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The Anika Cycle · Book Four

No todos los días I

​Una novela in dos partes

de

Markus Vinzent

Parte I:  No

 

 

 

 

No todos los días llama los más hermosos aquel
que vuelve la mirada, lleno de añoranza, hacia aquellas alegrías donde
lo amaban sus amigos, donde los hombres
se demoraban benévolos junto al joven.

— Friedrich Hölderlin

 

Capítulo 1: Anika

1.  Anika y Feeny

Anika miró su agenda: viernes, 12 de febrero de 1988. El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina; aquella tarde se la había reservado para sí. No tenía reuniones ni encuentros con estudiantes. Lo único que había anotado para ese día era la visita a la artista de moda Feeny Achner. Se había puesto en contacto con Feeny porque había visto fotografías suyas como modelo. Por teléfono, Feeny le había dicho que tenía algunas obras más recientes colgadas en su salón de masajes y la había invitado a verlas. Anika estaba preparando una exposición en la que no sólo los fotógrafos, sino también las modelos, debían ocupar un lugar central.

Las fotografías colgaban en el pasillo y en las dos salas del salón, en su mayoría desnudos en blanco y negro de Feeny. De imagen en imagen, Feeny explicaba las poses, lo que significaban para ella, y tenía curiosidad por saber cómo una historiadora del arte contemplaba e interpretaba aquellas obras. A Anika le costaba decidir hacia dónde mirar: si a la modelo de las fotografías o a la figura que estaba de pie a su lado, con una prenda amplia, finísima y transparente que apenas le llegaba por debajo de las caderas.

—Mira, aquí hay un estudio con un vestidito de voile que diseñé y cosí yo misma y que hoy llevo para ti; lo fotografiaron para unas imágenes de catálogo.

Feeny señaló el vestido y su cuerpo, se volvió y recorrió el pasillo como una modelo sobre la pasarela. Anika siguió su forma de caminar: pasos largos, uniformes y fluidos, colocando un pie delante del otro y cruzándolos ligeramente, como si avanzara sobre una línea invisible. Los brazos se balanceaban con soltura, con naturalidad, apenas perceptiblemente. Con una pose se dio la vuelta, caminó hacia Anika y la miró directamente, desafiante y desarmante al mismo tiempo. Anika no sabía qué le estaba ocurriendo. Feeny se acercó con seguridad, la estrechó contra sí y preguntó:

—¿Puedo enseñarte también mi sala de masajes y mimarte un poco? No vivo sólo de mis telas, mis vestidos y las fotografías.

Antes de que Anika hubiera podido pensarlo y responder, Feeny la condujo a un vestuario mientras ella se preparaba en la habitación contigua. Anika respiró hondo. Por un instante le cruzó por la mente la pregunta de si estaba bien aceptar la invitación de Feeny. ¿Por qué no?, pensó después. No iba a contratarla sólo como artista de moda, sino en toda su persona; y un masaje, un poco de tiempo para sí misma, sí, ¿por qué no? Todavía algo insegura, se desvistió, se duchó y se tumbó sobre la amplia colchoneta de masaje que la esperaba.

Feeny se acercó, pasó sus manos delicadas por la espalda de Anika y luego hundió con firmeza los dedos en los pronunciados músculos de sus hombros. Con movimientos circulares y enérgicos los masajeó hacia el cuello y del cuello de nuevo hacia los hombros. Anika dejó escapar un leve gemido. Feeny estiró piel y músculos, los amasó con ambos puños a lo largo de la columna vertebral, apartó el largo cabello rubio de Anika y se hundió más profundamente en su cuerpo. Anika sentía cada una de sus vértebras. Los dedos de Feeny tanteaban, se abrían camino entre las elevaciones intermedias hasta las profundidades; parecían atravesar la piel y penetrar hasta lo más íntimo de ella. Anika entró en una especie de trance, sentía calor y frío a la vez cuando creyó percibir los pezones de Feeny rozándole rítmicamente la espalda.

Mientras Feeny trabajaba el cuerpo de Anika con las manos y los dedos, le contó lo ocurrido durante la semana anterior, las dificultades de mantener su salón de masajes como trabajadora autónoma. Anika intentaba concentrarse y escucharla. Feeny le contó que unos días antes, cuando había salido a comprar panecillos, había visto una figura oscura en el cruce de enfrente de la panadería y había tenido la sensación de que la observaba. Apenas había emprendido el camino de vuelta con la bolsa de panecillos en la mano, se dio cuenta de que una persona corpulenta había comenzado a seguirla.

—Mi paso se fue acelerando sin que pudiera evitarlo. Lo que había sido un paseo tranquilo se convirtió en una carrera, pero aquel hombre seguía pegado a mis talones. Ojalá hubiera llevado conmigo a Hassia, la pastora alemana de mi vecina, a la que suelo sacar a pasear durante la semana —dijo.

Completamente sin aliento había llegado a la puerta de su casa, sin rastro de la misteriosa figura que la había seguido como una sombra.

—Aliviada, cerré la puerta detrás de mí. Pero apenas había dejado los panecillos sobre la mesa cuando sonó el timbre. De repente entré en pánico; no tenía la impresión de que hubiera un nuevo cliente delante de la puerta. Finalmente me acerqué y pregunté: «¿Qué quiere?». El desconocido, cuya silueta apenas podía distinguir a través del vidrio esmerilado, respondió con voz amenazante: «Se trata de tu protección. Tu negocio corre un peligro enorme. Y si quieres que no te pase nada, abre la maldita puerta y te diré lo que tienes que hacer». «No necesito protección. ¡Lárguese de aquí!», fue mi respuesta.

Feeny soltó una risa desdeñosa mientras contaba a Anika aquella confrontación.

—¡Como si fuera a dejarme intimidar por cualquier tipo que aparezca por ahí!

Anika no había logrado seguir todos los detalles. Estaba absorbida por los movimientos del masaje, cada vez más intensos a medida que aumentaba la excitación de Feeny. Pero intuía a qué desafíos estaba expuesta Feeny al llevar, con sólo veintidós años y sola, un salón de masajes en las afueras de Múnich.

—No fue el único tipo ni tampoco el último que me amenazó. Son esas bandas de motoristas fuera de la ley, sucios chupasangres. No tardé en averiguar que pertenecía a los Bad Angels. Seguro que la competencia les había hablado de mí y querían o exprimirme o echarme del mercado. Pero no habían contado conmigo.

Feeny, aunque más bien pequeña y de constitución delicada, tenía un carácter tenaz. Al comienzo de sus estudios de diseño de moda había solicitado un trabajo para estudiantes en el ayuntamiento de Múnich y aceptado el puesto que le ofrecieron como portera nocturna en uno de los albergues municipales para solicitantes de asilo. No sólo le interesaba el horario: cuatro noches a la semana, entrada a las once de la noche, fin del turno a las siete de la mañana. También le atraía la posibilidad de entrar en contacto con personas de otras culturas, fascinada como estaba por la ropa, los tejidos naturales y los interiores procedentes del norte de África.

Por regla general, después de su turno nocturno iba directamente a la escuela superior, pasaba la primera hora en la biblioteca y luego asistía a sus clases. Por la tarde dormía unas horas. Se había acostumbrado rápidamente a aquella rutina, pero en algún momento quiso abandonar la habitación doble de la residencia estudiantil. Aunque se llevaba muy bien con su compañera de cuarto, llevaba mucho tiempo soñando con la libertad de tener su primer piso propio. Pero le faltaba el dinero necesario. Buscando otro empleo, acabó encontrando algo en el tablón de anuncios de la universidad: un discreto papel con tiras desprendibles parecía llamarla: «Se busca masajista, posibilidad de aprendizaje, horarios flexibles». Le pareció adecuado, porque podía trabajar allí otras dos tardes y noches en los días en que no tenía turno nocturno, sin perderse las clases de la mañana.

—Sabes, Anika, al principio los horarios del salón ya me parecieron un poco extraños, aunque encajaban exactamente con mi ritmo de vida y trabajo. Pero después vi que el equipo estaba formado sólo por mujeres, que la mayoría de los clientes eran hombres y que el masaje significaba algo más que bienestar, y empecé a entender. Durante los primeros días sólo me asignaban clientas, aunque comprendí enseguida que tampoco ellas venían únicamente por una aplicación médica o cosmética, sino que querían masajes sensuales e íntimos. Quizá ni siquiera me habría atrevido con ese trabajo si mis compañeras no hubieran estado allí y no me hubieran hecho tan fácil el comienzo. El sueldo por aquellos dos días era considerablemente más alto que lo que me pagaba la ciudad por mi primer trabajo y, comparándolo, tampoco era más exigente ni más peligroso. Además, calculé que así pronto podría reducir los turnos de noche y concentrarme mejor en los estudios.

Anika la escuchaba sin comentarios y se abandonaba a sus manos, unas veces suaves, otras más firmes.

—Date la vuelta, por favor —pidió Feeny.

Comenzó a relajarle la frente, el rostro, el cuello y el pecho. Cuanto más descendía, más tensa se sentía Anika. Después de haberle amasado los pies, las pantorrillas y los muslos de un lado a otro, Feeny se quitó el vestido de seda abierto por delante. Con decisión se sentó sobre la parte superior de las piernas de Anika, con las rodillas a ambos lados.

Los movimientos del masaje se convirtieron en caricias afectuosas y juguetonas, y no sólo con las manos. Los brazos, las piernas, el cabello y los pechos de Feeny, todo su cuerpo, se pegaban al de Anika. De una forma poco habitual, húmeda y excitante, sintió la lengua de Feeny deslizarse suavemente de un lado a otro a lo largo de su clavícula, hasta subir por el cuello hacia el lóbulo de la oreja. Anika percibió suavemente la respiración de Feeny junto a su oído, al ritmo de los movimientos del masaje.

—¿Puedo acariciarte? —preguntó Anika tímidamente.

Feeny asintió, tomó la mano de Anika y la guió a lo largo de sus piernas, hacia arriba, hasta la cintura y, vacilante pero sin detenerse, más abajo, sobre el vientre.

El día se convirtió en noche, la noche en un vuelo de ensueño.

Anika escapó de sí misma y de todo aquello en lo que se sentía atrapada.

Feeny permaneció todavía un rato tumbada junto a ella, acariciándole la piel. Con las puntas de su cabello castaño dorado le hacía cosquillas en los pechos. Anika saboreaba el tiempo.

Finalmente Feeny la besó, se levantó y se despidió para ir al baño. Anika permaneció tumbada boca arriba hasta que Feeny volvió medio vestida y entonces fue ella misma al baño. Con un gesto afectuoso quiso despedirse:

—¿Puedo volver a visitarte?

—Claro, si te ha gustado mi masaje. Hoy estabas invitada: masaje de prueba.

—¡Eres preciosa! Me encantan las yemas de tus dedos, tu lado suave y tu lado áspero. Me has sacado de mí misma. Sí, por favor, aunque todavía no sé cuándo podremos volver a vernos. Ahora, al final del semestre, tengo muchísimo trabajo: todavía debo corregir algunos exámenes, leer trabajos finales y hacer bastantes tareas administrativas para el profesor con el que voy a comenzar mi tesis doctoral.

Ante los ojos de Anika apareció de golpe su agenda para las semanas siguientes, devolviéndola bruscamente a la realidad. Había reservado unos días de vacaciones para dos en Tenerife, que quería pasar con su novio Bruno. Pero tampoco aquellos días libres quedarían intactos por las secuelas del final de semestre. Además, inmediatamente después de las vacaciones debía participar en una excursión a distintos lugares de memoria en Alemania y Polonia, que había organizado para estudiantes como ayudante de la cátedra por encargo de su profesor.

Trabajaba en el instituto universitario, en el área de Historia del Arte del siglo XX. El instituto estaba dirigido por dos titulares de cátedra —naturalmente profesores varones—, aunque por primera vez se había nombrado a un joven profesor procedente de Estados Unidos para introducir temas actuales. A Anika le parecía que el instituto estaba demasiado atrapado en su larga tradición de enfoques convencionales del arte y de la historia del arte. Aun así gozaba de renombre mundial.

En las primeras filas de las clases se sentaban sobre todo cabezas grises, en su mayoría hombres blancos. Eran los primeros en levantar la mano y formular preguntas antes de que los estudiantes más jóvenes se atrevieran a intervenir. En sus propios seminarios iniciales, Anika acostumbraba a dar la palabra alternativamente a personas de distintas edades para permitir también que hablaran los más jóvenes. Los participantes mayores reaccionaban con impaciencia y disgusto.

Sabía que, con su largo cabello claro y suelto, la consideraban joven e inexperta, alguien que irradiaba menos autoridad que sus colegas profesores de la misma edad o que los mayores, más asentados. Pero ella tenía algo que ellos no: había estudiado no sólo en Alemania, sino también en Cambridge. Podía impartir clases en inglés y tenía un alumnado internacional.

Como no daba importancia a que se dirigieran a ella por el apellido, permitía a los estudiantes tutearla de manera poco convencional. No pocas veces discutía con Bruno sobre el trato con los estudiantes. Él también trabajaba en la misma universidad, le llevaba algunos años de ventaja y ya era asistente de la cátedra de Ética. A diferencia de Anika, daba importancia a mantener lo que él llamaba «distancia académica» y a exigir a los estudiantes una determinada forma de dirigirse a él, una idea que a Anika le recordaba negativamente sus años de estudio en Alemania.

Cuando, siendo una estudiante joven, había solicitado participar en un seminario avanzado en el instituto de Historia del Arte de la misma universidad en la que ahora comenzaba el doctorado, no había recibido respuesta. Al preguntar, el profesor la citó por la tarde en el instituto. Había esperado durante más de una hora con otras estudiantes en el banco del pasillo delante de su despacho hasta que, como última, pudo entrar.

Allí estaba sentado el célebre anciano, ensimismado detrás de su pesado escritorio, en una amplia sala de estudio revestida de madera; en el centro había una gran mesa con las publicaciones más recientes de Hans Belting y alrededor estanterías llenas de voluminosos libros ilustrados y monografías.

No le ofreció una silla.

Ella permaneció de pie delante de él, sin saber si atraía más su atención con sus largas piernas que con su deseo de participar en el seminario. No le había preguntado por sus intereses, conocimientos previos ni objetivos; en cambio, hizo un comentario quizá bienintencionado sobre su aspecto y le preguntó si estudiaba Historia del Arte como asignatura principal y si estaba dispuesta a participar en la excursión del verano.

Cuando respondió negativamente a ambas cosas, porque durante el verano tenía que trabajar para financiar sus estudios y porque estudiaba Germanística como asignatura principal, con Filosofía e Historia del Arte sólo como secundarias, él dio por terminada la conversación y la remitió a su secretaria para informarse sobre posibles plazas vacantes en el seminario.

Muy distinta había sido su experiencia en Cambridge, donde incluso como estudiante los profesores le habían hecho sentir que era un miembro de pleno derecho del mundo académico.

Había comprendido que a Bruno le importaba menos su propia posición que, según él, mostrar independencia y respeto hacia quienes tenía enfrente y enseñarles así a comportarse con confianza en sí mismos.

Feeny estaba sentada junto a Anika en el borde de la cama y esperaba. Anika se dio cuenta de que poco a poco había vuelto a la vida cotidiana.

—¿Nos vemos dentro de seis u ocho semanas? —preguntó Anika.

—Cuando quieras —respondió Feeny—. Pero a mí me pasa algo parecido. Tengo que estudiar para varios exámenes finales y, además de algunos trabajos de seminario, debo elaborar un diseño de moda propio y realizar con las telas correspondientes los modelos que necesito para mi trabajo de fin de grado. ¿Puedo llamarte de vez en cuando para hacerte algunas preguntas de historia del arte?

—Por supuesto —dijo Anika—. Siempre estoy para ti. Tienes mi número.

Como Anika sabía que Feeny era estudiante, sentía cierto reparo respecto de su relación con ella. Feeny estudiaba, eso sí, en otra institución de Múnich y era una mujer adulta que podía decidir sobre su vida igual que Anika con sus veintinueve años, pero no quería seguir guardándose sus dudas.

Ya en la primera llamada en la que Feeny había recurrido a sus conocimientos de historia del arte, Anika le había planteado una posible complicación por su posición profesional. Feeny reaccionó con sensibilidad, comprendió su preocupación, pero le dejó claro que era lo bastante profesional como para saber lo que hacía.

Además, no sólo era discreta, sino que había toda una serie de colegas de Anika —incluso personas en los niveles superiores de dirección de su universidad— que utilizaban sus servicios o los de sus compañeras, como sabía todavía por el salón donde había aprendido el oficio.

Por tanto, Anika no tenía de qué preocuparse.

Además, añadió, Anika también la ayudaba profesional y económicamente a avanzar mejor en sus estudios. Incluso había logrado dejar ya el salón de masajes en el que trabajaba como empleada. Aunque con algunos obstáculos, el negocio también funcionaba como autónoma, aun cuando, como sabía, no sin dificultades iniciales.

A Anika la atormentaba otra cuestión: si había sido correcto por su parte servirse de la cercanía de Feeny.

¿No debería haber mantenido la distancia?

Recordaba la discusión ética con Bruno, que consideraba aquel tipo de servicio una humillación para una mujer y atribuía una posición de dominio a quien pagaba. Anika le había respondido que prefería una relación consensuada a cualquier dependencia opaca y había mencionado situaciones de abuso como las que también existían en la universidad.

Además, en otra visita había hablado con Feeny sobre cómo percibía ella la relación. Feeny le había asegurado con énfasis que no quería dejarse definir ni tutelar por mujeres ni por hombres, y mucho menos por ideales de moda que le explicaran qué era una mujer y cómo debía comportarse.

Su trabajo en el albergue para solicitantes de asilo era a menudo mucho más duro que el de masajista. Allí vivía con más frecuencia situaciones peligrosas sin protección de la administración municipal ni de la Policía. Cuando llamaba a una patrulla por conflictos en el albergue, sí acudían, pero por lo general bastante tarde.

Aun así, también allí se había ganado su lugar. No llevaba ropa distinta de aquella con la que se sentía cómoda en cualquier otro sitio, y Anika podía imaginarla también allí con camisetas de seda semitransparentes sin sujetador, combinadas con las minifaldas elásticas que tanto le gustaban y medias de rejilla estampadas.

—Claro —dijo Feeny—, los hombres me miran, pero me respetan y también cuidan de mí. ¿Para qué estudio diseño de moda y creo conjuntos si no? Las mujeres de los países de asilo son más discretas, algo celosas de los hombres que me miran. Si ellas también me miran a mí, resulta difícil saberlo por sus ojos. Me alegra que ellas y yo vayamos adquiriendo más confianza cuanto más tiempo trabajo allí. Por mi forma de presentarme, todavía nadie, ni mujer ni hombre, se ha atrevido conmigo. ¡Todo lo contrario!

Las situaciones se volvían ásperas, decía, sobre todo cuando surgían luchas jerárquicas entre residentes de distintos países y etnias. Cuando aparecían celos o agresiones entre aquellas personas obligadas a vivir demasiado hacinadas y individuos o grupos se enfrentaban, generalmente porque algunos estaban borrachos o colocados.

De vez en cuando tenía que interponerse entre personas que se peleaban, tanto mujeres como hombres.

Con los hombres le resultaba más fácil; allí la ayudaban su valentía y su seguridad.

Anika no conseguía imaginar del todo una escena semejante, con Feeny en medio de dos hombres peleándose, pero por sus relatos y por la forma en que se comportaba con ella deducía cómo dominaba situaciones críticas.

Era evidente que Feeny no sólo era una mujer sensible, sino también inteligente y elocuente, que sacaba adelante con brillantez sus estudios y sus trabajos prácticos a pesar de las cargas laborales.

Anika deseaba tener estudiantes así delante de ella.

Que Feeny sabía trabajar con las manos lo sentía en aquellos momentos en que éstas se perdían en sus músculos. Con orgullo le había enseñado también en su piso la mesa de trabajo sobre la que había amontonado telas de distintos tipos. Al lado estaba su máquina Singer, heredada de su madre, que había sido costurera de profesión, y en la pared colgaban distintos diseños y patrones, entre ellos algunos amarillentos que parecían obra de su madre.

—¿Me harías el favor de probarte este conjunto rojo de satén? —le había preguntado Feeny después de levantarse del borde de la cama.

Señaló su producto más reciente.

—Aunque todavía está sujeto con alfileres en el borde, así que tendrás que tener un poco de cuidado para no pincharte.

—¡Qué oferta tan fantástica! —respondió Anika, acercándose al pequeño vestido luminoso que colgaba de una de las muchas barras del pasillo, acompañado de medias de rejilla a juego y manguitos negros.

Los ojos de Feeny brillaron.

Con cuidado bajó el vestido y se lo entregó a Anika, que volvió a desvestirse y se lo puso directamente sobre el cuerpo desnudo.

Aunque Feeny rara vez se conmovía interiormente al contemplar a sus clientas, la visión de Anika dentro de su vestido la afectó.

Quizá porque había soñado aquel vestido durante sus noches, después lo había diseñado, finalmente cosido y ahora lo veía por primera vez llevado por alguien delante de ella.

Quizá también porque sentía por Anika algo distinto de lo que sentía por las demás clientas.

Feeny se acercó con cuidado, tiró un poco del vestido aquí y allá, se aseguró de que los alfileres apuntaran hacia fuera y no se clavaran en la piel de Anika. Pensó en qué lugares tendría que fruncir aún un poco la tela, pero, por encima de aquellos pensamientos, sucumbió a la atracción de su propia creación.

Comenzó a acariciar el hombro de Anika, deslizó las manos por su espalda hacia abajo y hundió la cabeza en su cabello.

Las dos empezaron a moverse juntas.

Encontraron un ritmo común.

Bailaron.

Se alejaron una de la otra y volvieron a acercarse.

Las manos de Feeny se deslizaron hacia la larga abertura que había dejado en un costado. Avanzaron a lo largo de aquel corte; con las yemas de los dedos se introdujo en él y ambos cuerpos descendieron suavemente de nuevo sobre la cama de la que Anika se había levantado no mucho antes.

Lo que siguió quedó fuera de toda planificación.

Feeny se sintió envuelta.

Y Anika perdió la conciencia de dónde estaba y de lo que le ocurría.

El tiempo era música y el espacio era ritmo.

El mundo parecía infinito.

A ninguna de las dos le había parecido advertir cuánto tiempo habían permanecido así juntas, soñando la una para la otra y la una con la otra.

Y eso a pesar de que Anika ya se había despedido hacía mucho.

Pero su mirada, que poco a poco volvía a hacerse firme, seguía hechizada por los distintos percheros en los que resplandecían prendas a medio terminar, blusas, pañuelos, faldas y vestidos.

Imaginó los momentos en que aquellas prendas cobrarían tanta vida como el conjunto rojo.

—¿También creas prendas para hombres? Ahora mismo estoy con alguien a quien podría sorprender con algo un poco fuera de lo común.

—Encantada —dijo Feeny—, aunque prefiero diseñar ropa de mujer. Reconozco que es más fácil. Crear algo realmente especial para un hombre supone un reto mucho mayor. Me imagino a mi novio y me pregunto si él se pondría esa prenda. Bueno, no es conservador, pero tampoco precisamente un vanguardista.

—A mí me pasa algo parecido. El hombre con el que estoy comparte algunas de mis inclinaciones, por ejemplo mi gusto por la ropa sensual; también se interesa por algunos de los temas en los que trabajo. Pero, al mismo tiempo, cuando se trata de él mismo, es bastante reservado. ¿Tendrías algo con lo que pudiera dejarlo boquiabierto por su cumpleaños? Puede ser atrevido. Quiero provocarlo un poco.

—¿De verdad quieres algo atrevido para él?

La pregunta tocó un punto sensible en Anika, porque de vez en cuando tenía sus reservas respecto a Bruno. A él le encantaba salir con ella cuando iba vestida de manera provocativa —algo que a ella misma le resultaba excitante—, con faldas cortas o blusas transparentes de satén para ir a un restaurante o a bailar; pero él, en cambio, vestía de forma convencional, algo que la desconcertaba y que a veces incluso le resultaba embarazoso. Muy distinta era su relación con Feeny, que se abría a ella en la misma medida en que Anika se había abierto a Feeny. Con ella había experimentado aquella consonancia que deseaba tener con Bruno: que el propio cuerpo armonizara con el cuerpo del otro y no fuese contemplado como objeto del deseo ajeno, como lo había vivido en casa, dentro de su propia familia, hasta bien entrada la pubertad. Admiraba también a Feeny como modelo de una manera de vivir según uno mismo, en contra de todas las imposiciones sociales y morales.

Aunque, si era sincera consigo misma, pensaba Anika, también ella tenía que venderse como persona, con su intelecto y con su presencia física. Desde sus años de estudiante había tenido que ofrecerse dentro de la institución académica. En cada clase y, sobre todo, en cada reunión institucional, Anika tenía la sensación de estar expuesta. Se reconocía mucho más doblegada y adaptada de lo que Feeny parecía estar. Quizá de ahí venían sus problemas de espalda, aquellos dolores que algunas noches no la dejaban dormir y que la atormentaban al levantarse por la mañana.

Otros decidían sobre su manera de vivir, tenían exigencias respecto de ella, determinaban cómo debía vestir. ¿Cómo habría podido dar una clase con aquel conjunto rojo de Feeny? Su agenda se la dictaban las exigencias de la universidad, las instrucciones del decano y sus colegas, casi siempre hombres; hasta su manera de relacionarse con los demás estaba reglamentada, penetrando en su vida privada, incluso en su dormitorio.

¿Podían saber ellos de sus visitas a Feeny? ¿Qué dirían si se supiera que se acostaba con una mujer, y además con una considerablemente más joven que ella, mientras tenía al mismo tiempo un novio mayor?

Anika reconocía que, en muchos sentidos, se había mostrado —y podía mostrarse— mucho menos soberana de lo que Feeny le parecía. Se sorprendió pensando que quizá se sentiría incómoda si se encontrara con Feeny en la ciudad, en alguno de los comedores universitarios o en la Biblioteca Estatal. Citas en su estudio de masajes, en las afueras poco transitadas de la ciudad: ¿por qué no? Allí disponía de un espacio protegido. Pero ¿podía imaginarse invitando a Feeny a cenar en un restaurante?

Cuando Anika retomó más tarde aquellos pensamientos, recordó un paseo que habían dado juntas después de una sesión de masaje. Feeny le había preguntado:

—¿Te apetece sacar a Hassia conmigo?

Algo sorprendida, había respondido:

—¿Por qué no? Así no tengo que dejarte enseguida.

Feeny había puesto la correa a Hassia, que ladraba de pura alegría y expectación, saltaba sobre Feeny y Anika, daba tumbos y tiraba hacia delante.

Apenas habían salido por la puerta cuando Feeny preguntó:

—¿Te importa si me agarro de tu brazo?

Anika se quedó un poco desconcertada. ¿Qué ocurriría si se cruzaban con alguna de sus alumnas o alguno de sus alumnos? Y, sin embargo, deseaba la cercanía de Feeny, sentirla agarrada a ella, el calor de su cuerpo. Asintió y se abrazaron. La mano de Feeny se acomodó en su espalda con una firmeza no menor que cuando la masajeaba. Feeny la miró, y Anika tuvo la impresión de que quería asegurarse de que se sintiera cómoda y segura.

Feeny se esforzaba —debía de haber percibido la inseguridad de Anika, pensó ésta—, porque la estrechó aún más y la invitó a pasar también el brazo alrededor de su cintura. Anika aceptó. Al principio seguía insegura, pero notó cómo el malestar disminuía con cada paso. Se apoyó en Feeny y se sintió sostenida, una sensación que rara vez había experimentado.

—¡Eh, Anika! —gritó de pronto una voz.

Ante ellas estaban dos de sus colegas, evidentemente acompañados por un grupo de estudiantes. Anika se sorprendió retirando la mano de la cintura de Feeny como si la hubiera alcanzado un rayo, sintiéndose expuesta mientras aún percibía la mano de Feeny junto a su costado. En un instante, Feeny había comprendido la posible situación embarazosa y reaccionado más deprisa que ella.

Apenas se habían marchado los colegas, Feeny la miró, cariñosa y un poco avergonzada, y se echó a reír:

—Perdona, Anika. ¡No quería comprometerte!

—No lo has hecho. Sólo me he asustado, ya sabes. Pero Hassia ha salvado la situación; con su salto habrá atraído la atención de todos.

—Sé que tienes que tener cuidado. Y, por lo visto, hasta una gran ciudad como Múnich es un pañuelo, más pequeño que un pueblo.

Anika respiró aliviada y agradeció el esfuerzo y la consideración de Feeny, aquella manera de intentar comprender su situación y sentir con ella. Una sensibilidad semejante le resultaba extraña en su propia institución.

Pero Anika estaba consternada por su propia reacción. ¿Por qué no podía mostrarse abiertamente al lado de Feeny y, con ello, ser fiel a sí misma? ¿Por qué había retirado la mano, el brazo, en lugar de asumir la relación que tenía con ella?

No era la diferencia de edad.

Era la situación en la que ella misma se había ido metiendo durante los últimos años.

¿No era ya la propia pregunta una prueba de hasta qué punto se encontraba atrapada?

Feeny había animado a Anika a hablarle de ella a su novio Bruno, sobre todo porque la propia Feeny mantenía una relación estable de la que se sentía orgullosa. Naturalmente, sólo si Anika quería hacerlo. Anika había hablado efectivamente con Bruno de Feeny: de por qué se veía con ella, de qué significaba para ella y cuánto, y de por qué su relación con Feeny no disminuía su amor por él. Para Anika era importante comunicarse abiertamente.

A pesar de unos primeros celos espontáneos, Bruno había aceptado su relación con Feeny, porque comprendía la confianza que Anika depositaba en él al hablarle con tanta transparencia de aquella relación. También había entendido el problema que Anika veía en la desigualdad entre ellas. Se había alegrado del nuevo conjunto que Anika le había regalado por su cumpleaños y se lo había puesto aquella misma noche para salir con ella.

Sin embargo, cuando hacían fotografías, él seguía siendo el fotógrafo y Anika quien posaba, ya fuera para imágenes románticas durante alguna de sus excursiones por los Alpes o, durante las vacaciones, para fotografías eróticas; entre éstas había algunas en las que Anika se había desnudado y se había sentido como una puta.

Bruno percibía el espacio de libertad que Anika le concedía. Sin una sola queja por parte de ella, podía desarrollarse profesionalmente, ausentarse durante semanas por motivos de trabajo, incluso entablar sus propias relaciones sin sentirse atormentado por la mala conciencia respecto de Anika, y algunas noches buscar amantes ocasionales, mujeres u hombres, con quienes podía mantener relaciones íntimas sin tener que confesarle nada ni siquiera contárselo. Sus alusiones no provocaban en ella preguntas críticas, sino más bien una solicitud afectuosa hacia él, lo que a veces le permitía incluso contarle detalles de aquellas experiencias, tanto de las satisfactorias como de las menos agradables.

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2. Vacaciones en Creta

 

Por Bruno habría estado dispuesta a afrontar más de una conversación difícil. Incluso después de los más de diez años que llevaban conociéndose. Su relación había ganado en intensidad y eran íntimos, aunque no tanto como para verse únicamente como pareja.

Él le ofrecía la cercanía que necesitaba, el lugar donde aterrizar y, de vez en cuando, el apoyo al que podía regresar cuando el trabajo, los viajes y los riesgos que éste conllevaba parecían hacerse demasiado grandes.

Por otra parte, Bruno era un hombre del que nunca había tenido la impresión de que la amara porque la necesitara, sino sencillamente porque la amaba. Vivía su propia vida, y ella intuía que seguiría viviéndola aunque un día Anika no regresara de alguno de sus viajes.

La amaba.

Punto.

Sin motivo.

Sin porque ni porqué.

Podía ser romántico: iba a recogerla al aeropuerto y, antes de lanzarse a contarle sus propias experiencias, tenía oídos para ella. Y cuando encontraban un fin de semana para estar juntos, era él quien lo había planeado: una larga caminata por la montaña seguida de una cena, una partida de ajedrez y una noche en una posada ecológica; una velada con jóvenes escritoras que presentaban sus textos ante un público crítico; o una noche de jazz en alguno de los locales de sótano de las afueras.

Ella podía llegar a su casa completamente agotada y sabía que podía dejarse caer, sin tener que contar gran cosa. O podía llegar ardiendo de deseo por él, y Bruno se entregaría con ella al juego más desenfrenado.

Y otras veces no la empujaba a nada.

Dejaba que fuera ella quien se acercara, le daba libertad y mostraba una paciencia infinita cuando Anika necesitaba contarle lo que había vivido o, sencillamente, cuando se quedaba dormida a los pocos minutos, apoyada en su brazo delante del televisor.

Por otra parte, el comienzo de su amistad también las sometió a algunas pruebas, como aquellas primeras vacaciones que pasaron juntos en Creta en 1991, acompañados por sus respectivas parejas. Bruno conocía la relación de Anika con Feeny. Con el paso de los años, Anika había dejado de sentirse simplemente una clienta de Feeny, y tenía la impresión de que Feeny sentía algo parecido. Bruno sabía convivir con aquel vínculo cada vez más estrecho con Feeny, incluso participar de él cuando Anika le hablaba de ella.

Más difícil resultaba aparecer con Bruno en compañía de otras personas. Anika tenía la impresión de que él evitaba aquellas ocasiones y prefería estar a solas con ella. Era una intimidad que a menudo le gustaba, pero también disfrutaba reuniéndose con un círculo más amplio de amigos, algo que, según él mismo le había confesado, hacía que Bruno se sintiera más incómodo. ¿Aceptaría un encuentro pequeño, entre personas cercanas? Invitar a Feeny y a su pareja, René, era el intento de Anika de armonizar sus propias necesidades con las de Bruno, probar cómo sería estar juntos de tres y de cuatro, y encontrar entre todos la medida de la cercanía y la distancia.

La propuesta de Anika de irse de vacaciones con sus respectivas parejas había desconcertado inicialmente a Feeny. Hasta entonces había mantenido una estricta separación entre sus clientes y su vida privada. Incluso después de tres o cuatro años durante los cuales Anika había acudido a su salón, y pese al afecto amistoso que sentía por ella, nunca se le habría ocurrido llevar aquella cercanía profesional más allá de sus límites.

Podía dedicarse a Anika, como a sus demás clientas y clientes, prestarle atención, muchas veces simplemente escucharla y compartir sus sentimientos, precisamente porque existía aquella distancia y porque el pago trazaba una frontera. Anika no era su única clienta habitual, aunque sí una de las pocas mujeres; los hombres eran más numerosos y, por lo general, considerablemente mayores. Anika, Feeny tenía que reconocérselo, constituía una excepción en varios sentidos.

Pero ¿debía renunciar en el caso de Anika a la diferencia entre trabajo y vida privada?

No quería hablar del problema con su novio René. Sentía que el salón era su negocio y quería mantenerlo al margen de su relación de pareja. Era su empresa, ciertamente más pequeña y menos prestigiosa que las empresas en las que se movía René, pero era suya. La había levantado desde cero, se entregaba a ella y obtenía de ella la libertad y los medios necesarios para hacer crecer su negocio de moda y, con su propio dinero, darse de vez en cuando el placer de invitar a René, aunque sólo fuera a cenar en un buen restaurante.

¿Por qué quería Anika invitarla a unas vacaciones? ¿Y además con su novio? ¿Y ella debía llevar también al suyo?

Feeny vacilaba. Aunque el hecho de que Anika no quisiera viajar sólo con ella, sino con las parejas de ambas, hacía que la propuesta le pareciera menos problemática. Tenía que admitir que la cercanía con Anika era distinta de la que sentía con la mayoría de sus demás clientes. Además, pensó, Anika podría hablarle del arte, la literatura y las costumbres de los habitantes de la isla, una oportunidad para encontrar inspiración para nuevas piezas de sus colecciones.

El viaje había comenzado con vuelos separados. Bruno había viajado con René. Los dos hombres habían salido de Frankfurt, mientras Anika y Feeny habían reservado desde Múnich un vuelo que llegaba a Heraclión una hora más tarde.

El día anterior Anika todavía había tenido una cita con Feeny, que, como tantas otras veces, la había catapultado fuera de su propio mundo académico, sólo para hacerla llegar más cerca de sí misma junto a Feeny. Bruno estaba de viaje por trabajo, pero había dado su consentimiento por teléfono sin hacer preguntas.

A Anika no le sorprendió ver a Bruno esperándola en la terminal de llegadas, mientras René aguardaba delante del aeropuerto en un Jeep blanco y descapotable. El vehículo, sin embargo, era demasiado pequeño para albergar las dos maletas gigantescas de las mujeres. Una de ellas tuvo que ir en el asiento trasero, por lo que Anika se sentó delante, junto a René, que conducía, mientras Feeny se apretujaba sobre las rodillas de Bruno.

El trayecto era sobrecogedor: primero bordeando la costa, alejándose de Heraclión, y después cada vez más romántico, internándose en las montañas. Era toda una experiencia de la naturaleza, aunque no sólo eso.

Dentro del vehículo también reinaba el desenfreno.

Anika no tenía tiempo ni ocasión de volverse para ver lo que ocurría en el asiento trasero, porque, mientras desde atrás llegaban fuertes gritos de júbilo, René tanteaba entre las piernas de Anika como si estuviera buscando un freno de mano perdido. En su lugar agarró la botella de whiskey y bebió de ella mientras conducía. Anika se preguntó qué sería más sensato: saltar del coche, abrir las piernas o arrebatarle la botella a René y beber ella misma hasta dejarla vacía.

Al cabo de pocos kilómetros, la carretera que parte de Heraclión se adentra por las montañas a través de caminos tan estrechos y sinuosos que exigen toda la atención del conductor: la carretera, los baches, las curvas.

Y no sin motivo.

Bruno y René no sólo habían recibido a las dos ladies con un humor espléndido, sino también envueltos en los vapores que salían de la botella abierta de Jameson que los chicos habían comprado en el duty-free antes de despegar. Evidentemente, ya la habían abierto durante el vuelo.

Anika pensó que lo más responsable era impedir que el conductor siguiera bebiendo y, por eso, nada más subir al coche había dado ella misma un buen trago. Feeny siguió su ejemplo y las dos no tardaron en caer en un ataque de risitas con el que igualaban a los hombres.

Hay pocas cosas más cómicas que unos hombres haciendo el tonto cuando una misma está sobria.

Al mismo tiempo, el alcohol facilitó aquel intercambio de parejas improvisado dentro del Jeep, sobre todo porque Anika parecía entenderse delante con René no peor de lo que Feeny se entendía con Bruno en el asiento trasero. Al menos, por los sonidos que llegaban de atrás, allí parecía haber bastante diversión y placer.

La botella iba de mano en mano.

Con cada curva, la carretera se hacía más estrecha y sinuosa.

Y las piernas de Anika se abrían un poco más.

La bottle seguía circulando.

Creta se revelaba a los cuatro a su manera.

Anika procuraba aumentar la concentración del conductor dedicándose a él con mayor intensidad, echándole mano y, durante las maniobras más bruscas, agarrándose no sólo a su pierna derecha, su brazo y su hombro, sino intentando también anclarlo, lo que, evidentemente, hizo que René recuperara de inmediato la atención y se despejara.

El cálido viento del verano le recorría el cabello, el pecho resaltado por la ropa y la piel, hasta que se quitó el jersey y la camiseta que llevaba debajo y quedó únicamente con una holgada camiseta de manga corta. Se deshizo de los pantalones largos y sustituyó la ropa interior por la parte de abajo de un bikini tipo tanga. René parecía visiblemente más despierto y divertido, aunque aquello no le ayudaba precisamente a concentrarse mejor en las curvas de la carretera, sino que lo distraía todavía más de otra manera.

De vez en cuando, la botella viajaba desde el asiento trasero hasta delante. Por lo demás, se oían gemidos entusiastas y, una y otra vez, aquella alegría de atravesar a toda velocidad el cálido verano del sur.

De algún modo, junto con el espacio también se había perdido el tiempo. En medio de aquella alegría, el sol fue descendiendo y arrojó sus últimos rayos sobre las colinas mediterráneas y las montañas cubiertas de vegetación áspera; el paisaje abrió la vista hacia el mar azul oscuro, que yacía casi fantasmagóricamente inmóvil.

En algún momento, cuando la noche hacía ya mucho que había caído sobre aquel monstruo en movimiento, llegaron a las afueras de Sitia, donde habían reservado alojamiento. Pero antes de tomar el desvío hacia las colinas, René dio un volantazo hacia la izquierda, dirigió el Jeep bajo un ciprés y dio un salto temerario hasta la arena blanda de la playa.

Anika ya no sabía con certeza si debía bajar por la derecha o por la izquierda. Se limitó a quitarse la camiseta y salió corriendo en topless detrás de René. A Bruno apenas podía distinguirlo ya ninguno de ellos, tan oscura se había vuelto la noche.

Quizá, se imaginaba Bruno, él fuera todavía el más sobrio de los cuatro. Y como alcanzaba a distinguir las rocas que parecían sobresalir de la arena junto a la orilla, lo asaltó el temor de que Anika y René pudieran hacerse daño al lanzarse de cabeza al agua.

Pero apenas tuvo tiempo de pensarlo.

Feeny ya se había quitado también la ropa interior y corría detrás de los otros dos.

Finalmente Bruno arrojó por la borda todas sus reservas y, libre de ropa, corrió tras Feeny hacia las olas, la alcanzó y se alegró cuando ella le tendió la mano y tiró de él hacia sí.

El agua del mar estaba fresca, no fría, pero Feeny lo calentó de pies a cabeza al abrazarlo y apretarse contra él. Aunque el agua espumosa los zarandeaba de un lado a otro y el whiskey contribuía a aquellas turbulencias, ambos sintieron cómo iban encontrándose.

Se besaron, lanzaron agua del mar contra la noche y tuvieron dificultades para separarse y nadar hacia los otros dos, que evidentemente no se divertían menos que ellos.

La velada terminó abruptamente; al menos, en la memoria se produjo un fundido a negro.

Cuando Bruno despertó a la mañana siguiente, en una cama y entre los brazos de Feeny, sospechó que no habían llegado al lugar previsto ni al sitio que habían planeado. Durante el desayuno descubrieron que habían acabado en un apartamento de vacaciones distinto del que habían reservado. Al menos, los cuatro se encontraban en el mismo alojamiento y hasta el Jeep estaba más o menos correctamente aparcado bajo los olivos del patio.

El alojamiento debía de haber estado abierto durante la noche y, al parecer, habían encontrado camas y habitaciones libres. Que la casa estaba muy lejos de encontrarse deshabitada quedó patente por los huéspedes que ya desayunaban en la terraza.

Así que aquellos cuatro alegres y ahora algo maltrechos personajes no eran los únicos ocupantes del edificio, que contenía varios apartamentos vacacionales.

Pronto comprendieron que tampoco era aquel en el que habían querido —ni debido— alojarse.

Bruno se frotó los ojos. Feeny seguía respirando plácidamente, y también Anika, estrechamente acurrucada contra René en el sofá de enfrente, dormía profundamente. Bruno intentó reconstruir la noche y averiguar dónde habían acabado.

Sin demasiado éxito.

Pero el aroma del pan recién horneado lo había despertado. De hecho, llegaban hasta él algunas voces. Levantó la mirada y vio, al otro lado de la ventana, unas figuras que conversaban alegremente mientras desayunaban.

Feeny empezó a moverse, buscó a Bruno con la mano y abrió un poco los ojos, con una amplia sonrisa en los labios. Le pasó los dedos por el cabello rizado y le acarició las mejillas con sus rizos. Bruno, todavía agotado por la brutal expedición de la noche anterior, se dejó hundir en ella, se sumergió y buscó calor en el cuerpo de Feeny.

—¿Sabes dónde se puede conseguir un café?

—Ni idea, pero ahí fuera parece que hay gente desayunando. Voy a mirar.

Bruno se deslizó fuera del sofá desconocido, asomó la cabeza por la ventana y preguntó en inglés, porque le había parecido oír algunas palabras en ese idioma:

—Do you think we can get a coffee around here?

—Just join us —fue la respuesta.

Con un gesto cariñoso se desprendió de Feeny y salió sigilosamente. Apenas unos minutos después regresó con cuatro tazas en las manos que despedían el intenso aroma del café griego. Las dejó junto al sofá y al borde de la cama de enfrente, besó a Anika, que empezaba a entreabrir con dificultad los párpados, y volvió a salir.

Poco después regresó con cuatro platos y pan de pita recién hecho y todavía fragante. Conocía ya lo bastante a Anika para sospechar que el olor del café y del pan conseguiría despertarla.

Y, efectivamente, abrió los ojos, algo deslumbrada. Aunque tenía un aspecto bastante arrugado y maltrecho, le sonrió con confianza.

—Gracias, eres un encanto —añadió.

René no daba señales de que ni el café ni las voces fueran capaces de despertarlo.

Anika se incorporó en la cama y apartó la sábana con la que se había cubierto, porque el sol de la mañana ya había calentado considerablemente la habitación. Con la taza en la mano, desnuda y sin cubrirse, brindó hacia Feeny y Bruno.

—¡Qué viaje! ¡Y qué paisaje!

Bruno había estado a punto de decir: «Menos mal que hemos llegado sanos y salvos», pero el ánimo de las dos ladies terminó contagiándolo y propuso ir a la playa inmediatamente después del desayuno para ver a la luz del día dónde habían puesto a prueba a sus ángeles de la guarda durante la noche.

También René fue volviendo poco a poco en sí. Primero buscó sus gafas, miró a su alrededor y pareció satisfecho al descubrir a sus tres amigos junto a él. Era evidente que necesitaba orientarse y poner un poco de orden en su cabeza.

Anika estaba tumbada junto a él, feliz de ver que Bruno evidentemente disfrutaba en aquel círculo. Con la taza de café en la mano, le ofreció a René un sorbo y le dio las gracias por el viaje a través de la noche. Él disfrutaba de su cercanía, pero también miró hacia Feeny, que estaba enfrente, en el sofá con Bruno. Bruno estaba ya medio vestido, también con una taza de café y medio pan en la mano.

—Veo que habéis madrugado —comentó René—. Gracias por el café. Auténtico brebaje griego. Esto despierta hasta al más dormilón.

Bruno le pasó un plato con aceitunas griegas, rodajas de tomate y queso de oveja que había conseguido fuera.

A René le pareció buena idea ir enseguida a la playa y contemplar de día el lugar donde se habían refrescado en el mar la noche anterior.

Poco después estaban más bien horrorizados y se preguntaban cómo habían sobrevivido a su valentía nocturna sin una sola herida.

El destino protege a los borrachos, pensó René.

Más tarde, aquella misma tarde, encontraron por fin el alojamiento que habían reservado: más una cabaña de playa que un apartamento de vacaciones, aunque con espacio suficiente para cuatro personas. Cada pareja tenía su propia zona y había además una pequeña cocina común, con una mesa rústica en el centro.

La cabaña se encontraba a unos cientos de metros de la playa, en una elevación rodeada de olivos.

Pronto cayó la noche. Ambas parejas se retiraron a sus respectivas zonas. Anika y Bruno estaban tumbados muy juntos, agotados por el día anterior, o más bien por la tarde y la noche anteriores, e intentaban dormir. Pero un golpeteo y un gemido constantes los molestaban. Se miraron interrogantes: desde fuera llegaba un intenso repiqueteo, traqueteo y crujido que iba en aumento. Parecía increíble que los sonidos no cesaran. Se repetían una y otra vez, como si fueran a durar horas.

A la mañana siguiente, tomando café y entre grandes carcajadas, las dos parejas se contaron su experiencia nocturna. Ninguna podía creer la resistencia que había demostrado la otra durante la noche, hasta que entre los cuatro descubrieron que no habían sido ellos, sino el viento impetuoso procedente del mar, el que había hecho gemir y crujir las contraventanas y la casita de madera.

Mientras tanto, los cuatro, agotados por los excesos de la noche anterior, habían admirado con cierta envidia la resistencia de los otros e intentado en vano conciliar el sueño.

Para Anika y Bruno era la primera vez que pasaban juntos un periodo prolongado. Sus obligaciones profesionales los habían absorbido tanto que durante los años anteriores apenas habían tenido tiempo para unas vacaciones semejantes.

Después del desayuno, Feeny y René, que evidentemente llevaban ya bastante tiempo juntos, cogieron sus toallas y se marcharon a la playa.

Anika miró a Bruno, interrogante.

—¿Te importaría que pasara la mañana sola?

Bruno asintió, sin disgusto. La idea de que Anika quisiera pasar la mañana separada de él y de sus amigos coincidía perfectamente con su propio deseo de que aquellos catorce días de vacaciones no transcurrieran exclusivamente juntos ni, necesariamente, enteramente en la playa.

Él había despejado su agenda, pero sentía sobre la nuca el peso de su tesis de habilitación, requisito indispensable para poder optar a cátedras. Aunque había conseguido encajar aquellas dos semanas en una agenda muy apretada y esperaba con ilusión poder apartar mentalmente el trabajo, la pregunta de Anika le produjo una sensación de liberación.

¿Lo habría preguntado únicamente para concederle a él aquel espacio, quizá porque había percibido la presión que soportaba y quería aliviarlo? ¿O era realmente su propio deseo?

Sólo más tarde aprendería que Anika se volvía inquieta, incluso insoportable, cuando se sentía encerrada, cuando, por ejemplo, no disponía de su propio espacio vital y de un tiempo que pudiera determinar por sí misma.

Bruno sacó sus cosas de la maleta y se instaló con el ordenador en la mesa de la cocina.

Mientras tanto, Anika deshizo su bolsa de viaje, en la que había enrollado cuidadosamente la ropa para que no se arrugara. Eligió un tanga, encima una minifalda muy corta y, como parte de arriba, una camiseta con grandes aberturas en las mangas para que pudiera atravesarla la brisa marina.

Abrazó con fuerza a Bruno y apretó los pechos contra su pecho.

—Hasta luego. Te quiero.

Aquella declaración de amor sorprendió a Bruno, sobre todo porque era una despedida para las siguientes horas, las primeras horas que pasarían juntos durante el día de sus primeras vacaciones de verdad.

Era un anticipo de aquello que ambos querían definir como su manera de estar juntos.

Bruno la siguió con la mirada mientras ella se alejaba con seguridad entre los olivares y acababa desapareciendo entre los árboles.

¿Debía seguirla? ¿Había querido invitarlo a entrar en su juego? ¿O hablaba en serio cuando había dicho que quería pasar sola aquella mañana, la primera mañana allí, en Creta?

Casi se sorprendió a sí mismo a punto de correr detrás de ella, alcanzarla y cortejarla entre risas. Quizá precisamente hubiera querido provocar aquella muestra de afecto y apego.

Pero tanto su propio deseo de aprovechar la libertad que Anika le concedía como el respeto por el espacio de ella lo hicieron quedarse.

¿Podría ser ella una mujer que no se definiera a través de él, sino que supiera vivir desde sí misma y, al mismo tiempo, le permitiera a él conciliar vacaciones y trabajo académico?

Hasta entonces sólo había vivido relaciones que exigían exclusividad y que no habían sabido respetar ni su situación personal ni su pasión por el trabajo.

Anika parecía distinta.

Y, sin embargo, por primera vez suponía también un desafío para Bruno, que en realidad había reservado aquellos catorce días para ella, una idea que Anika había echado por tierra ya en la primera mañana.

Casi malhumorado y algo apático, Bruno abrió el portátil, colocó a su lado los pocos libros que había llevado consigo y empezó a sumergirse en el texto con el que, feliz de poder irse de vacaciones, había cerrado el ordenador en casa.

A diferencia de otras veces, necesitó bastante tiempo para volver a encontrar el hilo de sus pensamientos, comenzar a comprender de nuevo los textos griegos y seguir escribiendo su comentario sobre el pensamiento y la ética del neoplatónico cristiano Apolinario y su relación con el místico medieval Meister Eckhart.

Pero seguía desconcentrado.

Volvía a oír el gemido de las ventanas, miraba hacia fuera por si aparecía alguien y asomaba la cabeza por la puerta.

Aparte de las cigarras que chirriaban fuera, el viento de finales de verano y los ladridos lejanos de unos perros, nada llegaba a sus oídos.

La puerta no se abría.

Ni René, ni Feeny, ni Anika cruzaban el umbral.

Impaciente, Bruno se preparó un té verde que había llevado consigo, uno de aquellos estimulantes con los que en casa ritualizaba el comienzo de su trabajo ante el escritorio.

Pero ni siquiera aquella infusión caliente, normalmente reconfortante y con aroma a hierba recién cortada, consiguió hacerlo entrar en sí mismo aquella mañana.

Seguía viendo ante sus ojos a Anika con aquel conjunto.

La silueta de su cuerpo no lo abandonaba.

Su forma de caminar.

Su determinación.

Su cercanía durante la noche.

Y aún más: la manera en que se había marchado sin volver la mirada.

Ya era por la tarde. En algún momento Bruno había encontrado su ritmo, había olvidado Creta y el mundo que lo rodeaba, se había perdido entre sus textos griegos, neoplatónicos y estoicos, tratando de abrirse camino por su espesura, cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe.

Anika apareció en el umbral, radiante, y mientras hablaba ya se estaba quitando la camiseta para ponerse el bikini.

—¿Vienes conmigo a la playa? Perdona, se me ha hecho un poco más tarde de lo que pensaba.

Bruno levantó la vista. Ni siquiera se había dado cuenta de que el sol había pasado ya ampliamente el cenit y comenzaba a descender.

Se sintió arrancado de algún lugar lejano, aunque quería responder a Anika. Sin embargo, su mirada no debía de parecer precisamente entusiasmada; al menos él mismo sintió que no estaba lo bastante atento.

Le sorprendió y le dolió, pero también le conmovió, que Anika se diera cuenta.

—Bruno, perdona por irrumpir así. Si todavía necesitas unos minutos, tómatelos. Yo voy adelantándome a la playa con Feeny y René. Ven cuando quieras, cuando te venga bien.

Giró sobre sí misma, le lanzó una última mirada cariñosa y desapareció tan deprisa como había aparecido en la puerta.

Bruno se quedó sin palabras.

Por su propia torpeza, por la entrada de Anika, por su presencia y porque apenas había percibido ni su clara invitación ni su partida.

Se sorprendió sintiéndose como un figurante sobre un escenario que acababa de perder su insignificante entrada en escena.

Y sin que el director hubiera protestado ni quisiera repetir la escena.

Al mismo tiempo comprendió que la escena entera pasaría de largo ante él si no empezaba a tomar conciencia de su propio papel.

Nunca había cerrado el portátil tan deprisa.

Por primera vez, sin guardar expresamente el trabajo de las horas anteriores.

De repente, todo lo que había hecho le parecía completamente irrelevante.

Se puso el bañador, agarró una toalla y salió en busca de sus amigos en la playa.

Aunque Bruno no parecía haberlo advertido, Anika había mirado varias veces hacia la cabaña. Quería hacerse la indiferente, y desde luego no mostrarle que lo estaba esperando.

Y, sin embargo, lo deseaba.

La mañana había transcurrido exactamente como ella quería: había podido vivir a su manera. Quizá precisamente por eso lo deseaba ahora con mayor intensidad.

Se sentía atraída hacia él porque tenía la impresión de que no se había limitado a tolerar el tiempo que ella había querido para sí, sino que se había hundido por completo en su propia pasión.

Era aquella lucha por conquistarlo lo que ya la había electrizado en el instante en que apareció en la puerta y él, evidentemente, ni siquiera la había notado.

Y por eso se había esforzado todavía más.

Ya desde aquella mañana.

No se había vestido de manera provocativa para los ancianos sentados a las mesas de uno de los cafés. Había querido mostrarle a Bruno a qué renunciaba aquella mañana.

No por casualidad había escogido lo más corto y escaso que llevaba consigo.

Por otra parte, había disfrutado bastante sintiendo sobre ella las miradas mientras atravesaba la pequeña ciudad. Le habían resultado menos desagradables que una experiencia que había tenido en un autobús en Roma. Allí incluso el conductor le había hecho un comentario sobre sus piernas y su ropa antes de venderle el billete. Su amiga, que estaba haciendo un curso de idiomas de varias semanas entre las siete colinas, había observado su sorpresa y después se lo había explicado: era completamente normal; las propias italianas incluso se burlaban si los conductores de autobús o los policías no acompañaban su aparición con algún comentario.

Aun así, para Anika aquello seguía resultando extraño.

Aquí, en Creta, el trato era distinto.

Había respeto en él.

Hombres y mujeres la saludaban en griego. Ella no sabía responderles, pero asentía amablemente.

Justo junto al puerto había encontrado un café en el que la mayoría de los clientes parecían ser habitantes del lugar y no turistas. Anika pensó que allí debía de servirse el mejor café de la zona.

Y así era.

Le ofrecieron un pequeño vaso con borde dorado y un líquido negro como la noche, sin filtrar, más fuerte que un espresso, con un fino polvo de café que lentamente iba depositándose en el fondo. Le sirvieron abundante azúcar y, al mismo tiempo, un pequeño cuenco con queso de cabra y distintas aceitunas.

Un hombre mayor le indicó una mesa, cogió su propia silla, se sentó con los demás en la mesa contigua y le cedió la suya.

A una distancia respetuosa, los hombres fumaban.

Pronto volvieron a sumergirse en su partida de portes, bebiendo café, algunos té, otros ya vino tinto u ouzo. A diferencia del backgammon, o incluso de la variante griega, el tavli, Anika percibía que aquellos hombres que jugaban a portes estaban ya a esas primeras horas completamente excitados y enfrascados en la partida.

Ella todavía tenía algunas dificultades para concentrarse porque seguía padeciendo un ligero dolor de cabeza después de su alocada travesía por las montañas de Creta.

De algún modo, ya no conseguía recordar con precisión la llegada. Sólo sabía que cada vez se habían puesto más alegres, ella y René al volante, a quien hasta entonces sólo conocía por lo que Feeny le había contado y a quien durante aquel viaje había descubierto como entertainer y, al mismo tiempo, como filósofo y hombre de letras.

Y también en otras facetas.

René debía de haberse enterado por Bruno durante el vuelo de que Anika, además de Germanística y Filosofía, había estudiado Historia del Arte. Y, en la medida en que el whiskey todavía permitía pensamientos coherentes, habían discutido sobre Nikos Kazantzakis.

René lo consideraba demasiado atrapado en el mundo ortodoxo.

Anika, en cambio, admiraba a Kazantzakis, tan duramente criticado por muchos de sus contemporáneos y convertido entretanto en el escritor cretense y griego más célebre del siglo XX.

Abrió sobre la mesa del café el portátil que había llevado consigo, encontró sin dificultad un enchufe y se puso a trabajar. Estaba escribiendo su tesis doctoral, en la que investigaba la vida y la obra de artistas, mujeres y hombres, que habían emigrado durante la época nazi. Desde sus primeros años de estudio le había interesado la relación entre el arte contemporáneo occidental y el no occidental, y se preguntaba de qué manera la modernidad occidental había ejercido su influencia, por ejemplo, en Gran Bretaña; qué consecuencias había tenido el exilio, precisamente de la vanguardia, en África y Asia; y, a la inversa, cómo el encuentro con aquellos continentes había transformado profundamente las concepciones artísticas del mundo occidental, en América y, después de la guerra, también en Alemania.

Hacía tiempo que había comprendido que las personas podían cambiar de ropa con mayor rapidez que de hábitos alimentarios. Pero ¿ocurría lo mismo con las formas de pensar, con las necesidades estéticas? ¿En qué edificios querían vivir las personas? ¿Con qué arte querían rodearse, con qué querían confrontarse? ¿Cómo configurarían las mujeres esos espacios, cómo se representarían a sí mismas? Precisamente en las sociedades de orientación patriarcal —entre las que incluía también a la mayoría de las europeas y, en mayor medida aún, a algunas de aquellas a las que habían emigrado las artistas—, las concepciones del género, entendidas también como proyecciones de deseos, ocupaban un lugar central.

No le sorprendía, por ejemplo, que en Tenerife, la isla canaria española que amaba desde hacía mucho tiempo, se alojara en hoteles cuyos tejados incorporaban elementos formales indios y que habían sido diseñados especialmente para huéspedes indios aficionados al golf. En aquellos hoteles había todos los días al menos un plato principal de cocina india.

Incluso después de años, incluso después de generaciones, las personas, aunque ya no vivieran integradas en sus familias y tradiciones, seguían aferrándose a los platos y, sobre todo, a las especias que habían aprendido a conocer, saborear y oler en casa desde la infancia. Frecuentaban determinados restaurantes, compraban en tiendas especializadas, pagaban precios de importación exagerados, sólo para conservar la tradición culinaria de su infancia y juventud, o incluso la de sus padres y abuelos.

Con la ropa ocurría algo muy distinto.

El sarouel y la gandoura no tardaban en quedar colgados en el armario; el pañuelo desaparecía, y las mujeres se vestían con falda o vestido, los hombres con traje y corbata. Pero al almuerzo con amigos o a la cena familiar, nadie que procediera de aquellas regiones, o cuyos padres o abuelos hubieran nacido allí, quería renunciar al tajine o la pastilla marroquíes, a la mulukhiyah o el shawarma egipcios.

Aunque durante el día uno se vistiera en la oficina de Múnich exactamente igual que todos los demás colegas, el plato de casa seguía siendo una forma de echar raíces.

¿Qué hacía que la estética, y en particular la experiencia culinaria, fuera tan transversal?

¿Tendría que ver con que el amor y los vínculos pasaban por el estómago, mientras que la ropa y todo lo exterior podían colgarse de una percha por la tarde y por la noche, sin que uno se identificara verdaderamente con ello?

Y, sin embargo, era precisamente la apariencia de una persona la que, como un imán, permitía proyectar deseos hacia fuera, encender fuegos, atraer miradas; olores y sabores tenían que conquistar aquella atención de manera mucho más sutil y, por lo general, sólo alcanzaban a quienes ya conocían sus códigos.

Eran preguntas que quería plantearle a Feeny en su próximo encuentro.

Los pensamientos de Anika seguían desplazándose a derecha e izquierda; todavía no estaba satisfecha con la estructura de su trabajo.

Primero tomar distancia, pensó.

Lejos de la universidad. Observar a las personas. Ver qué era importante para ellas y, sobre todo, por qué les importaba aquello que les parecía importante.

Allí, en el café, el portes parecía más importante que cualquier otra cosa.

Las mujeres, en todo caso, no parecían desempeñar papel alguno entre aquellas cuatro paredes.

Pero quizá precisamente la ausencia de lo femenino fuera su presencia, una presencia que ella misma estaba quebrando en aquel instante.

Quizá miraba en la dirección equivocada al querer estudiar las representaciones de mujeres elevadas a figuras religiosas de culto en los espacios públicos. Tal vez debería buscar, más bien, la ausencia de las mujeres en la vida pública y aquello que se había creado en su lugar como objeto de veneración sustitutiva: el fútbol masculino, los desfiles militares, las armas que parecían penes prolongados, fusiles, cañones, tanques; juegos de hombres en los que las mujeres, en el mejor de los casos, aparecían como figuras marginales convocadas para aplaudir.

Quizá debería fijarse también en las bebidas que sustituían a lo femenino, en el tabaco, otra versión del pene que ofrecía sucedáneos de calor, humedad y succión y que parecía menos peligrosa que comprometerse con lo femenino.

O quizá todo aquello no fuera más que rutina y costumbre.

Los hombres parecían más bien descuidados, quizá incluso abandonados a sí mismos, al menos en lo que se refería a su apariencia. El camarero, quizá hijo del propietario, llevaba unos vaqueros corrientes, eso sí, con una marca estampada, aunque se trataba de una de aquellas imitaciones que bastaban, evidentemente, para distinguirlo de los ancianos y de los pocos jóvenes del pueblo que entraban en el café.

No parecía haber mujeres trabajando allí. A aquella hora de la mañana apenas había otros turistas, y los pocos que Anika veía estaban sentados fuera, bajo las sombrillas.

Ella era la única mujer dentro del local.

La luz del día en el exterior era demasiado intensa; no habría podido leer la pantalla y por eso había preferido quedarse dentro.

Pero también los hombres parecían haber elegido la penumbra para escapar del calor exterior, y la mayoría de ellos se agrupaba alrededor de las mesas de la sala.

Aunque la aparición de Anika había provocado al principio algunas miradas de sorpresa, podía trabajar completamente tranquila con su portátil. Incluso el joven camarero sólo se acercaba cuando su vaso de té estaba casi vacío. Y entonces aquel muchacho de vaqueros se esforzaba por reunir unas cuantas palabras en alemán mientras miraba ligeramente a un lado, como si quisiera evitar acercarse demasiado a ella.

Cuando Bruno llegó a la playa con la toalla bajo el brazo, se lanzó inmediatamente a las olas. Feeny se levantó de un salto, Anika y René fueron detrás, y poco después los cuatro retozaban entre la espuma del mar.

Se reían al recordar el viaje en coche por las montañas. Ninguno conseguía recordar los detalles y todos se maravillaban de haber llegado siquiera sanos y salvos a su destino por aquellas carreteras estrechas y serpenteantes.

De regreso a la playa, René preguntó a Anika en qué había estado trabajando en el café.

Ella les habló de sus artistas exiliadas y de la pista de una mujer que la tenía especialmente intrigada: una talentosa artista judía que había emigrado a Kenia pasando antes por Gran Bretaña. Pero todavía necesitaba descubrir más detalles antes de poder contarles algo sobre su viaje, sus experiencias y la influencia que todo aquello había ejercido sobre su obra.

Bruno estaba acostumbrado a que explicaciones semejantes se convirtieran rápidamente en pequeñas clases magistrales que dejaban ver hasta qué punto Anika ardía por su disciplina y por sus investigaciones.

Después de refrescarse una vez más en el agua, los cuatro se refugiaron bajo las dos sombrillas que habían llevado consigo.

Anika rebuscó en su bolsa, sacó la lectura que había traído y abrió un grueso volumen de color rojo claro: la Odisea de Kazantzakis en traducción alemana. Comenzó a leer algunos pasajes a sus amigos mientras Bruno seguía el texto en su edición de color rojo oscuro, en griego moderno.

La inconcebible cifra de treinta y tres mil trescientos treinta y tres hexámetros había compuesto el autor cretense.

Inagotable.

Anika no pretendía presentarles más que unos pequeños fragmentos de aquella obra gigantesca.

Pero allí, en la playa de su tierra natal, los sonidos de los versos de Kazantzakis parecían penetrar aún más profundamente en la historia y, al mismo tiempo, convocar el presente: un país que, suspendido entre modernidad y pasado, luchaba por su futuro, atrapado en las fricciones entre viejos y jóvenes, entre religión secularizada y tradicional, entre orientación europea y global.

Al mismo tiempo, la desconfianza hacia el vecino turco seguía presente en la historia griega del siglo XX, aunque Creta se encontrara más cerca de África que de Chipre. Se reflejaba en la división de Chipre y en la actitud antiturca y antiislámica asociada a ella, contra la que Kazantzakis se había rebelado en aquella obra.

Retomando el viaje de Odiseo, el libro desarrollaba una travesía de exploración hacia las insondables cuestiones espirituales de la existencia humana, en la que los dioses se convertían en metáforas del abismo inaprensible.

3. Sacudirse la historia

 

—¿Por qué trabajas sobre escritoras y artistas que tuvieron que emigrar durante la época nazi? —le preguntó Bruno, revolviéndose el cabello después de haberle hablado a Anika de su propia historia familiar, tampoco precisamente libre de cargas.

—Cuando escribí mi tesis doctoral sobre la escritora Irina Kaun, al principio me alegré de poder dejar atrás aquella época sombría del Berlín de los años veinte; también la huida de Kaun de los nazis a los Países Bajos, su regreso con ayuda de un hombre de las SS y su vida en la clandestinidad en Colonia. Quería dedicarme a otros temas, pero algunos destinos no me dejaban en paz. Además, había sido pura casualidad que llegara siquiera a aquel campo de investigación, hasta que terminó alcanzándome de una manera completamente personal.

—¿Qué quieres decir?

—El profesor con el que había empezado mi tesis doctoral no era sólo historiador del arte, sino también estudioso de la literatura y estaba interesado en la historia política; en realidad, le apasionaba el diálogo interdisciplinario. Investigaba, y sigue investigando, cómo los desafíos existenciales, por ejemplo la migración, influyen en la formación y transformación de la propia identidad. Debí de hablarle alguna vez de mi familia después de una de las sesiones del seminario. Probablemente durante una de aquellas invitaciones a tomar café. Solía invitar a los estudiantes a un café para seguir dando vueltas, de manera informal, a algunas ideas de una clase o un seminario.

»En una de esas ocasiones debí de contarle los conflictos personales que me provocaba la manera de afrontar la historia del nazismo. Supongo que aquello fue lo que lo llevó a sugerirme que convirtiera precisamente en tema de investigación mis propias experiencias, los conocimientos que traía de casa y también las cargas que todo aquello suponía para mí; que fuera hasta el fondo y escribiera sobre ello mi tesis doctoral.

»Decía que nada era más importante que un tema que te desafiara personalmente. Más importante que cualquier esfuerzo puramente intelectual. Tenía que atraparme, también porque trabajar sobre él podía permitirme tomar distancia.

»Al principio aquello me produjo una profunda inquietud. No sabía si quería comenzar mi carrera académica cargándola precisamente con la obligación de enfrentarme a mi propia familia y, con ella, a mi propia historia.

—Perdona, por favor. No sabía que con mi inocente pregunta iba a meterme en semejante avispero.

Bruno tomó la botella de vino tinto, un magnífico Châteauneuf-du-Pape que había pedido para celebrar aquella velada, y volvió a servir un poco a Anika y a sí mismo, más bien por embarazo. Aquella noche quería cortejarla, después de que hubieran pasado varios días sin verse desde sus vacaciones en Creta. Y Bruno seguía teniendo mala conciencia: le parecía que Anika había tenido que adaptarse demasiado a él y que él había prestado más atención a su investigación que a ella.

—En absoluto —le hizo entender Anika—. En realidad, sólo has tocado algo que lleva semanas, meses, incluso años ocupándome y que probablemente seguirá haciéndolo más allá de mi tesis doctoral y de mi habilitación, si es que ésta llega a terminarse algún día, y más allá también de todos estos estudios. ¿Cómo podía ser que yo hubiera nacido en una familia procedente de Kassel, profundamente marcada por la Reforma y, al mismo tiempo, implicada en las páginas más oscuras de la historia alemana? Yo no tenía conciencia de la familia en la que estaba creciendo, de quiénes eran mis padres, de cómo eran. Ni de niña ni de adolescente había oído una sola palabra sobre todo aquello.

Bruno no quería detenerla, aunque en realidad había imaginado aquella velada, para la que había invitado a Anika a uno de los selectos restaurantes franceses de Múnich, como una cena romántica, no como una retrospectiva político-histórica de tiempos sombríos. Por otra parte, Anika había despertado su curiosidad; aquel pasado atroz tampoco le resultaba ajeno por su propia historia familiar. Evidentemente, al contarle a Anika sus propias heridas familiares, le había dado la confianza necesaria para que también ella estuviera dispuesta a hablar de las suyas. Surgía otro tipo de atmósfera: nada de romanticismo rosa, más bien un drama pardo. Y, sin embargo, aquella conversación los acercaba.

—¿Cómo fue? Si no lo supiste de adolescente, ¿cómo descubriste ese secreto de tu familia?

—Debería haberlo sabido ya de niña y, como muy tarde, de adolescente —dijo, y dejó escapar un gemido.

Tomó la copa recién servida, con aquel vino de un rojo profundo.

—Antes brindemos, Bruno. Quiero decirte cuánto te quiero.

Las copas chocaron sin demasiada armonía, porque todavía estaban demasiado llenas, aunque eso estaba a punto de cambiar. Ambos bebieron un buen trago, observando cómo el otro saboreaba el vino, y Anika sintió que podía, y debía, seguir abriéndose.

—Tienes que saber que la familia de mi madre procede de Bremen, de una tradición religiosa pietista, enemiga acérrima de aquellos luteranos laxos que, naturalmente, también había y sigue habiendo en la ciudad hanseática libre. Y entonces mi madre conoció a aquel soldado reformado, mucho mayor que ella, que no había regresado del cautiverio ruso hasta 1949. Podría haber sido su padre. Pero ella me había contado más de una vez que, en la posguerra, para las chicas jóvenes no era fácil encontrar marido. Los hombres escaseaban. Los jóvenes se habían quedado en la guerra, muchos estaban desaparecidos o habían muerto, y los algo mayores, que a menudo habían servido muy lejos del frente y habían sobrevivido también al cautiverio, no recuperaron la libertad inmediatamente después de la guerra. Aunque una cosa ya me hizo sospechar cuando mamá me dio aquella explicación: ¿por qué se había enamorado de ese hombre mayor antes incluso de que comenzara la guerra?

Apenas había empezado a hablar cuando llegó el entrante. Manzanas cortadas como panales, con las hendiduras rellenas de paté de hígado, y la manzana cocida caramelizada con miel. Parecía una colmena.

Bruno cortó la suya, ofreció a Anika un pedacito en su cuchara y le acarició el brazo con los dedos. Ella acercó la boca, tomó de la cuchara el trozo de manzana, lo llevó a la lengua, abrió los labios y dejó que también él probara un poco de la manzana.

—Me conmueve la confianza que depositas en mí al contarme tu historia. Y me permite comprenderte todavía mejor —dijo Bruno con empatía.

—Gracias, Bruno. No me resulta fácil hablar de ello y, en cuanto a las cosas más íntimas, eres el primero a quien se las cuento.

—Sólo hasta donde tú quieras y estés preparada —subrayó Bruno, sin hacerla sentir que lo movieran ni la curiosidad ni la impaciencia.

—Como yo era la única hija entre tres hermanos mayores, fui la benjamina de la casa, sobre todo porque el menor de ellos es nueve años mayor que yo. Llegué tarde, por así decirlo, y mi madre me dejó claro más de una vez que en realidad no había querido tenerme y que tampoco debería haberme tenido: la casa, el dinero y sus cuatro hombres la habían desbordado.

—Pero ¿no se alegró al menos de tener por fin una niña contigo? —intervino Bruno.

—Eso cabría pensar. Pero la sensación que tuve durante mi infancia y adolescencia fue más bien que me envidiaba. Mi padre, que podría haber sido mi abuelo, siempre tenía los ojos puestos en mí. Tanto que a menudo me hacía sentir incómoda. Sabes, no es que hubiera sucedido algo entre nosotros, pero en sueños me imaginé muchas veces que sí había ocurrido algo. Es como una neblina gris; todavía existe, extendida sobre aquellos recuerdos, pesando sobre ellos. Y aún hay más...

—No tienes que seguir —dijo Bruno, porque vio que a Anika le subían las lágrimas y que apenas conseguía continuar.

—Sí, sí. Alguna vez tiene que salir. Y si no es contigo, ¿con quién?

Bruno se acercó un poco más, sin tocarla, sólo para hacerle sentir que intentaría soportarlo con ella, sostenerla también a ella, aunque dentro de él comenzaba a surgir una inquietud: ¿por qué quería abrirse y exponerse de aquella manera tan pronto en su relación? ¿O acaso necesitaba hacerlo para poder entregarse realmente a él?

Ella lo miró. Ya no con la inseguridad de hacía unos instantes, sino fijamente, como si no quisiera concederle ninguna salida. Ni a él ni a sí misma.

—Los dos, mamá y papá, tenían que saber que mi hermano mediano se había acercado a mí; o, en realidad, tendría que decir que abusaba de mí. Ya no recuerdo exactamente desde qué edad. No lo sé, quizá tenía seis o siete años. Me contaba cuentos antes de dormir porque mamá y papá no se ocupaban de acostarme. Estaban ocupados consigo mismos o sencillamente querían ver juntos la televisión. Mi hermano se había ofrecido voluntariamente, y con gusto, a llevarme a la cama. Venía. Y se acercaba a mí. Cada vez más. Repugnante. Me tocaba, metía las manos en mis partes más íntimas y frotaba las suyas contra ellas. Aunque entonces yo no entendía realmente lo que estaba ocurriendo, me dejó claro que no debía contárselo a nadie, que era nuestro secreto, parte de los cuentos que me leía. Pero recuerdo que una noche, cuando el cuento se prolongó demasiado, papá entró en la habitación. Tuvo que darse cuenta de lo que estaba pasando. Pero se limitó a apagar la luz y le dijo a mi hermano que se fuera ya a su habitación. ¡Eso fue todo! No le pidió explicaciones. Ni entonces ni nunca después. Y con mi madre fue igual. Ella también lo sabía; y si papá no se lo había dicho, tenía que haberlo sospechado por aquellas interminables sesiones de lectura. Tenía que haber sentido mi miedo cuando yo iba a mi habitación y mi hermano venía detrás; cuando ella entraba y quería que los dos nos fuéramos a dormir.

—Es la primera vez que cuentas esto... ¿Y no pudiste confiar en nadie de tu familia?

—¿En quién? Mamá estaba demasiado ocupada consigo misma y habría preferido que yo no estuviera en este mundo. Mis otros dos hermanos apreciaban mucho al mediano; él era el alma de la familia, porque nuestros padres habían dejado de cumplir esa función. Y yo misma necesité años para comprender siquiera lo que había tenido que soportar durante tanto tiempo. Nunca olvidaré que, cuando acababa de terminar el bachillerato, es decir, cuando tenía dieciocho años, mi hermano mediano me invitó a ir a esquiar a los Alpes con él y con mis otros dos hermanos. Pensé que, si estaban los otros dos, no habría problema. Sólo cuando ya estábamos en su coche me dijo que ambos habían cancelado a última hora. ¿Era una excusa? ¿Una mentira? ¿Lo había planeado así desde el principio? ¿Qué podía hacer yo? Por un lado, me hacía ilusión esquiar. Apenas tenía dinero para permitirme algo así por mi cuenta. Y luego pensé que quizá las cosas no habían sido como yo las recordaba; además, llevaba ya varios meses fuera de casa haciendo mi año de servicio social voluntario. Él era un hombre adulto, ya no un adolescente, y yo era una mujer joven. Así que me lo tragué y nos fuimos. Pero no vas a creerlo: apenas nos habíamos instalado en la pensión al sur de Innsbruck, en una habitación con dos camas separadas, y nos habíamos preparado para dormir, cuando salí del baño y lo encontré sentado en el borde de la cama, masturbándose. Me preguntó si quería satisfacerlo con la boca. Me quedé sin habla, paralizada en la puerta del baño. Sabía que no podía ni volverme ni huir, pero tampoco era capaz de reaccionar de ningún modo. Ni siquiera me atreví a preguntarle cómo se le había ocurrido semejante insolencia. Me invadió una impotencia absoluta. Las quimeras de mis pesadillas pasadas se habían vuelto realidad. Y hasta hoy no sé cómo conseguí sobrevivir a aquella noche y a aquella semana de esquí.

Bruno sintió cómo todo aquello irrumpía desde dentro de ella. Estaba más afectada que furiosa, más asustada que enfadada. Y él mismo se sentía impotente ante lo que acababa de escuchar.

—Sabes que eso es un delito. ¿Nunca pensaste que, si no podías acudir a tus padres o a tus hermanos, podías ir a la policía?

—Bruno, yo vengo de una ciudad mediana. Por grande que sea Kassel, allí todo el mundo conoce a todo el mundo. Y mi padre era profesor de instituto. Habría sido el fin de la familia. También el mío. Y todo el mundo tenía a mis padres en altísima estima. Además, papá había ocupado durante muchos años un puesto destacado en la asociación de historia local como investigador de la región; incluso era miembro honorario. Se le reconocía como una autoridad. Todo el mundo lo conocía por los cientos de artículos que había publicado sobre la historia de la ciudad y de la comarca en las Kassler Nachrichten. Además, era concejal municipal como representante de la Agrupación de Electores Independientes. ¿Cómo iba yo a arrojar una sombra sobre él, sobre mamá y sobre mis hermanos? Pensé que podía eliminar el problema mediante la distancia. Pero aprendí que ni el tiempo ni la distancia física eliminan el pasado. Así que decidí no volver a ver a mi hermano mediano durante mucho tiempo y, desde luego, nunca a solas. Ésa fue mi estrategia de huida.

—Perdona —añadió—. No quería arruinar nuestra cita. Simplemente me ha salido de golpe. En realidad sólo quería hablarte de mi padre. Una historia que sentí entonces, y sigo sintiendo, no menos dramática.

Dios mío, pensó Bruno. Otra experiencia espantosa. ¿Por cuánto habrá tenido que pasar Anika?

—Sí, en realidad no quería hablarte de mis hermanos, sino de él, para responder a tu pregunta de cómo llegué a mi investigación.

Al menos, pensó Bruno, parece haberse recuperado lo suficiente como para querer y poder seguir hablando.

—Papá no era precisamente un alma bondadosa, pero tenía algo de abuelo. Además, era un hombre muy leído. Había hecho un doctorado, lo que a mí me impresionaba muchísimo, y en la familia se le consideraba el gran sabio. Entonces yo tenía la impresión de que lo sabía todo, de que había viajado por el mundo y acumulado una enorme experiencia de la vida. Había estudiado en el célebre Wilhelmsgymnasium, donde terminó el bachillerato antes de la guerra, y después se fue a estudiar a aquellos famosos centros intelectuales que eran Marburgo, Berlín y Gotinga. Según me contaba modestamente, además de Filología Alemana, su materia predilecta, había estudiado Historia, algo de Filosofía y, de paso, también Teología protestante. Decía que había necesitado todo aquello porque su corazón había empezado a latir por los estudios medievales. Y realmente era un historiador del Medievo extraordinariamente dotado. Aunque por lo demás nunca supiera muy bien qué hacer conmigo, jamás olvidaré nuestros paseos y excursiones, cuando me llevaba a los lugares históricos romanos y, aún más, germánicos de los alrededores de Kassel y me daba sus pequeñas conferencias sobre historia local. De vez en cuando, cuando fui algo mayor, también me llevaba a la asociación de historia local, donde impartía regularmente conferencias con diapositivas. En realidad, casi siempre lo recuerdo sentado ante su escritorio en cuanto regresaba por la tarde del instituto, donde enseñaba Historia, Alemán y Religión.

—¿Y sobre qué había escrito su tesis doctoral? —preguntó Bruno, interrumpiéndola con evidente interés.

—Ya no recuerdo el título exacto. Seguro que me lo contó varias veces, pero sé que trataba sobre Meister Eckhart. Eso sí pude recordarlo bien, porque mi hermano mayor se llama Eckhart y porque tú también me has hablado ya de ese Eckhart.

Los ojos de Bruno comenzaron a brillar. Anika debió de notarlo inmediatamente, porque se alegró con él.

—Y tú, ¿cómo llegaste a Eckhart? —le preguntó.

—Ésa es una pequeña historia mía. En realidad, durante mis estudios de Filosofía, Ética y Teología nunca me había encontrado con él. Pero hacia el final de la carrera hubo un Funkkolleg sobre «Religión», una especie de curso universitario emitido por radio, en el que uno podía inscribirse. Lo hice. Era una buena oportunidad de ganar algo de dinero y, al mismo tiempo, adquirir experiencia docente.

Anika sonrió. Y parecía que, de algún modo, después de haber podido ponerlo en palabras, había conseguido aparcar por un momento lo traumático. Brindaron de nuevo.

Entretanto llegó también el Chateaubriand, rojo sangre, por supuesto, que ambos saborearon juntos. Anika nunca había comido una carne tan tierna. En realidad, toda la velada la tenía un poco abrumada.

Le había sorprendido cómo Bruno había respondido al principio a la pregunta del camarero sobre la elección del vino. No le había pedido al maître, que se mantenía bastante rígido y se esforzaba por no parecer un camarero corriente, ningún vino determinado, sino simplemente un tinto francés seco.

El maître regresó con dos copas y dejó que Bruno probara ambos vinos. Le preguntó si alguno de los dos era de su agrado. Bruno tomó un pequeño sorbo del primero, comió entre medias un trozo de baguette, probó después el otro, volvió a oler las dos copas y finalmente eligió uno.

Con cierto aire de desafío, el maître le preguntó si sería capaz de adivinar de qué región procedía el vino que había escogido.

Sin vacilar, Bruno respondió que probablemente se había cultivado no muy lejos de Châteauneuf-du-Pape.

Era el vino que había elegido.

Y cuando el maître trajo la botella y sirvió el vino, allí estaba escrito efectivamente:

Châteauneuf-du-Pape.

No sería la última vez que Bruno la impresionara, aunque Anika nunca tuvo la sensación de que ésa fuera su intención. Le salía todo con demasiada naturalidad; lo que se percibía era, más bien, el enamoramiento de una afición, un fuego interior del que ella disfrutaría muchas veces también más adelante.

A la inversa, cuando Anika hablaba de sí misma, él era todo oídos. No sólo recordaba detalles: también hacía preguntas y admitía cuando no comprendía lo que ella intentaba explicarle.

En eso, pensaba Anika, se parecían.

Tampoco ella era curiosa en el sentido indiscreto de la palabra; estaba interesada. Quería saber con quién compartía la mesa.

Así que lo animó a continuar.

—Tenía buenos conocimientos básicos y había terminado mis estudios en Eichstätt con un diploma bastante bueno, así que presenté mi candidatura y conseguí el puesto. A partir del comienzo del curso me hice cargo de un grupo de discusión de unas veinte personas. Todos seguían el programa por la radio y yo me reunía con ellos una vez al mes para repasar los contenidos y prepararlos para el examen final. Yo tenía además la ventaja de recibir los materiales de preparación para los profesores, con todas las preguntas y respuestas. Ya entonces descubrí que lo que mejor se aprende es aquello que uno enseña. Así que no fue casualidad que al final hubiera adquirido una primera y bastante buena introducción a la ciencia de las religiones. Y me sentí enormemente feliz y orgulloso de que también la mayoría de los miembros de mi grupo obtuvieran unos resultados excelentes.

»Pero no era de eso de lo que quería hablar. Me habías preguntado por Meister Eckhart. En efecto, una de las unidades del curso se titulaba “Religión y mística”, y allí conocí por primera vez a grandes figuras de la historia de la mística de las que jamás había oído hablar durante mis estudios: Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Friedrich Hölderlin, Sri Aurobindo, Jean Gebser, Edith Stein y, el más antiguo de todos ellos, Meister Eckhart, que vivió en el siglo XIV.

»Cuando el grupo volvió a reunirse después del examen para celebrarlo, surgió el deseo de continuar con aquellas reuniones periódicas. En cierto modo, a mí no me venía mal. Después de terminar mis estudios había decidido entrar en la formación práctica para sacerdotes de la diócesis de Espira. La institución de educación de adultos incluyó la continuación del círculo de estudios del Funkkolleg en su programa y no sólo se comprometió a pagarme los gastos de desplazamiento, sino que me concedió también un contrato docente. De ese modo podía financiar en parte mi formación práctica y mis viajes para visitar a mi familia gracias a aquella actividad como profesor.

»De todos los temas que habíamos tratado en el Funkkolleg, el grupo eligió por unanimidad profundizar en los escritos y el pensamiento de Meister Eckhart. Ésa fue mi introducción a Eckhart. Durante los dos años siguientes nos reunimos una vez al mes para leer textos suyos, que yo tenía que preparar y después acompañar en la discusión. Al cabo de dos años pasamos a los escritos de Jean Gebser, luego a los de Sri Aurobindo y finalmente a los de Edith Stein.

»Ya ves: después de mis estudios propiamente dichos, casi de manera paralela y al margen de todo aquello que me habían enseñado, fui introduciéndome por mi cuenta en la historia de la mística. O quizá sería más exacto decir que fui aprendiendo al enseñarla. Y la habilitación que estoy escribiendo ahora estudia el camino de la ética desde la Antigüedad tardía hasta Eckhart.

Anika sonrió a Bruno con evidente placer.

—Me resulta alentador escucharte —dijo—, porque también yo tengo la impresión de haber aprendido intuitivamente y por mi cuenta la mayor parte de lo que sé. Naturalmente aprendí muchísimo de mis profesoras y profesores, pero se me quedó mucho más profundamente grabado aquello que leía y discutía con mis compañeros de estudios y aquello con lo que yo misma tenía que enfrentarme. Hasta hoy me parece apasionantísimo explorar cosas de las que no tengo ni idea, como esta noche contigo. Y que, además, exista una conexión intelectual entre tú y mi padre me parece especialmente interesante. Pero tienes que explicarme por qué tú y aquel grupo de estudio os quedasteis precisamente con Eckhart. Más adelante, Eckhart llegó a resultarme más que sospechoso. ¿No existe una relación directa o indirecta entre sus enseñanzas y la ideología nacionalsocialista?

La pregunta no sorprendió a Bruno. La recepción de Eckhart durante el nacionalsocialismo no le era desconocida. Al fin y al cabo, durante sus propios estudios sobre Eckhart había utilizado la traducción más difundida de sus escritos, publicada después de la guerra por el célebre investigador, editor y traductor de Eckhart Josef Quint.

—Esto introduce otro fragmento de historia personal en nuestra relación —comenzó Bruno de nuevo—. Cuando le conté a mi padre, que era bibliotecario en la Universidad del Sarre, lo de mi círculo de lectura, se llevó las manos a la cabeza. «No —me dijo—, precisamente Eckhart. Entonces seguramente estarás leyendo también la traducción de Quint». «Sí», le respondí, «es la única traducción verdaderamente fiel al texto».

—«Fiel» —respondió mi padre, un hombre más bien poco ideológico y de pocas palabras—, «eso sí que lo fue. Pero incluso después de la guerra siguió siendo una de aquellas figuras pardas, también en nuestra universidad. Ya antes de la guerra se había afiliado al NSDAP y pertenecía a varias organizaciones del partido nacionalsocialista, incluso como miembro benefactor de las SS. Y no parece que asumiera todo aquello únicamente para poder trabajar sobre Meister Eckhart. Veía en Eckhart una pieza de la ideología y la propaganda nacionalsocialistas, y no estaba solo en esa interpretación.

»Sabes —continuó mi padre—, Alfred Rosenberg, el principal ideólogo del régimen, ejecutado después de la guerra, había convertido a Eckhart, en su célebre y tristemente célebre libro de 1930, El mito del siglo XX, en precursor, creador y testigo de excepción de la nueva religión germánica. ¡Su libro comienza con una cita de Eckhart! Quint había iniciado entonces su trabajo bajo aquel signo. Lo había emprendido para engrandecer lo alemán y, después de la guerra, lo continuó como si el Holocausto no hubiera tenido lugar y el régimen totalitario no hubiera precipitado al mundo en la mayor catástrofe del siglo XX.

»Poco después de regresar del cautiverio soviético, hubo, ciertamente, reparos en uno de los tribunales académicos acerca de si debía permitírsele volver a enseñar en la universidad. Pero consiguió que, pese a su pasado, lo clasificaran como exonerado, y así llegó a nuestra Universidad del Sarre, adonde también fue trasladado el Instituto Eckhart. Yo era entonces un joven bibliotecario encargado de cuestiones históricas y tuve que soportar una y otra vez las agresiones de aquel nazi recalcitrante, hasta que por fin obtuvo una cátedra en Colonia.»

Anika escuchaba con los cinco sentidos.

—Yo mismo me quedé sorprendido, incluso asustado, cuando oí a mi padre hablar de aquel modo. Normalmente era un hombre poco emocional, jamás insultaba y mucho menos perdía los estribos. Pero en este caso percibí un resentimiento acumulado durante años, una espina clavada por dentro que nunca había visto en él.

—Me alegra conocer por ti esta cara de la historia —dijo Anika—, porque también yo tengo mi parte de experiencia familiar que añadir a lo que tú viviste. Pero ahora tengo doble mala conciencia: no quería sumirte ni en pensamientos tan sombríos por mi causa ni en los tiempos oscuros de tu propia historia. Por hoy, sacudámonos de encima nuestras historias y, con ellas, la Historia. Alegrémonos simplemente de habernos encontrado y de poder estar aquí, sentados juntos.

Bruno se sintió aliviado. Le habría gustado adentrarse aún más en lo que Anika acababa de contarle, pero evidentemente ella había percibido cuánto se había esforzado por aquella velada: al elegir el restaurante, al hacer que un taxi la recogiera ya en la estación, al escoger el hotel donde ambos habían podido arreglarse el uno para el otro antes de salir a cenar, y también con la perspectiva de terminar después la noche juntos en un bar.

Anika puso un dedo sobre sus labios, abrió los suyos, y la historia se hundió en sí misma.

4. Luces y sombras sobre Anika

 

Anika se recostó complacida en la tumbona, con la mirada fija en el mar palpitante. Aunque Bruno estaba tendido a su lado, bien untado de aceite, sintiendo el sol y el viento sobre la piel, los pensamientos de Anika giraban en torno a Feeny.

Retrocedió por la galería de imágenes de su móvil. Del año 2010 fue bajando por las pestañas anuales hasta 2000, después 1995 y finalmente 1991 y 1988, cuando había ido a verla por primera vez. Volvió a 1991 y buscó dentro de aquel año las fotografías que había hecho de Feeny en Creta.

Y allí apareció.

Feeny en la arena con ella, la espuma del mar cubriéndolas. Bajo la sombrilla, un selfi de los cuatro.

Recordó cómo había conocido a Feeny cuatro o cinco años antes, casi por casualidad, durante la inauguración de una exposición fotográfica en el Instituto de Historia del Arte de la universidad donde trabajaba entonces. Feeny acababa de empezar sus estudios en la universidad de Múnich; quizá tenía diecinueve años.

Anika examinó más de cerca algunas de las fotografías que le había hecho durante aquella exposición.

Sí, desde luego no podía tener más de diecinueve.

Ella misma tenía entonces veintisiete y estaba allí, como asistente, junto a su colega Pauline, con quien había comenzado su tesis doctoral. Incluso el nombre de la exposición había permanecido grabado en su memoria: Nachtschatten —Sombras nocturnas— se leía en grandes letras sobre los carteles en blanco y negro, en los que se distinguían los contornos de un desnudo.

La exposición reunía fotografías realizadas en su propio instituto. En realidad, Anika había acudido porque era amiga del asistente de la cátedra de Arte Contemporáneo y Medios. Él le había llamado la atención sobre la muestra porque sabía de su interés académico por la fotografía contemporánea.

El arte y la estética filosófica formaban parte, en general, de los campos que más le interesaban y ocupaban un lugar central en su investigación. Era, además, un terreno de conversación que se cruzaba con los intereses de Bruno, precisamente por aquellas cuestiones éticas de carácter interdisciplinar que tanto lo ocupaban.

¿Fue la invitación de su colega y amigo a la exposición, o más bien la perspectiva de pasar con él una de aquellas muchas veladas estimulantes en alguna de las seductoras cervecerías bávaras? Ambas cosas le resultaban igualmente atractivas. Amaba el arte y la literatura, también la historia y la filosofía, pero, de todos sus campos de interés, había hecho de la historia del arte el centro de su vida. Tampoco era indiferente a los placeres de la mesa. Le gustaban los buenos restaurantes, pero también el aire cargado de humo en torno a las carpas de cerveza de la Wiesn, y lamentaba un poco que aquella mezcla de malta, cebada y nicotina hubiera desaparecido de las cervecerías. Ya volvían a ella los aromas de la cocina del Weißbierhaus, embriagándola, aunque echaba de menos aquella bruma dulzona. Ante sus ojos apareció un pato dorado y crujiente con Knödel y col lombarda y, a su lado, una cerveza de trigo oscura.

—Señora, ¿puedo traerles algo a usted y a su marido? —preguntó la camarera.

Aus ihren Gedanken gerissen, drehte Anika den Kopf und nahm die Bedienung wahr, die auf der Terrasse die Feriengäste des Hotels versorgte.

—Sí, gracias, un mojito para mí —respondió, y, volviéndose hacia Bruno, preguntó—: ¿Quieres tú también algo de beber?

Él seguía algo ausente, asintió y respondió con voz soñolienta:

—Sí, por favor. Lo mismo que tú.

Normalmente tomaban mojitos sin alcohol por la mañana, pero aquel día Anika quería celebrar con Bruno el comienzo de su último día de vacaciones. Hizo el pedido y añadió:

—Y, por favor, tráiganos también unas nueces y unas aceitunas.

—Con mucho gusto —respondió la atractiva española en un alemán impecable, confirmó el pedido y se dirigió hacia los huéspedes que estaban junto a la piscina del hotel.

No está nada mal, pensó Bruno. En general, le gustaba la desenvoltura de las mujeres de aquel país, algo que ya le había llamado la atención nada más llegar al aeropuerto.

Los pensamientos de Anika regresaron a Múnich. Sintió que se le hacía la boca agua mientras su memoria corría hacia aquella velada. Pero no era la cena, ni siquiera aquel delicioso líquido en el Weißbierhaus ni la discusión posterior sobre la exposición lo que hacía que aquel día permaneciera tan vivo en su memoria. Era el encuentro que había tenido lugar antes.

Había ido con Bruno a la exposición. Tal como habían acordado, aquella noche se encontraron a la entrada del instituto y pasaron al vestíbulo para tomar la copa de bienvenida.

Mientras su mirada recorría el mar, la escena de la exposición comenzó a entretejerse con los recuerdos de sus vacaciones en Creta. Feeny, sentía Anika, parecía un alma gemela. Habían vivido momentos desenfrenados, mantenido conversaciones existenciales. Feeny la escuchaba cuando Anika le hablaba de su año de servicio social voluntario, que había pasado en una institución religiosa para niños considerados difíciles de educar.

Pero, según la experiencia de Anika, la mayoría de aquellos niños eran cualquier cosa menos difíciles. Sencillamente, durante los dos primeros días después de haber pasado un fin de semana con sus padres —o, por lo general, con uno de ellos, a veces sólo con sus tutores— regresaban tan descompuestos por dentro que necesitaban cierto tiempo para volver a llegar, para después, durante los días siguientes, volver poco a poco a sí mismos.

El arte de tratar con ellos consistía esencialmente en mostrarles afecto, ofrecerles estructura y, con mano firme, soportar sus agresiones interiores, trabajarlas junto con ellos y experimentar en común hasta qué punto podía ser bueno aprender a confiar unos en otros.

Feeny no tenía experiencia alguna en ese terreno, pero decía que podía aprender para su propia vida de las experiencias de Anika con aquellos niños: sobre todo, lo importante que era combinar libertad y estructura.

El recuerdo de aquellos intercambios con Feeny casi llegó a superponerse al de su encuentro aquella noche en el instituto. Y, sin embargo, sus sentimientos devolvían a Anika con una proximidad casi física la noche en que Feeny y ella se habían conocido. No sentía aquella cercanía como una competencia con Bruno, sino más bien como un complemento, incluso una intensificación, tanto de su relación con él como de la que mantenía con Feeny.

La sala estaba ya bastante llena. Sin duda —pensó Anika— había allí numerosos estudiantes con sus parejas, deseosos de ver los resultados de los trabajos fotográficos realizados por el fotógrafo del instituto. Pero también reconoció rostros de mayor edad y figuras conocidas de la universidad, y no sólo asistentes, sino incluso algunos profesores y profesoras que rara vez acudían a actos artísticos. La mayoría no vivía en Múnich, sino que se desplazaba a la universidad desde otras partes de Alemania o incluso desde el extranjero.

Quizá una de las razones de la gran asistencia, pensó Anika, fuera que habían tenido la inteligencia de organizar la exposición durante la última semana del semestre. Todos mostraban cierto agotamiento en el rostro y, al mismo tiempo, un visible alivio.

Del discurso inaugural del decano ya no recordaba gran cosa, salvo que había presentado aquella exposición como ejemplo de la capacidad y disposición de profesores, estudiantes y ciudadanos para crear arte conjuntamente: en aquella universidad no sólo se enseñaba qué significaba el arte; allí, decía, el arte se vivía y se amaba en común.

Feeny ni siquiera le habría llamado la atención si Bruno y una de las colegas de Anika, Pauline, no se hubieran enzarzado en una intensa conversación delante de una de las obras expuestas.

Mientras recorrían la exposición, Anika —que había terminado sus estudios en la facultad de Múnich y, después del doctorado, había obtenido una plaza posdoctoral en el instituto— se fijaba especialmente en las prendas elegidas para las modelos. Se preguntaba de qué manera las había utilizado el fotógrafo en sus sesiones.

Entretanto Bruno y Pauline, muy versada en literatura, filosofía contemporánea y psicología, se entusiasmaban con la deconstrucción y fragmentación de las poses, comentaban las fotografías de manera a la vez crítica y elogiosa y acababan filosofando, pues creían reconocer en algunas piezas la influencia de aquella posmodernidad que precisamente entonces comenzaba a llegar desde Francia hasta Múnich.

Se detuvieron ante una serie de fotografías ligeramente desenfocadas. Mostraban a una modelo que —como Bruno observó— se encontraba casualmente junto a ellos contemplando la misma serie.

La joven parecía haber venido sola. Permanecía delante de la pared, sonriendo ligeramente ante sus propias imágenes, como si estuviera comparando unas fotografías con otras.

—¿Puedo preguntarle algo? —se aventuró Bruno, más atento al cuerpo presente que a sus reproducciones, mientras Pauline continuaba explicándole a Anika la relación entre François Lyotard y las obras—. ¿Es usted?

La joven se volvió hacia Bruno y respondió sin vacilar, casi con cierto orgullo:

—Las fotografías nos enfrentan a contornos y disyunciones. Pero le aseguro que soy bastante más que la silueta imprecisa de una mujer desnuda.

Y le dedicó una sonrisa radiante.

¿Fue aquella audacia, aquella mirada directa con la que abordó a Bruno? ¿O la correspondencia entre la modelo y la mujer que en ese mismo instante parecía estar coqueteando con él lo que espoleó a Anika?

A Bruno le habría gustado responder, pero Pauline seguía empeñada en explicarle también a él su argumento sobre la relación entre literatura, filosofía y fotografía. La joven captó la situación con sensibilidad, hizo un pequeño gesto de despedida, se volvió y avanzó hacia la siguiente obra.

Anika se movió con ella.

Se colocó a su lado y entabló una conversación cuyo contenido ya no recordaba. Pero sí recordaba aquel instante: Feeny, a petición de Anika, le entregó su tarjeta de visita.

Después, durante dos o tres años, Anika se olvidó por completo de Feeny y de aquella exposición, hasta que un día, ordenando un cajón de su escritorio, volvió a encontrarse con la tarjeta.

¿Qué habría sido de aquella modelo?

¿Habría nuevos trabajos suyos que pudieran encajar en la provocadora exposición que Anika estaba organizando, Fotografía de desnudo en Baviera?

Marcó el número impreso en la tarjeta.

Al otro lado respondió una voz que pareció alegrarse de su llamada. Feeny incluso recordaba aquel primer encuentro. Le dijo entusiasmada que estaría encantada de participar en el proyecto y le habló, además, de su estudio de masaje body-to-body, donde tenía expuestas la mayoría de sus obras más recientes.

La invitó a visitarlo.

Ante los ojos de Anika se movían ahora las ligeras crestas de espuma del mar. Las olas hacían surgir de nuevo ante ella a aquella modelo y sus contornos: la línea ascendente de su figura, las cejas finas que destacaban en tonos castaño dorado, el rostro expresivo, desafiante; un cuello que le parecía más largo de lo habitual; después, el pecho atlético, los leves indicios de musculatura en los brazos y los senos de pezones marcados, uno de los pocos focos nítidos de la imagen, hacia el que parecían converger las líneas, más difusas, del vientre y aquellas piernas que no parecían terminar nunca.

El fotógrafo la había puesto en escena.

Anika había quedado atrapada dentro de ella.

Como en otras fotografías de la exposición, el fotógrafo jugaba con la luz y la sombra, el movimiento y las posiciones congeladas. El espacio se convertía en una red que no hacía sino acentuar la longitud y la firmeza del cuerpo.

La manera de caminar de Feeny ante las fotografías confirmaba tanto las imágenes como la impresión que Anika se había formado de ella: más por el modo en que se presentaba y se movía que por unas palabras que ya había olvidado.

Y como llevaba una minifalda diminuta, sus piernas parecían prolongarse todavía más, casi hasta el infinito, sobre todo en las fotografías en blanco y negro, que, en su perspectiva, recordaban a una combinación de Picasso y De Chirico y parecían insinuar una eternidad escatológica.

—Señora, su bebida —la voz ya familiar y al mismo tiempo animada la arrancó del pasado y la devolvió al presente de las vacaciones—. Y sus aceitunas y aperitivos.

Hasta Bruno despertó, miró de reojo, dio las gracias por las bebidas y volvió a hundirse en la tumbona.

—Muchas gracias —dijo Anika, esforzándose por poner a prueba su español de turista.

Pero no tocó ni el mojito, ni las aceitunas, ni las nueces. Seguía atrapada por la aparición de aquella modelo. Por cómo había estado allí, a su lado; por su inmediatez, por su forma de caminar. Para Anika, todo aquello expresaba lo que significaba vivir en el presente.

Sin arrogancia. Sin consideración por el rango ni la jerarquía.

Allí había una estudiante que se enfrentaba a ella, una asistente, de igual a igual. Y probablemente —pensó—, aunque Anika hubiera sido ya profesora, Feeny no la habría tratado de otra manera.

Atractiva, recordó.

Aunque entonces todavía no podía saber de todo lo que aquella estudiante llegaría a ser capaz.

Pero lo había intuido.

Bruno parecía dormitar, entregado a una especie de duermevela, mientras Anika intentaba estirarse en la tumbona y perderse en la inmensidad del mar. Pero aquellas primeras imágenes y pensamientos sobre Feeny no la soltaban.

Y, sin embargo, quería desprenderse de ellas, también de las experiencias que entretanto había vivido con Feeny. Los encuentros, cada vez más intensos, eran importantes para ella.

Los celos de Bruno se mantenían dentro de ciertos límites, sobre todo porque él mismo llevaba una vida muy abierta y diversa. Viajaba con frecuencia por el mundo para participar en congresos de ética, presentaba nuevas ponencias, viajaba con sus estudiantes y colaboradores de proyectos o participaba en algún comité político.

Rara vez preguntaba por las relaciones que Anika establecía y mantenía. Respetaba el acuerdo explícito entre ambos: concederse mutuamente las mismas libertades, tanto en sus profesiones como en la configuración de sus vidas privadas.

Estaban orgullosos de vivir una relación de pareja especial, fuera de los moldes habituales, una relación con la que tanto Anika como Bruno creían haberse adentrado un poco en el mundo posmoderno.

Si no fuera porque Anika deseaba que Bruno preguntara alguna vez.

Que le preguntara por qué su relación con Feeny era tan importante para ella.

Bruno y ella tenían sus rituales para acercarse: una iluminación romántica durante una cena exquisita en su piso, velas en el baño, champán sobre una mesita, intimidad de dos. Pero, por mucho que ambos se esforzaran, nunca llegaban a una unión que Anika sintiera verdaderamente plena.

Bruno parecía satisfecho.

Pero en Anika se clavaba aquella satisfacción anticipada, aquella sensación de haberse detenido justo antes.

Algo semejante ocurría en algunas de sus discusiones. Bruno sabía escuchar. Demasiado bien.

Cuando ella disertaba, él hacía preguntas. Pero Anika habría deseado que también le llevara la contraria, que la confrontara.

¿Era inseguridad?

Desinterés, desde luego, no.

¿Miedo quizá a las diferencias?

¿Cómo iban a encontrarse plenamente si antes no podían enfrentarse el uno al otro?

Bruno tomó un buen trago del mojito helado en su copa abombada, se recostó, contempló satisfecho el cielo azul, acarició el brazo de Anika y volvió a recogerse en sí mismo.

Ella no era infeliz con él.

Pero le faltaba el fuego que tanto habría querido ver arder en Bruno y que, al principio, sí había visto.

Se habían conocido en un congreso académico sobre ética en París. Durante el acto de la tarde había tenido lugar una mesa redonda sobre poscolonialismo e historia del arte, y ambos habían compartido panel para debatir la discriminación de las mujeres procedentes de países en vías de desarrollo dentro de las universidades europeas.

La mirada de Bruno descansaba más en Anika que en la mujer sentada a su lado, una colega de Senegal.

Después, quizá no por casualidad, quedaron sentados uno junto al otro durante la cena de gala en el célebre restaurante Le Train Bleu, rodeados de colegas.

Los camareros y camareras uniformados revoloteaban a su alrededor, pero la mirada de casi todos los comensales quedaba cautivada por las pinturas de paredes y techos, que hablaban de viajes en tiempos de la Belle Époque y transportaban a los años noventa del siglo XIX.

Mujeres con sombreros como los que uno conocía por Toulouse-Lautrec. Hombres galantes vestidos de blanco que las acompañaban a bordo de grandes transatlánticos. Paisajes costeros como el que ahora se extendía ante ella.

Casi sin darse cuenta al principio, sus rodillas se habían tocado bajo la pesada mesa.

Anika se sorprendía ante aquel mundo patriarcal del siglo XIX, pero también ante el hecho de que las figuras centrales de aquellas pinturas no fueran hombres, sino mujeres vestidas con exquisitez.

No era extraño, pensó, que precisamente mujeres del mundo de la moda del siglo XX hubieran frecuentado aquel lugar: Coco Chanel, Brigitte Bardot.

Y, sin embargo, el restaurante había llevado inicialmente el nombre mucho más sencillo de Buffet de la Gare de Lyon. No fue hasta 1963 cuando pasó a llamarse Le Train Bleu, en recuerdo del célebre tren homónimo de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, que ya había hecho historia cultural con el Orient Express.

Aquel tren expreso atravesaba Francia desde casi su extremo septentrional hasta Niza, en el sur, para continuar después hacia Roma. Pero no estaba concebido precisamente para ahorrar tiempo.

Era una celebración del viaje mismo.

Exactamente aquello que celebraban los grandes cuadros que los rodeaban.

Albert Maignan había representado en sus monumentales pinturas más mujeres que hombres. A Anika le gustaban especialmente aquellas posturas en las que las mujeres daban despectivamente la espalda a los observadores masculinos: una dama con sombrero de flores se arreglaba el vestido, completamente indiferente a los dos hombres que tenía cerca; uno abrazaba a una mujer que evidentemente no significaba demasiado para él, mientras el otro, con expresión altiva, parecía esperar que la dama se introdujera por fin en el campo de su mirada.

Debajo de la mesa, Anika sintió un pequeño toque en el pie.

Suave, pero inequívoco.

Volvió la mirada hacia el cuadro. La mujer que estaba al lado, apoyada con languidez en una mesa sobre la que descansaba un ramo de flores rosadas delicadamente envuelto, daba la espalda a la compañía masculina y parecía no preocuparse en absoluto por quienes contemplaban la pintura.

Otra vez creyó sentir un roce en el pie.

La otra mujer del cuadro, situada en medio del grupo de hombres, no prestaba atención a ninguna de aquellas figuras oscuras. Su mirada intensa estaba fija en otra mujer frente a ella, o quizá más allá, en una joven situada detrás, con una blusa blanca casi transparente y unos prismáticos en las manos, mirando a lo lejos y, sin embargo, ella misma semejante a una figura sobre un escenario.

La mirada de Anika subió al techo, donde descubrió una pose igualmente atrevida, aunque sus sensaciones estaban mucho más presentes bajo la mesa.

Como desde un ojo circular de cristal, la mirada ascendía hacia el cielo. Alrededor de aquel ojo estaban sentadas o de pie varias personas que parecían asomarse al abismo a través de él.

Los hombres aparecían ocupados, encorvados, sentados, mirando hacia arriba.

Pero el centro de la pintura lo ocupaban dos mujeres.

Una joven dama distinguida, vestida de blanco con una larga cola, era la única cuya ola de tela desbordaba el borde del ojo de cristal y parecía penetrar en el interior del restaurante. El vestido dejaba libres ambos hombros y también descubría profundamente la espalda. Para acentuar aún más aquella desnudez, una segunda mujer le tendía una piel marrón para cubrirla.

Bruno había seguido la mirada de Anika, pero no conseguía descubrir qué la fascinaba tanto en aquellas pinturas.

Él estaba fascinado por la propia Anika.

Llevaba unos pantalones finos y ceñidos con motivos africanos, y Bruno se preguntaba cómo podía vestir de aquel modo, apropiándose de una estética orientalizada, precisamente en un congreso en el que poco antes había argumentado contra la explotación poscolonial de las mujeres y a favor de su derecho a sus propias tradiciones.

Pero en aquel instante le interesaban y fascinaban mucho más los zapatos estrechos, altos y de un rojo encendido que asomaban bajo los motivos africanos. A juego con ellos llevaba una blusa roja y negra, cerrada hasta el cuello, a diferencia del vestido del cuadro, pero confeccionada con una seda tan fina que, cuando Bruno volvía la cabeza hacia ella durante la conversación, la intensa luz de las columnas doradas situadas detrás de las mesas hacía que los contornos de su piel se transparentaran ante sus ojos.

Anika tenía que haber notado el contacto de los pies.

Más tarde Bruno diría que primero había percibido un movimiento de ella, tímido al principio, al que él había respondido con cautela.

Anika estaba convencida de que había sido él quien había empezado.

Una discrepancia que después les haría reírse juntos de sí mismos.

Mientras en la mesa continuaban hablando de materialidad, arte y de las implicaciones éticas de su producción, entre ellos se desarrollaba otro plano discursivo, uno en el que se comunicaban más mediante insinuaciones que mediante certezas.

Los demás comensales parecían seguir exclusivamente la discusión sobre la crítica poscolonial. La concentración de Anika, en cambio, comenzaba a desplazarse hacia su vecino. Y él parecía cada vez más ocupado con aquel otro nivel del encuentro, aunque al mismo tiempo intentara seguir participando en el debate intelectual.

Precisamente ese esfuerzo la estimulaba aún más.

Tras la larga cena de varios platos, los participantes regresaron en taxi al hotel del congreso.

Anika, todavía inmersa en la continuación del debate de la mesa, compartió taxi con Bruno, aunque él parecía más interesado en prolongar la otra conversación. Apoyó su pierna contra la de ella y dejó una mano sobre su muslo.

Sin el menor reparo, Anika tomó su mano y la condujo un poco más arriba.

Bruno pareció sorprendido por aquella determinación.

Más aún por lo que insinuaba el guiño de Anika.

Al llegar al hotel descubrieron que sus habitaciones estaban en el mismo pasillo, ligeramente desplazadas una frente a la otra.

Antes incluso de que Anika hubiera girado la llave y abierto su puerta, lo miró:

—¿Quieres tomar todavía una copa conmigo?

Bruno dejó su cartera de trabajo en su habitación.

—Encantado. Sigo tan excitado por nuestra discusión y por todo lo que me ha dejado pensando la conversación de la cena...

Sonrió.

La habitación era típicamente parisina. A pesar de las estrellas del hotel y de la categoría respetable que prometía el amplio vestíbulo, aquella habitación histórica resultó ser el contrapunto de la planta baja.

Además, sus proporciones eran extrañas: parecía más alta que larga y más ancha que profunda. Fuera de la cama doble, apenas quedaba espacio para pasar entre el armario y la puerta, entre la cama y el baño.

Las paredes estaban revestidas de una tela suave, verde oscura y acolchada, como si se tratara al mismo tiempo de un estudio insonorizado y de una escenografía teatral.

Anika encendió las luces laterales.

Con ello puso plenamente en escena el dibujo de su cuerpo.

Y Bruno vio lo que antes sólo había entrevisto.

Anika llevaba únicamente un sujetador de realce bajo la blusa, que marcaba sus pezones, visibles bajo la seda.

—¿Blanco o tinto?

Bruno estuvo a punto de no oír la pregunta. Miró su boca y, pese a todo, consiguió decidirse:

—Blanco.

—Mmm... —comentó ella después del primer sorbo—. Un Chablis escogido. Normalmente lo tomaría más bien con pescado.

A falta de otro lugar donde sentarse, se acomodó en el borde de la cama y extendió la mano en un gesto que invitaba a Bruno a sentarse a su lado. Dejó su copa en el suelo y sirvió otra para él.

—Salud. Me alegro de haberte conocido.

Ya durante el trayecto en taxi habían pasado del formal usted a un todavía tentativo tú.

—Pocas veces he pensado tan intensamente en los marcos y fundamentos éticos de mi propio trabajo —continuó—. Tienes que saber que investigo el período de entreguerras y después la emigración de escritoras y artistas durante el nazismo, también las implicaciones éticas del mercado del arte. Me he especializado en creadores culturales que se empobrecieron durante la República de Weimar y que después fueron perseguidos, en nombre del pueblo, por quienes se llamaban a sí mismos socialistas y tuvieron que intentar huir. También estudié Filosofía, pero me interesan más las cuestiones históricas que las filosóficas cuando se trata de los fundamentos de la dimensión ética. Esta noche, sin embargo, me he dado cuenta de que había pasado por alto un aspecto importante de mi trabajo y de que puedo aprender mucho de ti.

Bruno se inclinó hacia ella.

Había comprendido que Anika no pretendía comunicarse únicamente en el plano académico.

—Puedo devolverte el cumplido. Las discusiones éticas son muchas veces ejercicios en seco, pero esta noche he comprendido qué consecuencias políticas tiene qué arte se crea, dónde se crea y por qué caminos acaba recibiendo el sello de «arte». Y gracias también por tus excursiones históricas al nacionalsocialismo y sus consecuencias, que evidentemente todavía hoy se dejan sentir.

Anika habría podido abalanzarse sobre él. Aunque quizá precisamente porque procedía de una dirección y de una disciplina completamente distintas.

Y también él parecía ya incapaz de contenerse, como si sólo hubiera estado esperando a que apareciera una gata para encontrar a su compañera.

Ella percibía que Bruno no daría el salto por sí solo. Pero sospechaba que sólo esperaba su avance.

Anika estaba acostumbrada a tomar la iniciativa.

Así que apenas le dio tiempo a probar el vino antes de que vino y cuerpos se mezclaran.

Su boca le pareció suave y áspera a la vez. Su lengua jugó con él.

La noche se hizo larga.

Aunque no lo bastante.

Era su primer encuentro, desde luego, pero Anika había esperado más. Y estaba dispuesta a más.

Bruno parecía incómodo, incapaz de relajarse. Quizá porque la habitación dejaba pasar todos los sonidos: los ruidos íntimos de los vecinos atravesaban las paredes, o quizá temía que el chirrido de su propio colchón y los sonidos de sus sensaciones llegaran del mismo modo a las habitaciones contiguas.

Era tierno, sensible, atento.

Pero a ella le faltaban decisión y mordiente.

En lugar de abandonarse a ella, Bruno empezó a preguntarle qué significaba para Anika estar con él.

Cansados por la opulenta cena, acabaron durmiéndose uno junto al otro.

Apenas despertó por la mañana, ella reanudó su juego felino.

No le concedió tiempo ni para seguir cansado ni para despertarse del todo.

¿Había sido aquello el comienzo de una relación salvaje, aunque espaciada y poco frecuente, nacida de aquel encuentro en París?

Anika levantó su mojito hacia Bruno. Las dos copas chocaron con un sonido limpio.

Se recostó, miró a Bruno, que continuaba entregado al descanso, y volvió a perderse en sus pensamientos.

Cuando tomó de nuevo la copa, una sonrisa felina, posesiva, apareció en sus labios.

—¿Estás bien?

Tenía la sensación de que Bruno no estaba simplemente ensimismado —algo que conocía bien y a lo que estaba acostumbrada—, sino de que algo le preocupaba.

Bruno guardó silencio.

—No tienes que decírmelo si te duele.

—Sí, sí. En realidad tiene que ver contigo, Anika. Y tampoco tú tienes que contarme más de lo que estés preparada para contarme. Pero, del mismo modo que tú notas que estoy pensativo, yo llevo dos o tres días sintiendo algo parecido contigo. ¿Es sólo porque nuestras vacaciones están terminando?

Anika calló.

—¿O es mi nuevo puesto lo que está ensombreciendo la impresión que tengo de ti?

Era una pregunta preocupada, aunque formulada con ligereza. Bruno intuía una sombra alrededor de Anika sin poder apresarla. Al mismo tiempo, no quería obligarla a hablar contra su voluntad. No quería presionarla, sino dejarle la decisión de continuar o callar.

Como señal de que estaba dispuesto a escuchar, incluso si lo que venía era desagradable, se quitó las gafas de sol.

—Sabes...

Hizo una pausa.

—Tiene que ver con Feeny.

—¿Sí? —interrumpió Bruno—. Tu amiga eterna.

Bromeó un poco para demostrarle que —aunque no fuera del todo sincero— no pretendía mostrarse ni celoso ni entrometido.

—¿Se trata de ella y de René?

—No. Sólo de mi amiga eterna —replicó Anika.

—Ya sé lo que significa para ti. Y está bien —dijo él, casi en voz baja.

—No significa para mí lo mismo que tú —respondió ella enseguida—. Es... diferente.

Una frase, pensó Bruno, que podría haber pronunciado yo mismo.

—No te preocupes por mí —añadió—. Siento cuánto me quieres y sé que tu amistad con ella no va en detrimento mío. Además, ella tiene a un compañero estupendo.

Sonó casi demasiado frío, demasiado razonable.

Y Anika se sobresaltó un poco.

—No quería hablar de mi relación con ella —dijo—, sino de que hace tres días me envió un correo en el que escribe...

Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

—...que sospechan que puede tener cáncer. Cáncer de ovario.

Bruno se quedó inmóvil.

Conocía a Feeny de aquellas vacaciones que habían pasado juntos, aunque había transcurrido bastante tiempo desde entonces. Después había perdido de vista tanto a ella como a René, demasiado ocupado con su propia vida.

Recordaba que Anika había conocido a Feeny en aquella exposición fotográfica a la que habían asistido juntos y que, años después, la había invitado a participar en una exposición organizada por ella. Desde entonces habían seguido en contacto, hasta que Anika invitó a Feeny y a su pareja a pasar con ellos aquellas vacaciones en Creta, y a partir de entonces había seguido viéndola de vez en cuando.

A Bruno le alegraba que Anika tuviera una amiga fuera del ámbito universitario con quien se entendiera tan bien, especialmente durante sus propios viajes profesionales o cuando pasaba varios meses con una fellowship en alguna universidad remota del mundo.

Bruno y Anika no tenían hijos. Vivían una relación en la que ambos seguían sus carreras, compartían las tareas domésticas durante los breves períodos que sus profesiones les permitían pasar juntos y se apoyaban mutuamente.

Feeny tenía, evidentemente, otro acceso a Anika, del mismo modo que Anika parecía mantener una relación especial con René. Hablaba con entusiasmo de su habilidad para los negocios, de su espíritu crítico y, sobre todo, de la naturalidad con la que trataba a los demás.

También Bruno tenía otras relaciones, intelectuales y de las que iban más allá.

Los amigos y las relaciones significaban mucho para ambos, pero ninguno interrogaba al otro por consideración. Sí tenían los oídos abiertos cuando el otro hablaba de aquello que lo ocupaba, lo inquietaba o lo conmovía.

—¿Qué significa eso para ella? ¿Y cómo estás tú? —preguntó Bruno, intentando encontrar el tono adecuado.

—Todavía es demasiado pronto para decir nada con certeza. Por lo visto sólo ha ido al médico de cabecera y él la ha derivado a radiología.

Bruno miró a Anika con preocupación.

Alguna que otra vez había sentido celos cuando llevaba mucho tiempo sin verla y precisamente en uno de sus escasos días libres Anika había quedado con Feeny. Le molestaba pensar que su tiempo juntos sería ahora todavía más escaso, cuando estaba a punto de asumir su nuevo cargo y Feeny, evidentemente, iba a necesitar más atención por parte de Anika.

Pero quería apoyarla, no hacerle exigencias.

También Anika estaba profundamente comprometida con su trabajo. No sólo se tomaba en serio la docencia, sino también sus tareas administrativas, y amaba su investigación.

Ambos sabían que empezaban a echarse de menos en cuanto se separaban.

Y, a la inversa, ambos necesitaban los espacios de libertad que hacían posible que pudieran volver a acercarse.

—¿Quieres que espere antes de reservar? —preguntó Bruno.

Precisamente aquella mañana habían decidido planear sus próximas vacaciones juntos. Su último día en Tenerife acababa de comenzar. Al día siguiente Bruno regresaría a Múnich y Anika volaría a Fráncfort para continuar inmediatamente hacia Londres, donde pasaría varias semanas buscando en los archivos estatales documentos que pudieran arrojar luz sobre la historia de artistas alemanes perseguidos que habían emigrado allí durante el nazismo.

A Bruno le esperaban unas semanas difíciles en Múnich. Tendría que familiarizarse con sus nuevas responsabilidades dentro de la jerarquía diocesana de Eichstätt. Acababa de ser nombrado obispo auxiliar después de haber pasado los últimos años como catedrático de Ética en la Universidad Ludwig-Maximilian.

Su antiguo puesto le había concedido una flexibilidad considerable para organizar tanto su vida profesional como la privada, probablemente mucha más de la que le permitiría su nueva función.

Por otra parte, veía en aquel nuevo campo de actividad la posibilidad de ampliar su compromiso político. No sólo en los organismos federales, donde participaba en distintas comisiones, entre ellas el Consejo de Ética y el Consejo del Deporte, así como en diversos comités, sino también dentro de su propia institución, donde quería intentar llevar a la práctica sus ideas alternativas de una Iglesia más humana y, sobre todo, más favorable a las mujeres.

Pero desde el correo de Feeny todo aquello parecía envuelto en niebla y desplazado a una distancia enorme.

Bruno todavía no sabía qué consecuencias tendría el estado de Feeny para Anika ni para su relación.

Si la enfermedad se confirmaba, Anika probablemente tendría que ocuparse intensamente de su amiga.

Había imaginado de otra manera el comienzo de su nueva vida profesional.

Al mismo tiempo pensaba que también él tendría que encontrar algún sentido a aquel espacio que ahora se abría a la fuerza y aprovecharlo para dar forma a su propio nuevo comienzo.

Poco después del desayuno había intentado informarse en internet. Pero ya las primeras páginas que consultó no le habían traído buenas noticias. El cáncer de ovario, a diferencia por ejemplo del cáncer de mama, era una enfermedad femenina relativamente infrecuente y con un pronóstico comparativamente mucho peor.

Según había leído, unas ocho mil mujeres enfermaban cada año sólo en Alemania, y no parecía existir una prueba rutinaria de detección precoz. Si Bruno había entendido correctamente, tampoco podía descubrirse mediante los controles ginecológicos habituales, de modo que Feeny debía de haber acudido al médico a raíz de algún síntoma.

Según le había contado Anika, Feeny había pasado las últimas semanas viajando por trabajo. En el sur de Marruecos había colaborado con cooperativas de mujeres bereberes en su próxima colección de moda. Esta vez quería trabajar con tejidos tradicionales de lana en los que pretendía hacer entretejer seda teñida con pigmentos orgánicos.

En realidad, no tenía previsto regresar a Gran Bretaña hasta comienzos de la semana siguiente.

Evidentemente había interrumpido su estancia antes de tiempo.

Pero Anika todavía no sabía nada más.

Aunque del correo no podía extraer información más precisa sobre el estado de Feeny, Bruno había leído que muchas mujeres recibían el diagnóstico cuando la enfermedad ya estaba avanzada: en parte porque antes apenas presentaban síntomas, como náuseas o dolores, y en parte porque, incluso cuando éstos aparecían, tanto las mujeres como los médicos tendían primero a pensar en otras enfermedades y las revisiones rutinarias podían producir una falsa sensación de seguridad.

Anika escuchó lo que Bruno había averiguado —ella misma no había tenido valor para investigar—: el cáncer de ovario abarcaba un espectro amplio de tumores diferentes, desde carcinomas low-grade, de crecimiento lento, hasta formas agresivas.

Aquello le parecía comprensible.

Lo que no quería aceptar era por qué las mujeres tenían que estar sencillamente expuestas a aquel cáncer.

A pesar de su preocupación, dijo a Bruno:

—Me lo has preguntado porque antes yo te pregunté a ti. No terminemos nuestras vacaciones con este correo. Todavía no está todo perdido, y Feeny sólo tiene una primera sospecha de su médico. Esperemos. Y vivamos este último día con esa esperanza.

—Tienes razón —respondió Bruno—. Quizá sea demasiado pronto para darle tantas vueltas y ponerse ya a investigar. Esperemos primero.

Pero decirlo era más fácil que hacerlo.

Aunque Anika intentaba apartar aquellos pensamientos, las pocas líneas del correo seguían perforándola por dentro.

Volvió a abrirlo.

Lo leyó otra vez.

Y con ello sus temores no hicieron sino aumentar.

Aunque no podía ni quería reaccionar inmediatamente, acabó escribiéndole unas líneas a Feeny:

Gracias por escribirme y por confiarme esta mala noticia. Pienso muchísimo en ti y cruzo todos los dedos por ti... Dime algo en cuanto sepas más. Te echo de menos.

Se le ocurrió que, cuando regresara, podría consultar a colegas médicos de su universidad para averiguar dónde podrían ofrecerle a Feeny nuevas pruebas y una segunda opinión.

Anika llevaba sólo dos años de vuelta en la LMU, después de haber ocupado durante cinco años su primera cátedra en la Universidad de Colonia. Pero gracias a su trabajo en distintos comités mantenía buenos contactos con colegas de Medicina.

Además sabía que podía contar con Bruno. Él también quería preguntar entre sus contactos por los lugares más adecuados para el tratamiento, sobre todo porque formaba parte del Consejo de Ética a nivel federal y conocía bien a profesores de Medicina y directores de distintas clínicas universitarias, tanto en Alemania como en el extranjero, además de investigadores dedicados a la investigación básica y al desarrollo farmacéutico contra el cáncer.

Sobre todo, a Anika le preocupaba si Feeny, que desde hacía algunos años vivía en Gran Bretaña con su marido René y sus dos hijos, podría recibir allí la atención médica adecuada.

Seguía teniendo su negocio y una sucursal de su taller de moda en Múnich, adonde viajaba todos los meses, y durante esas estancias seguía atendiendo también su salón. Pero la mayor parte del tiempo vivía al otro lado del Canal.

Anika conocía la difícil situación asistencial del sistema público de salud británico, el NHS.

Bruno sólo podía intuir lo que se agitaba en la cabeza y en el estómago de Anika.

Y Anika, a su vez, temía haberle arruinado a Bruno su último día de vacaciones.

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