger beer y espumoso de Crimea. Con suerte me levantará el ánimo.

En efecto, Valerie parecía algo afectada por su propio relato: la muerte de su padre, todo lo inexplicable que la rodeaba y, finalmente, el descubrimiento de aquellos documentos y su inmersión en ellos.

—Las cartas estaban ordenadas por fecha. La de arriba era de apenas unos días antes de su muerte. Firmada por Lucius y dirigida a Aurelius: ése era el nombre en clave de Cedric Sinclair, mi padre.

—¿Y Lucius?

—No sé quién se esconde detrás de ese nombre. Todavía no. Lucius escribió que la vida de Aurelius corría peligro.

Anika se sobresaltó.

—¿Cómo? ¿Una amenaza?

—Quizá. O una advertencia. En cualquier caso, le instaba a sacar todos los documentos de la casa y ponerlos a buen recaudo.

—¿Y tu padre?

—Respondió ese mismo día. Había también una copia entre los papeles. Guardaba copias de todas las cartas. Reconocí enseguida su letra, aunque firmara como «Aurelius». Los documentos estaban a salvo. Lucius no debía seguir presionándolo.

Pero ¿qué archivo está a salvo?

Anika frunció el ceño.

—Eso no suena precisamente a una muerte natural.

—Por eso pasé todo el fin de semana buscando, intentando comprender. Leí durante horas. La correspondencia se prolongaba durante años. No había duda: a mi padre y a Lucius los unía algo más que una amistad.

—¿Quieres decir...?

Valerie guardó silencio. Después:

—Sí. Una relación. Homosexual. Secreta.

—¿Y eres la única que lo sabe?

—En cualquier caso, nunca hemos hablado de ello entre hermanas. —Hizo una breve pausa—. Quiero que recuerden a nuestro padre tal como lo conocieron. Por eso sólo te lo cuento a ti.

—¿Y tu madre? ¿Sabía algo?

—No lo creo. Aunque quizá incluso habría sabido convivir con ello. Al fin y al cabo, toleraba mis relaciones. Nuestra familia era un entramado complicado de etiqueta, silencio y consideración por los demás.

—Casi cuesta imaginarlo.

Valerie esbozó una sonrisa.

—Tú eres más directa. Ojalá yo pudiera serlo también.

—A cambio, tú aprendiste a comportarte.

—Es verdad. Después de separarme de mi pareja me acerqué más a mi padre. Incluso me defendió ante mis hermanas. Aquello era nuevo. Y eso que era la persona más conservadora que puedas imaginar: un anglicano High Church.

—Conservador y, al mismo tiempo...

—Sí. La vida es complicada. No siempre avanza en línea recta.

Pidieron otra ronda. El camarero trajo los cócteles y se movió como si hiciera una reverencia ante Krambambuli.

Alzaron las copas y saludaron también al fidelísimo compañero desgarrado entre sus dos amos que las contemplaba desde la pared.

—Por la vida y sus enredos —dijo Anika.

Después de un sorbo, Valerie continuó.

—Encima de todo había un recorte de periódico: «¡La estatua: el experto se marcha!».

—¿Un titular?

—Sí. Lo recordaba vagamente. En la familia se decía entonces que mi padre se había equivocado en un peritaje. Consideró que una escultura de la Antigüedad tardía procedente de las cercanías de Aquileia era una copia. Pero la vendieron como original, por un millón. Aquello puso fin a su actividad como experto.

Anika no supo qué responder.

—Ahora veo que todo era mucho más complejo. Mi padre había reunido documentación, artículos, dibujos de Pirro Ligorio, el anticuario del papa Pablo IV en el siglo XVI. Quería demostrar que la base que encontró Ligorio no había pertenecido originalmente a una figura femenina, sino masculina, razón por la cual Ligorio la completó más tarde convirtiéndola en una figura de hombre, un Pedro. Los adversarios de mi padre sostenían lo contrario: según ellos, el dibujo de Ligorio mostraba claramente que sobre el pedestal había habido originalmente una mujer, algo que no agradaba ni al papa ni a mi padre.

Anika frunció el ceño.

—Si los adversarios de tu padre tenían razón, ¿Hippolytus, el Padre de la Iglesia, habría sido representado como una mujer?

—Exactamente. Y no sólo como mujer: como una mujer con un pecho desnudo, ¡como una amazona! Hippolytus es conocido, naturalmente, por valorar mucho a las mujeres; incluso las llama «apóstoles de los apóstoles». Pero imagínate que el papado hubiera tenido como figura emblemática a una mujer representada medio desnuda.

La voz de Valerie sonaba como si no hablara con Anika, sino contra algo que se interponía entre ella y su padre.

—Eso sería un argumento a favor de las mujeres en los cargos más altos de esa institución. Dinamita. No me extraña que algunos colegas se revolvieran contra él.

—Algunos lo acusaron de haber desprestigiado deliberadamente la estatua para poder comprarla él mismo. De hecho, pujó por ella a través de un intermediario. Y afirmó que lo había hecho para impedir que se exhibiera públicamente.

—Delictivo, quizá. O ingenuo.

—O al revés. Su carrera había terminado, pero ni él ni sus adversarios dieron por cerrado el asunto. Estableció comparaciones con la inscripción de Abercio, la llamada «reina de las inscripciones cristianas». Ambas, la de Hippolytus y la de Abercio, serían los primeros testimonios monumentales del cristianismo. Y se explicaban mutuamente. Siempre hombres.

—Casi parece que luchaba contra todo un frente: historiadoras del arte, autoridades eclesiásticas y sus críticos, casas de subastas, inversores.

—Así fue. Y quizá una de esas luchas acabó costándole la vida.

Fuera lo que fuese lo que había detrás, él no había cedido.

Anika alzó su copa.

—Entonces brindemos por su valor. Y por tu fuerza para soportar todo esto.

Valerie asintió.

—Y porque algún día llegue a comprender qué ocurrió realmente.

 

Después de cenar y de todo cuanto se habían dicho, caminaron en silencio, una junto a otra, con las manos entrelazadas, por la ciudad nocturna.

—¿Volvemos al hotel? —preguntó Anika—. ¿O puedo invitarte antes a un digestivo en un bar muy especial que tiene algo que ver con Feeny?

Valerie la atrajo hacia sí y la estrechó con suavidad.

Unos pasos más adelante, Anika señaló un letrero al otro lado de la calle:

The Silver Bar.

Entraron y se dirigieron a uno de los grupos de sillones que quedaban libres. Valerie quedó impresionada por el ambiente elegante. Múnich volvía a sorprenderla: cultivada, distinguida y, tras echar un vistazo a la carta de bebidas, más barata de lo que estaba acostumbrada en Inglaterra. Se recostó en un oscuro sillón de cuero.

—¿Te gusta? Puedes quedarte hasta bien entrada la noche. Oficialmente cierran a las dos, pero eso sólo significa que cierran las puertas y ya no entra nadie más. A mí nunca me han echado.

Valerie sonrió con un leve gesto crítico.

—¿Y se llama The Silver Bar aunque por dentro todo brille en negro y oro?

—Ésa es precisamente la gracia del concepto. Los uniformes son de Feeny: negros, con botones dorados, confeccionados en su taller. En las paredes hay fotografías que realizó junto con el fotógrafo de arte Chris Gartland. Hay un pequeño libro sobre ellas que se puede comprar en la barra, igual que un libro de cócteles con las bebidas de aquí. Todas las creaciones llevan pan de oro.

—Qué cerca estabais Feeny y tú en vuestra manera de imaginar las cosas. Sólo ahora empiezo a comprenderlo.

Anika se atrevió a acercarse más y pasó un brazo por los hombros de Valerie.

—¿Hemos hablado alguna vez de nuestra cercanía?

—No realmente.

Valerie la miró directamente.

—¿Puedo preguntarte algo? ¿Cómo llevas la separación de tu pareja? —preguntó Anika con cautela.

—Pidamos primero. Yo tomaré un Angel’s Kiss.

—Entonces me arriesgaré con el Knickerbocker. Suena aventurero, pero encaja.

—Vaya bar retro —dijo Valerie—. ¡Cócteles que, según la carta, fueron creados en 1923!

—Probémoslos antes de juzgar.

Llegaron las bebidas, coloridas y centelleantes. Brindaron.

Valerie alzó su copa hacia la luz. El pan de oro ardía en su interior.

—Estuve diez años con Elaine. Después se marchó. Sin hablar. Sin explicaciones.

—¿Cómo ocurrió? ¿Sentía que vuestra relación era unilateral?

—Puede ser. No me había dado cuenta de que quería una pareja que estuviera disponible cuando ella la necesitara. Ahí yo tenía que fallar. No puedo vivir una relación a demanda. Quiero poder decidir sobre mi propia vida antes de plantear exigencias o satisfacer las de otra persona.

—¿Pero no eres demasiado estricta? ¿No es hermoso que tu pareja te muestre que le das algo absolutamente esencial?

—Claro que sí. Lo intentamos. Cuando ella regresaba del aeropuerto, yo había preparado el piso y puesto la mesa. En la escalera desde la puerta de entrada hasta el salón colocaba velitas, cada una sobre una pequeña tarjeta con un saludo o una pregunta sobre su viaje, incluso alguna insinuación íntima. Había preparado una buena cena.

—¡Qué romántica eres!

—Cuando se abrió la puerta, no prestó atención a nada. Ignoró las velas y las tarjetas. Entró en nuestro dormitorio, metió su ropa en una maleta y pocos minutos después —yo creía que estaba en el baño— apareció en la puerta, la cerró detrás de sí y desapareció.

—¿No tuviste ninguna oportunidad de hablar con ella? ¿Ni entonces ni después?

—No. Me bloqueó por todos los medios. Se marchó. Y se había ido.

—¿Has conseguido superarlo?

—Con mucha dificultad. Pero comprendí algo: no sólo había decidido ella. También yo. Mi incapacidad para comprometerme de verdad. Pero mi valor no depende de un tú. Hoy, contigo, siento algo distinto. No siento tirón ni presión. Más bien un fuego silencioso.

Calló. Al cabo de un momento volvió a empezar:

—Si mañana me la encontrara por casualidad en la calle, tendría preguntas que hacerle, pero no le reprocharía que se marchara. Sí, me sentí herida y ofendida, también me enfadé. Pero no menos conmigo misma que con ella.

Anika dejó el cóctel sobre la mesa. Las camareras mantenían una distancia respetuosa; las mesas vecinas estaban lo bastante alejadas.

Tomó la mano de Valerie. Recorrió las líneas que el tiempo y la experiencia habían trazado en ella, los nudillos, los lugares delicados; avanzó hasta sus dedos, siguió su contorno hasta las suaves yemas, se deslizó entre ellos y los entrelazó con los suyos.

Un estremecimiento la recorrió.

Valerie dejó también su copa, se acercó y, sin apartar los ojos de Anika, desabrochó los botones color limón de su blusa. Tocó su piel, la miró y sonrió.

Sus labios se encontraron.

 

Por la mañana seguían estrechamente abrazadas.

Valerie había mantenido durante la noche la mano de Anika sobre su pecho. No habían ido más allá, aunque Valerie habría estado dispuesta. Pero había percibido la reserva de Anika, no quería presionarla y era sencillamente feliz sintiendo su calor y su cercanía.

—¿Nos quedamos un poquito más? —preguntó Anika suavemente.

—Me gusta que me lo preguntes. Tendré que acostumbrarme.

—¿Acostumbrarte? No es un privilegio. Sólo una excepción.

Anika rio en voz baja y se acurrucó contra ella.

Bajo la ducha cantó por primera vez en años: She may be the song that summer sings … A trace of pleasure or regret …

Mientras el agua le corría por el cabello, susurró:

—Feeny, qué no daría porque pudieras estar aquí y pudiera compartir contigo lo que estoy viviendo ahora.

Se preguntó si aquello era lealtad o huida. Sólo intuía que era más fuerte que ella.

Después de secarse y maquillarse ligeramente, volvió a entrar en la habitación y se quedó inmóvil.

El desayuno esperaba sobre una bandeja.

Salchichas blancas, Brezeln, mostaza.

Y Valerie, completamente desnuda.

Anika dejó caer el albornoz.

La bandeja quedó olvidada.

4. Las cinco — el aliento de Feeny

Al día siguiente, Anika y las trillizas entraron en el cementerio del bosque de Múnich. La luz caía entre los árboles altos; ardillas pardas saltaban por el camino. Un lugar donde el duelo y una quietud juguetona se entrelazaban: un bosque con tumbas, no un cementerio con árboles.

Los recuerdos que Valerie conservaba del entierro de Feeny estaban ensombrecidos por el dolor de su propia despedida.

Ahora avanzaban entre un mundo de vida palpitante, expuestas a aquellas lápidas que parecían hablar con menos palabras que las historias, con menos aún que los poemas.

En silencio, sin conversar, caminaban una junto a otra.

En un claro descubrieron la tumba-libro de Michael Ende. Casi habrían pasado de largo de no ser por la diminuta casita con las letras. Victoria se arrodilló delante e intentó descifrar la inscripción brillante: un pasaje de Indicavia, la leyenda de Ende sobre el indicador que quería conducir hasta la puerta del mundo de los verdaderos prodigios. Anika señaló la pequeña tortuga con la inscripción:

—No tengas miedo.

—Esa frase me recuerda la tumba del escritor cretense Nikos Kazantzakis, que visité con Feeny en Heraclión. Allí dice: «No espero nada. No temo nada. Soy libre». Esa frase se me quedó grabada. Feeny la recitó como si fuera su propia profesión de fe.

—¿También le gustaba Ende? —preguntó Valerie.

—Sí. Lo relacionaba con Meister Eckhart. Ambos habían intentado explorar el misterio del tiempo —añadió Anika.

Victoria volvió a inclinarse sobre la piedra, recorrió con los dedos las letras cubiertas de musgo y leyó con su ligero deje de Oxford:

—«Una vez más se levantó del suelo, avanzó unos pasos y preguntó: “¿Quién eres?” … “Yo”, respondió la luz, “soy tú. Y ahora ven”. Entonces Indicavia hizo una reverencia y cruzó el umbral».

—Esa capacidad de hacer visible lo invisible —continuó Anika— la compartía Michael Ende con su padre, el famoso surrealista. Contaba que su padre esbozaba sus obras en un cuarto oscuro, con un lápiz de luz. Sólo cuando el boceto había ido más allá de él mismo, lo convertía en cuadro.

—Una tumba no es un punto final —dijo Valerie—. Más bien un signo de interrogación.

Siguieron caminando, del Cementerio Viejo al Nuevo, hasta detenerse ante la tumba de Feeny: una sencilla piedra arenisca, con la fecha de la muerte antes que la del nacimiento.

Todo comienza en el ahora.

Sin decir palabra, depositaron las rosas.

«Gracias» —la palabra favorita de Feeny— resonó dentro de ellas.

—Durante su última semana me dijo: «Respiraré contigo». Ahora respiramos las cinco —dijo Anika.

Su pecho se alzaba y descendía suavemente, entre cercanía y distancia; su sangre pulsaba, tenía que alejarse para poder regresar y llevarla más adentro de su corazón.

¿Despedirse? ¿Cómo separarse de quien mueve la propia vida?

Tras un rato de silencio, dijo:

—Todavía la veo regresar de la tumba de una amiga que había muerto dos años antes que ella. Llevaba en la mano el ramo que quería dejarle... y se sentía perdida porque en el Friedenswald no estaba permitido depositar flores. En aquel momento, me dijo, había perdido definitivamente a su amiga.

Anika suspiró y miró a las trillizas.

—No estaríamos ante la tumba de Feeny si no levantáramos una copa de prosecco por ella —dijo, tratando de animarlas—. Vamos. Hay una taberna junto al bosque aquí cerca.

Allí revivieron los recuerdos de la boda de Feeny y René junto al lago de Starnberg: paredes revestidas de madera, cornamentas de ciervo, fotografías en blanco y negro. En un rincón había una estufa de azulejos verdes y, debajo, leña de haya que llenaba el salón de olor a bosque. Las mesas estaban cubiertas con manteles color crema.

Pero, a diferencia de aquel salón tradicional, Feeny había sorprendido en su boda con un auténtico arte de mesa: cada cubierto era diferente; cuchillos y cucharas mantenidos en equilibrio formando pequeñas esculturas, servilletas plegadas en construcciones dadaístas. El arte de mesa de Feeny: juguetón, vanguardista y, precisamente por eso, tan sorprendente en un espacio tradicional.

Anika miró el reloj. René había prometido reunirse con ellas en la taberna del bosque, junto al cementerio.

Llegó más delgado que antes, relajado. Abrazó a las hermanas y, por último, a Anika.

—Cuánto tiempo sin vernos.

Hablaron de los años transcurridos, del trabajo, de política, de la guerra, de pérdidas y nuevos comienzos.

Anika fue escueta:

—Manchester te sienta bien.

René se rio.

—Y a ti España. Ni una sola cana a la vista.

—Todo es fake —soltó Anika—. Sin mi artista del cabello estaría tan blanca como tú.

—Un poco de retoque en la vida nos lo permitimos todos.

Entonces abrazó a Anika.

—Hace mucho que no nos vemos —le dijo al oído, en voz baja, casi como una pequeña declaración de amor.

—No es de extrañar, con todo lo que pasa en tu vida y en la mía —continuó Anika.

—También te has ido a vivir bastante lejos de mí.

—Tú tienes la culpa —se defendió Anika, aunque añadió con cariño—: ¿Has vuelto a sentirte en casa en Inglaterra?

—En el piso nuevo todavía tengo alguna que otra bombilla colgando sin pantalla. ¡Me falta la mano de una artista!

—Para eso has venido a la persona equivocada —replicó Anika con sorna.

—¿Y qué tal te va en tu nueva patria isleña? ¿Ya dominas la lengua del país?

—No me recuerdes el español —dijo Anika—. Tengo la impresión de haber retrocedido unos cuantos años, hasta cuando creía que iba a ahogarme en el océano de la lengua inglesa. Ahora vuelvo a sentirme igual. Aunque aquí y allá empiezo a descubrir pequeñas islas lingüísticas. En el taxi camino del aeropuerto conseguí por primera vez mantener una conversación con el conductor en su idioma, aunque reconozco que el trayecto era corto.

—¡Eso no es ningún paso pequeño! ¡Enhorabuena! —la felicitó René.

Las trillizas escuchaban con atención. Querían saber cómo Anika y René habían aprendido entretanto a sostenerse cada uno sobre sus propios pies.

—No puedo quejarme —dijo Anika—. Todo nuevo comienzo cuesta, pero cada vez que me siento en el avión rumbo a Tenerife me relajo y empiezo a alegrarme de volver a la isla.

—A mí me pasa algo parecido cuando llego a Manchester. La distancia respecto del pasado ayuda.

—¿Y cómo acabaste precisamente en España, en Tenerife? —preguntó Veronica, añadiendo de inmediato—: Como nosotras, todavía habrías podido trabajar unos cuantos años más.

—Probablemente. Pero incluso jubilada estoy muy lejos de no tener trabajo. Todo lo contrario: tengo la sensación de que sólo ahora puedo empezar de verdad.

—¿Y por qué en una isla?

—Curiosamente —dijo Anika—, eso tiene algo que ver con René. Pero cuéntalo tú, René, si quieres.

—Encantado. Para escapar un poco del duelo y de la soledad, pasé unos días en Málaga y pregunté a Anika si quería acompañarme.

—¿Y te fuiste con él? —preguntó Valerie con un ligero matiz de celos.

—Lo reconozco, al principio fui algo reticente, porque después de la muerte de Feeny apenas habíamos tenido contacto. Pero quería hacerle ese favor a René.

—Así que pasamos una semana en Málaga —prosiguió René—. En arte y gastronomía, la ciudad está a la altura de su fama. Sólo el tiempo echó por tierra nuestros planes. Al menos corrigió mi idea de cómo era una ciudad del sur de España. Cuando recorrimos el Caminito del Rey, precisamente el día de mi cumpleaños, aquello no fue la caminata fácil que prometía la guía, sino una lucha contra la naturaleza. Nada más entrar en el profundo desfiladero, con aquel sendero a menudo estrechísimo pegado a la roca, el cielo se volvió negro. Y empezó a llover. No a la inglesa: bíblicamente. El Caminito se convirtió en una batalla de agua. Al final, yo ya había tenido bastante.

—¿Y después?

—Volamos de Málaga a Tenerife. Cielo azul. Sol. Calor. A los dos nos gustó tanto la isla... que me quedé.

—Qué decisión tan vertiginosa —dijo Veronica, asombrada.

—Admirable —añadió Valerie—. Hay que tener valor para hacer algo así.

—A veces no conviene pensárselo demasiado —respondió Anika.

—Empezar de nuevo después de aquellos años agotadores y dramáticos en Alemania... Y poder cambiar el föhn y ese tiempo siempre cambiante por un entorno soleado y relajado me sentó realmente bien. Y me sigue sentando bien. Pero perdonad que hable tanto de mí.

—En absoluto —dijo Valerie—. Precisamente por eso aceptamos tu invitación y nos hemos reunido: para construir con los recuerdos el puente que la tumba de Feeny nos ha permitido tender.

—Perdonadme por no haber podido estar con vosotras desde esta mañana —dijo René—. Tenía todavía asuntos de trabajo. Gracias, Anika, por organizar este encuentro en el quinto aniversario de la muerte de Feeny. Y gracias a todas por haber hecho el viaje. Fuisteis un apoyo importantísimo para Feeny y para mí. Y seguís siéndolo.

Ya habían pedido y compartían Kirschdatschi y Apfelstrudel con salsa de vainilla.

No habría sido un encuentro con las trillizas si entre ellas no hubieran vuelto a encenderse las cuestiones políticas.

—Desde el ataque de Putin contra Ucrania, Ethan trabaja prácticamente día y noche —añadió Veronica en voz baja—. Apenas me cuenta detalles, pero lucha contra las fake news y la propaganda rusa. Lo está desgastando. Y también está desgastando nuestro matrimonio.

Valerie frunció el ceño.

—A veces me pregunto si Putin creía tener elección. Pero luego mira lo que ha conseguido: Finlandia y Suecia son ahora miembros de la OTAN. Seguro que eso no era lo que quería.

Veronica asintió con gravedad.

—Para mí sigue siendo un agresor. Yo sólo veo la guerra. Las bombas. Los muertos. Y luego Ethan, intentando día y noche mantener la línea del frente digital.

Victoria dejó el tenedor.

—Para mí cuenta quién ayudó. Johnson fue uno de los primeros en ir a Kiev. Aquello me hizo sentir orgullosa de ser británica.

Anika contempló en silencio a las tres hermanas.

—Es increíble cómo una guerra así puede llegar hasta el interior de vuestra propia familia.

Veronica suspiró.

—Sí. Incluso mi madre y mi padre discutían desde la invasión de Crimea, aunque mi madre ya estaba débil. Para ella era algo personal: había nacido en Petersburgo, su madre era ucraniana y su padre, de Osetia. Esa mezcla nunca dejó de acompañarla.

—No pasemos todo el día atrincheradas en estas posiciones —propuso Victoria, conciliadora—. Estamos aquí para recordar a Feeny.

—De acuerdo —dijo Valerie—. Pero Feeny era pacifista. A menudo me pregunto qué nos habría dicho en esta situación.

Finalmente alzaron las copas.

—Por Feeny —dijo Anika.

—Por Feeny —respondieron las tres.

5. Final del día

—No habría imaginado que este año volvería a Europa por segunda vez —dijo Veronica, apoyándose contra el cabecero de la cama del hotel, donde ella y Victoria yacían bajo la cálida manta como en un tiempo ya remoto.

—Por eso es aún más bonito que volvamos a encontrarnos aquí —respondió Victoria—. Aunque sólo consigamos reunirnos por las tumbas.

Sonrieron, cansadas. El día se les adhería como niebla.

Hacía años que no compartían habitación. Veronica todavía sentía el desfase horario. Victoria había salido temprano de Birmingham el día anterior porque su vuelo desde Stansted partía poco después de las seis. La noche anterior todavía había asistido a un acto en el Barber Institute; después, el viaje nocturno, el vuelo de madrugada, el paseo por el cementerio... No era extraño que el cansancio acabara por vencerlas.

Al cabo de un rato, Victoria preguntó:

—¿Y? ¿Qué impresión te han causado Anika y René? ¿Y Valerie?

Veronica se encogió de hombros.

—Cercanía. Y fracturas. Y algo entre ambas.

Terminaron el té. El cansancio se les iba metiendo en los miembros, pero el sueño no llegaba. Demasiado pasado entre las dos, demasiadas cosas no dichas bajo la manta.

Victoria preguntó por Ethan y por los gemelos. Veronica le contó brevemente —Abby, ciberseguridad; Emily, escritura creativa—, sin adentrarse en las finas grietas de su matrimonio. Victoria habló del bebé de Sarah, de Liam, aquel «sweety» que, en los días adecuados, le salvaba el corazón.

Pero entre las palabras se extendía la sombra de David, Dean de Christ Church, Oxford.

El hombre que la había dejado por una de sus estudiantes; o, más bien, que la había dejado a medias.

El hombre con quien, pese a todo, seguía yéndose de vacaciones.

El hombre al que Veronica nunca había comprendido.

—Yo no lo habría soportado —dijo Veronica—. Habría echado a Ethan de casa. En menos de una hora.

Victoria guardó silencio durante largo rato, como si buscara una palabra que no condenara.

—Lo sé. Tú eres distinta.

Veronica tragó saliva.

—Sigo sin entenderlo. Cómo puedes dejar que siga tan cerca de ti y de los niños, después de que él...

—Porque todavía lo amo —la interrumpió Victoria. Sin patetismo, sólo una verdad—. Y porque los niños lo aman. Y porque él... —empezó, se detuvo—, porque forma parte de mi vida, quiera yo o no.

Veronica dejó que permaneciera el silencio. Y de pronto percibió la profundidad del corte que su hermana había ocultado durante años.

—Hay que reconocerlo —dijo Victoria—, vuestros gemelos ya viven más separados durante sus estudios de lo que nosotras vivíamos entonces.

—No les hace ningún daño. Son distintos, cada uno empeñado en ser él mismo. Muy diferente de cómo nos sentíamos nosotras entonces. Y probablemente de cómo seguimos sintiéndonos.

Victoria calló un momento y luego dijo:

—Ese es nuestro mayor problema. A menudo me siento tan cerca de ti o de Valerie que llego a cuestionarme a mí misma. Lo que tú vives, lo vivo también dentro de mí. Lo que tú tienes que soportar me pesa a mí también. No puedo olvidar el momento en que nos contaste cómo había sido aquel encuentro con Ethan, cuando decidisteis estar juntos...

Recreó aquella velada, una de esas catas en Cambridge —Chardonnay, oporto, queso— en las que todos probaban a ciegas y siempre ganaba la botella más barata. Ethan había brillado: encantador, inteligente, culto. Que a Veronica le gustara no sorprendió a nadie. Pero Victoria había sentido entonces la presión que pesaba sobre su hermana: el doctorado en Cambridge... o irse con Ethan a Estados Unidos.

—Sentía como si fuera yo quien tuviera que tomar la decisión.

—Y me lo dices después de todos estos años —respondió Veronica—. Yo sentía vuestra presión más que la mía propia. Todo dentro de mí se rebelaba, pero no tanto porque vacilara entre Estados Unidos e Inglaterra, entre una vida con Ethan y mi doctorado. Quería quitaros ese peso de encima. Y, sin embargo, hoy creo que fue la decisión correcta. No habría podido ser más feliz que con Ethan y los niños.

Victoria le apretó la mano y pasó un brazo alrededor de ella. Aprobación, pero también la admisión de que Veronica había sufrido durante años por haber dejado atrás a sus hermanas en Inglaterra y a la universidad. Había sido también una separación de su padre y de su madre, ambos profundamente arraigados en aquel mundo académico.

Pero la vida de Victoria tampoco había sido más fácil: volver a casa de sus padres, abandonada por David. Una humillación. Aunque sus padres la sostuvieron. Se ocupaban de los niños, tenían que hacerlo; la apoyaban, la ayudaban, porque Victoria debía ocuparse de su profesión, de su carrera académica y de ganarse la vida para sus hijos. Veronica lo observaba con sentimientos ambivalentes: para ella, su hermana seguía demasiado cerca de David; aquel empeño por conservar al padre para sus hijos se parecía demasiado a aferrarse a él.

Victoria, sin embargo, lo defendía. No es que hubiera aceptado jamás la separación. La había atravesado y había sufrido, pero cada día volvía a encontrarse con su marido en sus hijos. Se parecían demasiado a su padre. Ambos tenían su tono de voz, sus gestos. Ella seguía amándolo. Contra toda razón, como no había amado a nadie antes. Sí, seguía amándolo, aunque tuviera que aceptar que él amaba también a otra mujer, que la amaba más que a ella, que había elegido vivir con ella y hacía mucho que había formado con ella otra familia. Más aún: incluso podía comprender por qué su nueva esposa lo amaba.

Con el tiempo fue comprendiendo cada vez con mayor claridad que su amor por David no disminuía. El tiempo podrá curar heridas, pero no reduce lo que sentimos por la persona amada. Lo contrario era cierto. Los pequeños malentendidos, e incluso las grandes heridas del pasado, palidecían, mientras que aquellos momentos excepcionales que todavía podían vivir juntos y con los niños cobraban para ella una importancia cada vez mayor.

Para sus padres, en cambio, David era la encarnación misma del egocentrismo. No soportaban ver hasta qué punto su hija seguía aferrada a él. Y no les gustaba: ni el sacerdote anglicano, ni el erudito, ni el Dean. Cuanto más hablaba su hija maravillas de él y se negaba a encontrarle defecto alguno, más lo rechazaban ellos. Pensaban que seguía manteniendo atada a su hija para tener fácil acceso a los niños, sin tener que esforzarse realmente por Victoria ni ocuparse de las necesidades cotidianas de los pequeños. Esa carga se la había dejado a ellos, los abuelos. David era una de las razones por las que Cedric no sólo despotricaba contra la Iglesia anglicana, sino que defendía con obstinación la Iglesia católica y el celibato de sus sacerdotes.

Para Victoria, por otra parte, David constituía el muro invisible que le permitía distanciarse de sus padres junto con sus hijos. Sus padres lo intuían. Y por eso odiaban aún más a David. Desde el día en que abandonó a Victoria y a los niños, lo que más deseaban era verlo salir por la puerta. Aquello impulsó a Victoria, inmediatamente después de obtener la cátedra de Historia del Arte Antiguo y Medieval en la University of Birmingham, a buscar una casa propia.

En Birmingham encontró su propia vida: la cátedra, una casa en Moseley, parques, cafés, el ruido de los trenes. Huellas de Tolkien para los niños. Una casa con demasiado espacio y demasiado silencio. La convirtió en galería y lugar de seminarios, hizo construir una pequeña piscina. Un reino propio, levantado con heridas y desafío, y con la voluntad de mostrar a sus hijos que romperse no significaba el final.

En una excursión al Black Country, más al norte, visitaron el museo industrial, donde los fines de semana un pueblo entero volvía a cobrar vida. Los niños probaron dulces de otra época, se sentaron en pupitres escolares, escribieron el alfabeto con tiza. En la calle se representaban juegos como en la inauguración del canal de Worcester dos siglos atrás. Después subieron a un tren de carbón a vapor: el traqueteo, el hollín, camareros con libreas blancas.

Para Victoria aquello era un consuelo: el pasado podía ser juego, no sólo carga. Y el futuro no nacía de caminos victoriosos, sino del ruido y de las pequeñas manos pegajosas de los niños que buscaban las de su madre.

El té hacía tiempo que se había terminado, la luz estaba atenuada. Sus cabellos se rozaban sobre la almohada. El cansancio estaba allí, pero más fuerte era aquella antigua sensación de cercanía. Y de cautela.

Dos hermanas despiertas en la misma oscuridad, cada una dentro de su propia incertidumbre.

—No tienes que compadecerme —dijo Victoria—. Estoy bien. Muy bien.

Victoria disfrutaba de aquella casa, en realidad demasiado grande, con sus hijos. Había hecho recuperar las paredes decorativas con incrustaciones del salón y reconstruir también el vestíbulo con su lucernario rectangular. Al retirar las placas superiores, la mesa del comedor se transformaba en mesa de billar; en las paredes colgaban los tacos en su soporte y, debajo, la tiza.

Aunque Victoria hablaba con entusiasmo de su casa en Birmingham, Veronica no cedía. Y por primera vez se mostró ella misma abierta y sincera; quería animar a su hermana a hablar también de sí misma, de sus miedos, sus preocupaciones, sus heridas. Habló de Ethan, nombró las tensiones entre ambos: la vida estadounidense, sus distintas concepciones de la política, del cuerpo, de la intimidad. Confesó cuánto ansiaba ternura, pero también que la desafiaran, y hasta qué punto la blandura de Ethan había llegado a resultarle ajena.

—Necesito a un hombre que se plante ante mí, que me desafíe, que no quiera ir siempre por delante de mí intentando apartar todos los obstáculos de mi camino.

—A mí también me echaría para atrás.

—¿Te sorprende que sea demócrata? —sonrió con ironía—. El nombre ya lo delata. En casa, en el Reino Unido, serían el ala más izquierdista de Labour, o comunistas.

—Entonces pertenece al club de los incorregibles que quieren arreglar el mundo, igual que David dentro de su Iglesia.

—Arreglar el mundo, sí. Pero cuando se trata de lo cotidiano, de los niños, de nuestro matrimonio, no ve ni obstáculos ni tareas.

—Y eso que en nuestros informativos son los republicanos, no los demócratas, quienes aparecen como misóginos. Como si no tuvieran respeto ni consideración por las mujeres.

—Mi experiencia es otra. Al menos son hombres de verdad, y tienen también mujeres seguras de sí mismas. Algo está sucediendo y quien conozca los problemas sociales de Estados Unidos, que sólo podrán abordarse si se consigue que la gente vuelva a tomar la iniciativa en lugar de alimentarla socialmente, como en Inglaterra o en otros países de este continente, tendría que darme la razón: sólo así puede cambiar la sociedad.

Victoria, cuyas opiniones estaban próximas a las de su hermana, asintió y animó a Veronica a hablar de sí misma con todavía mayor vehemencia:

—Mira a Ethan: apoyó a Biden, a Harris y a todos esos parásitos sociales; me considera una patriota fundamentalista, ciega y de derechas, que cuestiona las tradiciones de su país. Me bombardea, a partir de lo que vive cada día, con todo lo que según él son informaciones falsas que inundan el país y que desde allí pretenden socavar las fuerzas democráticas entre nosotros para favorecer a los republicanos. Dice que se proponen seriamente abolir la democracia.

—¿Él mismo se lo cree? ¿También otros de vuestro círculo de amigos?

—En eso Ethan está obsesionado. Naturalmente tiene a sus compañeros de partido, también en el trabajo. Aunque yo lo considero propaganda izquierdista absurda.

—O quizá esté marcado por su trabajo.

—Puede ser. Allí sólo ve un lado: la guerra cibernética en el Pentágono.

—Me alegra que seas fiel a ti misma y a lo que aprendiste en casa. Es fácil tirar todo eso por la borda.

—Y cuanto mayor me hago, más comprendo lo importante que es lo que recibimos de nuestros padres.

Victoria escuchaba con un brazo alrededor de ella.

—Quizá la vida consista en aprender a vivir con las circunstancias porque no queremos traicionarnos a nosotros mismos.

Se acercó un poco más. Sus cabellos se mezclaron sobre la almohada.

Los veredictos de su padre resonaban todavía en Victoria: David no te toma en serio. Te ha repudiado. Está enamorado de sí mismo, enamorado de sí mismo, enamorado de sí mismo.

Odiaba a su padre. Incluso si tuviera razón.

David era su David.

No enteramente suyo, pero también suyo.

Casi como si no tuviera importancia, Victoria dijo:

—¿Puedo contarte algo antes de que vuelva a faltarme el valor?

No esperó respuesta.

—Fue en Cambridge. Con Claudia Capella.

Una imagen relampagueó: pints en el Eagle, voces, el tenue olor de los libros. Victoria habló de aquella noche:

—Me miró. Su mirada me atravesó. Yo no aparté la mía. Lo supe: había puesto algo en marcha. Su mano sobre la mía, firme, impaciente: «Deja de representar papeles. Sé tú misma». No regresé al college. La seguí hasta aquel piso: libros, vasos, desorden. Y me entregué. Me sentí vista y disuelta al mismo tiempo. De pronto la historia dejó de ser sólo papel y se convirtió en piel. La suya. La mía.

Se detuvo.

—Durante años creí que David había sido el primero en romperlo todo. Pero fui yo. Y no sé si aquello fue culpa... o libertad.

Veronica sintió una punzada y, al mismo tiempo, consuelo. Todo en ella quería proteger a su hermana y, sin embargo, de pronto comprendió algo que nunca había entendido, algo que ni siquiera había querido ver: que el amor de Victoria por David no era debilidad, sino el intento de cerrar una vieja grieta.

—Ahora voy a contarte algo mío —dijo Veronica—. Si todavía puedes.

Victoria se incorporó un poco.

Veronica intentó relajarse.

—En Estados Unidos nunca abandoné del todo nuestra disciplina. De vez en cuando seguía escribiendo pequeños artículos y, durante los primeros años, asistía al congreso londinense de la asociación de historiadores del arte. Nada más atravesar el portal neogótico de St. Mary, pasando junto al antiguo cementerio judío, tuve la sensación de entrar en otro tiempo: no Estados Unidos, no familia. Sólo yo, como antes. Frente a mí estaba el chairman, el profesor Gabriel Lenoir: atento, amable, casi penetrante.

»“¿Doctora Ashcroft?”, me dijo, y yo me sobresalté. “Su reseña de mi último libro... se lo agradezco. Elegante, precisa, más cuidadosa de lo que fui yo mismo al corregirlo. Me ayudó a afinar la tesis.”

»No sabía dónde meterme. ¿De verdad recordaba mis líneas?

»Sólo cuando su asistente me puso en la mano la llave de mi habitación me atreví a observar al profesor con mayor detenimiento. Apenas pasaría de los cuarenta —yo era entonces varios años más joven que él—, cabello rizado, ojos despiertos y serios, la piel bronceada por el sol de Italia. Una camisa entallada, llevada abierta, y encima una chaqueta.

»El asistente, con traje azul, parecía salido del college. Cogió mi maleta como si fuera un portero.

»“Ayudo con la logística”, dijo en voz baja. “Pero mi tema es otro. Escribo sobre los vacíos icónicos de la Antigüedad tardía.”

»Lo miré sin comprender.

»“Me interesa”, continuó, “el lugar donde la imagen fracasa. Donde el artista no muestra nada, aunque haya algo que mostrar. Creo que el espacio vacío habla más alto que aquello que vemos.”

»Su voz me hizo sentir que había llegado, volvió familiar aquel entorno que se me había hecho extraño. A pesar de su ropa formal, no adoptaba la pose de un ambicioso; dejaba entrever más bien la inseguridad de un hombre que no sabía si su pensamiento encontraría resonancia. Me sentí comprendida. Desapareció escaleras arriba con mi equipaje.

»El profesor Lenoir retomó el hilo. Se apartó del grupo de personas que lo rodeaba y vino hacia mí.

»“¿Y tú?”, preguntó con aquel tono informal que uno esperaba ya en una segunda conversación. “Conozco tu tema por el programa, pero ¿qué es lo que realmente te interesa?”

»El corazón se me hundió un piso, pero reuní todo el valor que pude.

»“Me pregunto cómo el arte hace vivir lo invisible, cómo dirige nuestra mirada hacia lo ausente para abrirnos a otra presencia.”

»Parecía recoger cada palabra, sopesarla; veía mi pasión. Mientras hablábamos, me acompañó. Los escalones crujían en la caja de la escalera; olía a cera y a pulimento. Nos detuvimos delante de la puerta de mi habitación.

»“Para tu planteamiento, el espacio y el tiempo no están simplemente ahí; sólo surgen a través del arte”, dijo. “¿Te he entendido bien?”

»Sus palabras me alcanzaron. Había dado exactamente con el núcleo de mi ponencia. Pero había algo más en su voz: una resonancia interior, también un juego. Me veía. No sólo como colega.

Victoria escuchó hasta que Veronica le permitió intervenir:

—Me dejas sin aliento. ¿No supiste en aquel mismo instante que quería algo más de ti, que quería llevarte hacia algo en lo que no habías pensado, algo que no habías querido?

—Gabriel me dijo ante la puerta: “¿Hablamos más tarde? Mañana, una vez empezado el congreso, las conversaciones suelen quedar reducidas a intervalos demasiado breves.”

»Me tranquilicé. Gabriel no quería entrar en mi habitación. Pero me llegó más de lo que pretendía decir. Halagada, envalentonada y también un poco descarada, respondí: “Digamos... ¿a las nueve?”. Y me sorprendí ofreciéndole precisamente aquello ante lo que, apenas un segundo antes, había sentido miedo y había retrocedido. Pero ya ves: no fue él quien me presionó. Fui yo quien encendió la mecha, quien puso el fuego en su mano y le ofreció la explosión. Quería que me vieran. No como madre. No como esposa. Sino como yo.

»Me encontré sola en la habitación. Sencilla: escritorio, estantería, cama estrecha. Primero me tumbé, miré al techo y traté de comprender qué acababa de suceder. Antes incluso de quitarme el abrigo, lo supe: tendría que reescribir mi ponencia. En el espacio sí había pensado. En el tiempo, en absoluto.

—¿Y en ese momento no pensaste en Ethan? ¿En los niños?

—Casi nada. No en aquel momento. Buscaba cercanía. Otra clase de cercanía. Desafío, intensidad, resistencia. Ethan era bueno. Demasiada bondad puede asfixiar. Gabriel no era mucho mayor que Ethan, pero su manera de presentarse, sus frases, despertaban algo que hasta entonces me había faltado en la vida: que me exigieran. Intensidad. Firmeza. Pensar conmigo y sentir conmigo. Aquello que una vez había visto en nuestro padre —y que al mismo tiempo había despreciado— lo vivo ahora con Ethan. Aunque precisamente en la docilidad de Ethan había buscado lo contrario de nuestro padre. Ethan es adorable. Demasiado adorable. Me falta claridad, provocación. Nuestros padres querían a Ethan, vosotras lo consideráis un cuñado maravilloso que se acuerda de vosotras, de los cumpleaños de vuestros hijos. Pero yo... yo lo sentía cada vez más desinteresado. No veía en él la disposición a luchar conmigo, también contra mí y, precisamente por eso, también por mí; a sumergirse en aquello que me fascina y oponerme algo.

»La idea de Gabriel de esos vacíos que van surgiendo y que son capaces de hablar de aquello que en la superficie se calla, haciendo aparecer lo que permanece soterrado... ¿Fue esa provocación lo que me atrajo? ¿La idea de que lo invisible no debe temerse, sino vivirse y amarse?

»Por la noche, durante la recepción, volví a verlo. Se acercó un camarero con una bandeja blanca y nos ofreció una copa de vino a él y a mí. De pronto estábamos frente a frente. Alzamos las copas.

»“Gracias”, dijo en voz baja, casi conspiratoria.

»“Gracias”, respondí, “también por la sugerencia. He vuelto a revisar mi ponencia.”

»Sus ojos brillaron interrogantes, casi traviesos.

»“A las nueve”, confirmé.

»Apenas asintió.

»Y yo lo sabía: aquello no era una casualidad, ni simplemente una noche de congreso. Era un corte. Una rendija. Un vacío que hablaba más alto que cualquier imagen.

—¿Y qué significó aquella noche para lo que vino después?

—¿Y la tuya?

Victoria se limitó a asentir, apoyó la cabeza junto a ella y cerró los ojos.

Pero el sueño no llegó.

No para Victoria.

No para Veronica.

Victoria acabó hundiéndose en un sueño en el que aparecían vasos romanos, fragmentos y un enorme camión de mudanzas que iba engullendo contenedor tras contenedor: la noche en que su familia tuvo que abandonar la antigua casa. Su padre, encorvado, taciturno, obstinado. Su madre, empaquetando recuerdos en lugar de libros. Y ella misma, una niña que creía que el suelo se abría bajo sus pies.

Pocos días después de que su padre perdiera su «ocupación secundaria» en la casa de subastas, llegó un enorme camión de mudanzas. La tarde anterior, los operarios habían dejado siete contenedores en la entrada. Ahora su madre y su padre vaciaban el desván, el anexo, la casa trasera y el garaje. Sacaban caja tras caja, como si fueran enterrando su vida pieza por pieza. Su madre miraba con tristeza; su padre, obstinado, vaciaba el estudio, el pesado armario de libros situado detrás de su silla, que años atrás había comprado en Bremen. Ella le preguntó cómo podría vivir sin sus libros. Él respondió flemáticamente que las obras importantes estaban en la biblioteca de la universidad. La nueva casa a la que se mudarían sólo tendría dos dormitorios en lugar de cinco, pero bastaban de sobra: uno para ellos, los padres, y otro para las niñas. Y podrían pagarlo con los dos sueldos universitarios.

Desde que alcanzaba a recordar habían vivido a la vuelta de la esquina de Abbey Road, en el centro de Londres; su nuevo hogar estaría más al norte, fuera del centro, en una zona residencial de Watford. Según su padre, aquella zona era más asequible y, además, más adecuada para unas adolescentes, con los canales y todo aquel verde. Pero hasta entonces el dinero nunca había sido tema de conversación durante las comidas.

Así que ayudó a llenar los contenedores, aquellos sepulcros de su pasado. Sólo unas pocas cosas fueron a parar al camión.

Se despertó de golpe.

¿Por qué le venía aquella escena precisamente ahora? ¿Por qué en este momento? ¿Era el rechazo de David por parte de sus padres lo que hacía aflorar esas imágenes negativas del pasado? ¿Porque antes de aquello había vivido a su padre como el hombre que había puesto en peligro la vida de la familia? Su madre había rechazado a David, tampoco sus dos hermanas lo apreciaban, pero era su padre quien menos palabras buenas encontraba para él.

Hasta aquella noche, nadie de su familia había querido comprenderla; quizá no habían podido hacerlo.

Su padre tenía una idea firme de la vida; al menos, eso era lo que proyectaba hacia fuera. Había momentos en que ella dudaba de sus convicciones, también de su patriotismo, de su conservadurismo, de su cerrazón religiosa. Pero luego volvía a ver su arraigo, aquel fundamento que le había impedido desesperarse pese al revés profesional y la mudanza.

Cada libro que sacaba de la estantería lo sopesaba entre las manos, lo abría, a veces olía el papel, y en los movimientos de su cabeza podía verse con qué peso depositaba la mayoría de los libros en aquellos ataúdes; de vez en cuando, uno especialmente valioso descendía a la pequeña caja destinada a la nueva casa, con cuidado, como si colocara un huevo crudo sobre paja blanda.

Y todo le pesaba.

Desde que la venta de la casa había traído consigo un cambio radical de sus condiciones de vida, Victoria había observado otras transformaciones. No podía decir con certeza si las dudas habían comenzado ya antes, pero sí había advertido que su padre viajaba siempre sin su madre cuando salía de excursión académica, aunque ella, como bizantinista, también investigaba los países del Este.

Por su trabajo, los viajes de estudio, talleres y congresos de su padre lo llevaban sobre todo a países meridionales: Italia, España, Croacia, Grecia, pero también Bulgaria, Rumanía, Polonia, Ucrania y Rusia. En Georgia pasaba regularmente varias semanas durante el verano; también en Armenia, donde estudiaba antiguos manuscritos en la célebre biblioteca de Ereván, el Matenadaran.

Cuando hablaba de esos viajes, aunque no era hombre de muchas palabras, solía mencionar a los colegas con quienes había estado. Su madre no pertenecía a aquel círculo.

Como hija y como mujer, Victoria tenía la impresión de que su padre se movía en un mundo de hombres en el que se sentía cómodo. Y cuanto mayor se hacía ella, más consciente era de ese otro mundo de su padre. Pero tanto más inexplicable le resultaba que mostrara precisamente hacia David, su exmarido, semejante hostilidad.

¿Era porque su propia mujer lo rechazaba y no quería tener nada que ver con él? ¿Estaba decepcionada por su fracaso, por la pérdida de su hogar?

Por mucho que su padre la apoyara a ella y a los niños, tanto más extraña le parecía su aversión hacia David.

Se hundió profundamente en la almohada.

La oscuridad de la habitación era densa.

Veronica dormía profundamente.

Y un pensamiento la atravesó como un rayo de luz:

No había sido la caída de su padre lo que la había herido.

Sino no haber podido sostenerlo.

Y que ese mismo miedo la mantenía unida a David.

Apoyó la frente contra la almohada y respiró.

Despacio.

Dolorosamente.

Su padre volvió a aparecer ante ella: inflexible, conservador, enigmático. Y empezó a tomar forma la certeza que durante años había evitado:

Nunca había aprendido a dejar marchar a alguien que la había decepcionado.

Y nunca había aprendido a sostener a alguien sin perderse a sí misma.

Miró a su hermana. Una figura dormida, tan cercana a ella como nadie más.

Y lo supo:

Aquella noche no había sido una confesión.

Era el comienzo de un capítulo nuevo, más peligroso.

Un capítulo que sólo unas hermanas podían sostener.

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