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Mi padre, mi traición

 

Una novela

Mi padre, mi traición

​​Una novela

de

Markus Vinzent

​​

​​

Capítulo 1 – Anika y Hulda

Dar la cara

Quería defender a mi padre, tuve que confesármelo. Y lo hice página tras página, documento tras documento, libro tras libro. Leía y seguía leyendo. Con interrupciones. Pero aquellas interrupciones no me detenían: me empujaban, me hacían seguir adelante. Y, sin embargo, todo era traición.

     Hulda Mannheimer lo amaba. Josef Maschka, mi padre, debía de haberla amado. Le había salvado la vida; había puesto en juego la suya por ella, se había jugado el pellejo, y al final nos había perdido a las dos, a ella y a mí. Tal vez por humanidad. Tal vez contra ella.

1991, Múnich. Estaba a punto de doctorarme.

     Había entregado mi tesis alemana en el Instituto de Historia del Arte y me preparaba para el examen final cuando llegó aquella llamada.

     Apenas podía abrir los ojos. El teléfono sonaba y sonaba. Estaba en la mesilla de noche y me arrancó del sueño. Cuando alargué la mano hacia el auricular ya era demasiado tarde. Silencio de muerte. Volví a acostarme. Pero no conseguí dormirme otra vez. Afuera seguía oscuro. Me levanté y me puse unos pantalones y una camisa sobre la piel aterida. Al otro lado de la calle apenas se distinguían los surtidores de la gasolinera, tan espesa era la niebla que pesaba sobre el asfalto.

     Volvió a sonar el teléfono.

     Después, una voz. Breve. Cortante.

     ¿Qué podía querer alguien de mí? ¿En mitad de la noche? Un periodista, si lo había entendido bien. Aunque, incluso de haber querido saberlo, no había alcanzado a oír de qué redacción llamaba.

     La voz entrenada preguntó con insistencia. No por mí.

     Por mi padre.

     ¿Por qué por él?

     Papá estaba muerto. Mi madre también, había muerto antes que él. Me había marchado de Kassel y, con la ciudad, había dejado atrás a mis hermanos. Todo lo anterior lo había empujado muy lejos de mí. Me alegraba de poder vivir en Múnich. Tenía la cabeza pesada porque la noche anterior se me había hecho tarde; había trabajado hasta bien entrada la madrugada. Hasta entonces ningún desconocido me había preguntado jamás por papá.

     El hombre empezó a lanzarme acusaciones disparatadas.

     Implicación. Participación.

     Mi padre: Oberführer.

     Deportación de judíos. Comunistas. Masones. Homosexuales. Sinti y romaníes.

     Su cometido: la confiscación de arte. De libros. De música. De recuerdos.

     Qué sabía yo de todo aquello.

     Y qué callaba deliberadamente.

     Escuché y sentí cómo algo se quebraba dentro de mí. Pensé en el día en que, cuatro años antes, había estado junto a su tumba.

     ¿Podía ser cierta alguna de aquellas acusaciones?

     La conversación telefónica me había despertado como un golpe en la frente.

     Me quedé perpleja, guardé silencio, tragué saliva.

     Pero seguí escuchando.

     Después defendí a papá y, al mismo tiempo, me defendí a mí misma.

—Soy historiadora. Escribo sobre esa época, sobre personas que se refugiaron en la emigración interior. Si hay algo de cierto en esas acusaciones, seré la primera en no negarlo. Investigaré. Llámeme dentro de unos días. Quizá entonces sepa algo más.

     La voz había desaparecido. El teléfono estaba muerto, insondablemente muerto. El aparato amenazaba, oscuro, desde mi mesilla.

     Me caían gotas de las mejillas sobre la sábana.

     Agitación.

     También tristeza.

     La historiadora que llevaba dentro golpeaba y gritaba: puede que las acusaciones sean falsas, que haya una confusión, que ese tipo haya investigado mal. Pero no puedes ignorar lo que acabas de oír. Ha hablado de documentos de archivo aparecidos en el Este después de la caída del Muro.      Lo que decía sonaba, al menos, plausible.

     Incluso para tus propios oídos.

     Escarbé en mi memoria, pero estaba casi segura de que jamás había sabido nada de un posible pasado semejante de mi padre.

     ¿O no había querido sospecharlo?

     Ahora, cuando pienso en aquella llamada después de más de treinta años, me vienen a la memoria situaciones que hoy interpretaría de otro modo y que ya entonces habría podido interpretar de otro modo. Pero me veía junto a la tumba de papá, llorando como una niña, convencida de haber perdido lo más valioso que poseía.

     La pérdida que vino después cortó más hondo que la muerte y la despedida.

     Con los años terminó algo que yo no había enterrado, y siguió viviendo aquello que nunca se había ido de mí.

     Todavía hoy fermenta aquella llamada en mi interior. Todavía puedo sentir cómo me resistí, en aquel instante, a lo que acababa de asaltarme. Y durante los días, las semanas y los años siguientes tuve que obligarme a mirar los documentos y las pruebas que habría preferido allanar, alisar hasta hacerlos desaparecer y apartarlos de mi camino.

     Ya después de colgar el teléfono mis pensamientos quedaron atrapados en las asperezas del pasado y se desgarraron contra sus astillas. Instantes entre mi padre y yo, mi madre, mis hermanos, saltaban sobre mí. Las manos de mi pensamiento, con los dedos abiertos, tropezaban en la oscuridad, rechazaban aquellas figuras, intentaban palparlas de nuevo, pero ellas parecían escurrírseme.

     Encendí otra vez la luz.

     Dentro y fuera estaba aún más oscuro.

     Between Dusk and Dawn, recuerdo que rezaba años más tarde el lema de un May Ball en Cambridge.

     Mi mirada pasó del teléfono a la ventana. Sólo una luz amarillenta y débil de la calle caía sobre la pared de la habitación. En ella se movían las sombras de las ramas que luchaban contra el viento y se hinchaban hasta convertirse en monstruos.

     Me pasé un pañuelo por la cara.

     ¿Mi papá, un criminal de guerra?

     ¿Uno de los que habían estado en el otro lado y no en el de aquellos a quienes yo investigaba?

 

Un año después, 1992. Cambridge.

Mi traición se hizo más profunda sobre mi mesa, demasiado pequeña para tantos papeles, en la veranda de mi habitación del College. Trabajaba en mi segunda tesis doctoral o, como se habría dicho en Alemania, en algo semejante a una habilitación. Trataba sobre mujeres cuya creación artística había sido declarada «degenerada» por los nazis y que habían sufrido persecución como artistas. La llamada telefónica había ralentizado al principio aquel trabajo, superponiendo a la investigación la historia de mi padre.

     Luego, precisamente mi traslado de Múnich a Cambridge me había ayudado a regresar con mayor intensidad a mi tesis. Y con cada hora que me hundía en ella me alejaba de aquella llamada nocturna y del tormento que suponía enfrentarme a mis antiguas heridas.

     No quería que mi búsqueda científica se convirtiera en una búsqueda de mí misma.

     La escritura de la historia, me repetía, exige objetividad.

     Y aquella objetividad me ayudaba a respirar de nuevo.

     Cuanto más me adentraba en el exilio de aquellas artistas, más sentía que me liberaba de la pesadilla paterna.

     Había estudiado filosofía, filología alemana e historia del arte y quería doctorarme, pero el sistema alemán sólo me permitía hacerlo en mi especialidad principal. En realidad, habría preferido sumergirme en la historia del arte. Después me enteré de que, una vez terminada una tesis alemana en filología germánica, podía solicitar plaza en Gran Bretaña y escribir allí otra en la disciplina que más amaba. Así que, mientras aún trabajaba en la primera, ya había empezado a buscar un posible tema para la segunda.

     Investigando en Berlín y Londres y después en el archivo colonial de Nairobi, había dado con la pintora y escultora Hulda Mannheimer.

     Era de Kassel, como yo.

     Allí había comenzado su aprendizaje en una fábrica de escaleras metálicas. Me habían ido llegando documentos sobre ella que acumulaba en cajas y estantes, tratando de reunirlos y ordenarlos. Ahora estaba en Cambridge, una de aquellas tardes tibias, con la capilla del King’s College delante de mí y, sobre la mesa, el territorio todavía sin roturar de mis materiales.

     El sol descendía sobre el College y doraba las puntas del césped verde oscuro. Hojeaba los documentos sin saber ya exactamente qué buscaba cuando de pronto vi algo que parecía tener poco que ver con Hulda.

     Y mucho más conmigo.

     En una de las carpetas había un informe largo, sin título.

     Empecé a leer.

     Seguí leyendo.

     Y con cada frase entendía menos.

     Bebí un poco del té verde que se había quedado frío.

     Abrí otro cuaderno.

     Volvió a aparecer ante mí el volumen en folio con el estudio sobre las máscaras baoulé que Picasso había visto en 1906 en el Musée d’Ethnographie du Trocadéro de París. Mi supervisor en Cambridge me había puesto aquel libro en las manos cuando solicité la plaza. Lo había comprado en una librería de viejo de Stuttgart y, durante mi entrevista de selección en King’s, recordó que lo tenía.

     Llevaba dos marcas.

     Un sello de expurgo estampado con fuerza sobre la signatura de la Alliance israélite universelle.

Y la firma de un hombre perteneciente al ERR, el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg zur Erfassung und Sicherung des geistigen Feindgutes, el Grupo de Operaciones del Reichsleiter Rosenberg para la Localización y Salvaguarda de los Bienes Intelectuales del Enemigo.

Debajo figuraba el registro de ingreso:

Die Hohe Schule

(en preparación)

— Biblioteca —

Delegación de Stuttgart

Instituto de Biología y Doctrina Racial

La firma era perfectamente legible.

 

Sin ninguna duda, era la de papá.

     Funcionario. Mi padre había sido funcionario toda su vida, me dije. Pero ¿cómo podía haber trabajado, haber funcionado, dentro de una organización semejante sin rebelarse? ¿Había sido por el ambiente universitario, por la ciudad de Stuttgart? ¿Qué tenía que ver un germanista con un «Instituto de Biología y Doctrina Racial»?

     ¿No había sido más que un pequeño ejecutor de órdenes, alguien que hacía lo que le mandaban?

     ¿Y no le había remordido la conciencia?

     ¿Ni con un solo sello?

     ¿Ni con una sola firma?

     Con cada una de ellas arrebataba a alguien sus posesiones, su propiedad; se las apropiaba para una biblioteca nazi, las convertía en armas de una guerra racial contra aquellos mismos a quienes se las había robado.

     Las preguntas no me dejaban en paz.

     Quería comprender a qué clase de hombre, a qué sistema, se habían entregado él y, como pronto descubriría, también Hulda.

     Todavía estaba sentada ante los primeros documentos de archivo que había conseguido en Kassel y en Inglaterra, cotejando los National Archives de Kew con los fondos de Nairobi.

     Ya contenían bastante.

     En Kew, por ejemplo, encontré un panfleto aterrador. Volví a colocar sobre la mesa la carpeta con aquel texto que había leído tantas veces.

 

Fecha: 17 de mayo.

Lugar: Arusha, Kenia.

Procedencia: París.

Contenido: listas. Nombres. Marcas.

Informe sobre Francia: economía, infiltración semita, poderes supranacionales, colaboración con el Gobierno de Pétain y penetración judía.

Firma:

Josef Maschka.

 

Otra vez mi papá.

     Las palabras de mi padre no abrieron solamente una herida histórica.

     Abrieron una herida personal.

     Había leído el informe decenas de veces. Una frase central me perseguía por las noches:

«… que por razones de sangre se elimine a todos los judíos, los 175, los negros… que se lleve hasta el final.»

     Sabía lo que significaba.

     Pero no comprendía aquellas palabras.

     Me resistía a comprenderlas.

     Quiero decir: no sólo el informe.

     También a mi padre.

     Sobre todo a él.

     Y después daba vueltas en la cama sin poder dormir. Papá aparecía a mi izquierda, luego a mi derecha, encima de mí, y parecía aplastarme.

     Los documentos desgarraban algo mucho más antiguo.

     La casa.

     El miedo que sentía cada noche, no cuando se apagaba la luz, sino cuando mi hermano la necesitaba porque aumentaba su placer verme retorcerme mientras me arrastraba con sus historias hacia su mundo, mi mano dentro de la suya, la mano que él necesitaba y que abusaba de la mía.

     Lo que había reprimido.

     Me había mordido aquella lengua cubierta de pelusa, había tragado el asco, había cerrado los ojos ante él y ante toda la familia.

     Ahora tenía que abrirme camino de regreso hasta allí.

     Yo era la hermana de tres hermanos.

     La pequeña de la casa.

     El benjamín.

     La muñeca para jugar, la que parecía indefensa.

     Ahora, a cada paso, tendría que descubrir la otra mano, la que debía haberme protegido.

     Y era también la hija. Llevaba los mismos genes. Había crecido bajo su guía y bajo la de mi madre. Había nacido en la sombra y había crecido a pesar de aquel entorno contra el que durante tanto tiempo no había sabido defenderme.

     Y, sin embargo, una pregunta seguía perforándome:

     ¿Cómo podía ser el mismo hombre?

     El que me había criado.

     El que paseaba conmigo por el bosque y me abría el mundo.

     El que había pronunciado el discurso en el aniversario de la profanación de la sinagoga de Kassel.

     El que había sido enterrado como ciudadano de honor de la ciudad.

     ¿Cómo podía mi papá haber escrito lo que tenía delante de mí?

     Seguí investigando y encontré algo que no quería creer.

     Había una conexión entre la artista cuyo destino había empezado a reconstruir y los crímenes de papá.

     Claro, era de la misma ciudad, Kassel. Podían haberse conocido.

     Pero descubrí que había más que una conexión.

     Habían tenido una relación.

     Además de mamá.

     Eso me resultaba difícil de comprender.

     ¿Cómo había podido aquel hombre, él, el nazi, el miembro de un movimiento que sembraba antisemitismo, invadía países, bombardeaba ciudades y pueblos y asesinaba a millones de personas; él, que en París despojaba a los judíos, los perseguía, los destruía; cómo había podido, al mismo tiempo, ayudar a Hulda?

     Hulda, a quien amaba.

     Hulda, una judía.

     ¿A costa de mamá?

     ¿A costa de nosotros?

     ¿Y cómo había podido mamá vivir con un hombre semejante, un hombre que la engañaba con una mujer más joven?

     ¿Nunca lo había sabido?

     ¿Había tolerado quizá a la rival?

     Había empezado a seguir la vida posterior de Hulda, la historia de su exilio, su camino desde Alemania, pasando por Inglaterra, hasta Kenia, mientras preparaba mi solicitud para Cambridge. Al principio sólo contaba con los escasos documentos municipales de Kassel que había logrado consultar. Después viajé a Londres y a Kenia, encontré algunos materiales más en el poco tiempo de que disponía y comprendí, al mismo tiempo, que apenas estaba arañando la superficie.

     La llamada telefónica del año anterior me había obligado a prepararme para respuestas que yo misma me exigía.

     Investigaba.

     Soportaba nuevas llamadas con los pocos conocimientos que todavía tenía.

     Al principio me había jurado que algún día seguiría aquellas huellas en un estudio futuro. Pero después del Rigorosum de Múnich y mientras me preparaba para Cambridge tuve que concentrarme en Hulda.

     Y aquello fue un alivio.

     Quería continuar mis estudios en Cambridge a toda costa y traté de concentrarme en ello cuanto pude.

     Al mismo tiempo tenía que preparar para la imprenta mi tesis de Múnich. Durante el tiempo que me quedaba me lancé a investigar el destino de Hulda, sin imaginar —y mucho menos desear— que al hacerlo me encontraría con papá a cada paso.

     Aunque de noche soñaba con esa posibilidad.

     Aunque aquel escenario me aterraba.

     Ni por un instante dudé, pensando en Cambridge, en seguir desenterrando la historia de aquella extraordinaria escultora y pintora.

     La misma noche en que celebré mi doctorado con mis amigos de Múnich —Feeny y su marido      René entre ellos— me puse a profundizar en la historia del exilio de Hulda, avanzando hacia atrás desde el presente.

     Y hacía tiempo que había llegado a mi propia historia.

     No.

     Estaba ya en medio de ella.

     Durante los días que siguieron al Rigorosum revolví más cajas y listas hasta que, en otra sección del archivo municipal de mi ciudad natal, pusieron en mis manos un expediente que se remontaba más atrás que todo cuanto había reunido hasta entonces:

 

Registro Civil de Kassel, Registro de Nacimientos 1920
N.º 147/1920
Kassel, 14 de julio de 1920

Ante el funcionario del Registro Civil abajo firmante compareció hoy el lutier Ernst Mannheimer, domiciliado en Kassel, Wilhelmshöher Allee 128, de religión evangélica, nacido el 22 de octubre de 1888 en Hamburgo, hijo del matrimonio formado por Abraham Mannheimer, comerciante (de religión israelita), y su esposa Johanna Mannheimer, de soltera Albrecht, de religión evangélica, con último domicilio en Hamburgo,

y declaró

que su esposa Rebekka Mannheimer, de soltera Hirschfeld, sin profesión (ama de casa), de religión israelita, domiciliada con él, nacida el 9 de mayo de 1892 en Kassel, hija del comerciante Heinrich Hirschfeld, de religión evangélica, y de su esposa Malka Hirschfeld, de soltera Spiro (de religión israelita), ambos domiciliados en Kassel,

el día trece de julio del año mil novecientos veinte, a las ocho y cuarto de la mañana,

en Kassel, en el domicilio del declarante,

había dado a luz a una niña, a quien se impusieron los nombres de

Hulda

(de religión israelita).

 

Leído, aprobado y firmado

(fdo.) Ernst Oppenau

El funcionario del Registro Civil: (firma)

     La hoja estaba delante de mí.

     Su tono era como agua fría deslizándose por mi piel. Había en él algo acusador y, al instante siguiente, algo tranquilizador.

     El texto me revelaba mucho.

     Se abrió ante mí todo un cuadro.

     Comprendí que la disposición artística de Hulda parecía haberle llegado por la rama paterna, mientras que su talento comercial y matemático —que, como descubriría más tarde, sería tan decisivo para su supervivencia como el que la convirtió en pintora y escultora— procedía de la materna.

     Aunque su padre era evangélico, como tantos habitantes de Kassel, también él procedía de una familia marcada por raíces cristianas y judías.

     ¿Era en Hulda, como en sus abuelos, la religión de las madres la importante?

     ¿Quizá la decisiva?

     Vi algo más.

     Su expediente no llevaba anotación de defunción.

     La vida que callaban los documentos empezaba en otros recipientes.

     Allí apareció el diario de Hulda.

     O, mejor dicho, fragmentos de él.

     Algunos los conocía de mis primeras investigaciones. Otros fueron apareciendo poco a poco durante mis búsquedas en Londres y Nairobi; encontré añadidos en distintas galerías y legados. Por desgracia, no siempre era posible ordenar el material cronológicamente y quedaban lagunas. A menudo las referencias temporales eran inciertas.

     Trataba de ordenar cuanto encontraba, hojeaba unas notas y otras, intentando abrirme camino hacia la historia de Hulda.

     1939

     1938

     1937​

     Y tuve que leer que papá no había empezado tarde a interesarse por aquella artista rubia.

Debían de haberse conocido mucho antes, probablemente cuando él era responsable dentro del partido de las Juventudes Hitlerianas y de las organizaciones juveniles bündisch y, debido a sus conocimientos lingüísticos, también del Reichsbund jüdischer Frontsoldaten, la Liga de Soldados Judíos del Frente, y de la organización juvenil próxima a ella, el Schwarzes Banner, el Estandarte Negro.

     En varias anotaciones de su diario encontré indicios de ideas que los unían. Seguí hojeando hacia atrás hasta dar con esta nota:

     «Principio del Führer ahora también en el RjF y el SB y en el Deutscher Vortrupp – Gefolgschaft deutscher Juden. Estandarte Negro. Marcha. Bandera al frente.»

     Palabras escritas por Hulda.

     Un resumen.

     Al lado, una raya garabateada, quizá una banderita, quizá sólo la huella de la prisa.

     La veo.

     Catorce, dieciséis años.

     Delgada.

     El pelo rubio recogido para apartarlo de la cara.

     Cantando al paso militar:

     Tambor de guerra — canto de hierro.
     Salta el garrote de fresno, llama a filas.
     Mil batallas — ¡valor!
     Compás del tambor, sangre.
     Sólo hay victoria cuando ondea el estandarte.
     Al paso. Al paso va.

     Joven, orgullosa.

     Demasiado segura.

     E ignorante en la tormenta de sus propias certezas.

     Aquello debía de gustarle a papá.

     También que la Liga de Soldados Judíos del Frente pretendiera abarcar por completo la «verdadera formación física de la juventud». Aquellos jóvenes debían ser llevados a campamentos judíos para recibir una «educación militar» que los capacitara para ingresar «en la Reichswehr» y defender Alemania, luchar por Alemania.

     Era su «máximo deber de honor y su máximo derecho de honor», como judíos alemanes, ponerse al servicio de Alemania.

     Me quedé sentada como si volviera a tener entre las manos el auricular de aquella noche.

Los documentos a los que me había conducido el periodista —me había enviado copias— demostraban que papá ya se había afiliado al partido a comienzos de los años treinta; poco después había ingresado en las SS y ascendido vertiginosamente dentro de la organización.

     En el diario de Hulda leí:

     «Tengo la voz ronca de gritar:

     Chicas en corro — chicos también —
     ej haj haj!
     Besos en la sombra — aj lomir tantsn! —
     ¡la noche, el mundo! Ni Sión. Ni Palestina. Sólo nosotros.

     Llegué tarde a casa, todavía vi a Joschi en la escalera; menos mal que no preguntó, nunca     pregunta. Por eso lo quiero, a mi hermano.»

     Recortes de periódico pegados en las páginas:

     «Jornada de la Juventud del Reich en Kassel — nuevas formaciones judías.»

     «¡La actitud militar y la religión judía no son incompatibles! Una juventud deportiva, educada en la disciplina y el rigor, profesa durante la Fiesta de las Luces, en memoria de sus antepasados heroicos, la dureza del soldado.»

     Una burla descarnada.

     ¿O por fin una rebelión?

     Debajo:

     «Quería demostrarle a mi madre que no sueño. Que actúo.»

     La letra, torpe.

     La frase se interrumpe.

     Una mancha de tinta.

     Después:

     «En sueños oigo a Arie, como llamamos a mi padre, y a mi madre, que siempre está de acuerdo con su marido salvo cuando de vez en cuando canta en voz baja: ¡Palestina! ¡A Eretz Israel! Yo me revuelvo y me resisto. Sión no me llama. Soy alemana y espero con impaciencia nuestra próxima jornada juvenil: ¡Alemania, nuestra tierra, nuestra sangre! Aaron, el jefe juvenil, lo veo delante de mí. Tiene unos ojos azules como jamás he visto. No quiero perderlo… Huele a juventud quemada.»

     Más adelante encontré una anotación posterior.

     1937:

     «París, Exposición, Jussuf Amun.»

     Una cabeza de pelo revuelto.

     Ángulos y líneas.

     Un autorretrato expresionista firmado J. A.

     Dejé la hoja a un lado.

     Me interesaba más lo que había ocurrido antes que lo que vino después.

     ¿Cómo había entrado papá en contacto con Hulda?

     ¿Por qué se había involucrado con ella, poniéndola en peligro a ella, poniéndose en peligro él y arriesgando con ello a su familia?

     La respuesta estaba dispersa.

     En fragmentos.

     Y tardaría mucho tiempo en conseguir juntarlos.

     De pronto, mi tesis sobre artistas perseguidas en el exilio se había convertido, contra mi voluntad, en una investigación de mi propia familia.

     Un tema que me investigaba a mí antes de que yo pudiera investigarlo.

     Aquello que había querido examinar objetivamente había caído sobre mis propios pies.

     En los días siguientes seguí revolviendo listas de archivo. Encontré materiales en el Archivo Especial de Moscú.

     También en Kiev.

     Londres.

     Y especialmente fructífera resultó una nueva investigación en Nairobi.

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El ciclo de Anika · Libro uno

Entre el crepúsculo y el alba

 

1992. Cambridge.

     Cuanto más descubría sobre Hulda, más profundamente me deslizaba dentro de mi propia historia. Había empezado a buscarla, pero ya no sólo como investigadora; más bien como testigo de su voz y de la mía. Me atormentaba, excavaba en los estratos de la memoria: de día, mientras intentaba seguir el rastro de Hulda y, entre medias, no podía ignorar las huellas de papá, que me veía obligada a seguir también; de noche, cuando ambos se ponían tras mis pasos sin que nadie los hubiera llamado. Había tantas encrucijadas en aquel camino hacia el pasado en las que tenía que detenerme, cuando lo que habría querido era echar a correr. Pero tenía que obligarme a parar, a preguntar hacia dónde conducían el rastro y las pisadas, si no los había perdido poco antes, si no había querido perderlos. Y más aún me atormentaba por qué, en ésta, en aquélla, en las mil encrucijadas donde me detenía, aquella historia no había tomado otro rumbo que el que yo estaba obligada a seguir.

     ¿Por qué sólo ése?

     ¿Eran ya mis tres hermanos el reflejo de la relación malograda entre mamá y papá, o eran sencillamente como eran? El más cercano a mí me llevaba nueve años. El de en medio, tres años menor que él y, por tanto, más próximo a mí en edad, se me acercaba. Una y otra vez. Cada vez más. Si no me falla la memoria, desde que yo tenía seis años, siete, quizá ocho. Cuando conseguí librarme de él, volvió a intentarlo. Yo tenía ya dieciocho.

     Los otros dos lo animaban, alentaban sus abusos, a veces miraban, se divertían, se burlaban de mí. Hoy sé que había algo más: ellos encontraban su propio placer en aquello, distinto del suyo. Sólo yo tenía que mirar, participar, dejar que jugaran conmigo. No era de paja ni de madera, pero para ellos yo no era una víctima.

     Para nadie de la familia.

     Aunque nadie me veía, tampoco podía volverme invisible. No durante años.

     Papá debía de saberlo. Ya entonces lo sospechaba. Cuando aparecía, le pedía a mi hermano que me dejara en paz. Lo mandaba fuera. Los mandaba fuera de mi dormitorio. Luego cerraba la puerta. Sin palabras. En silencio.

     Papá no hablaba mucho.

     Tampoco era de los que daban lecciones en la mesa.

     Con mamá nunca me había atrevido a sacar el tema. Estaba orgullosa de mis hermanos y me los presentaba como modelos. Ellos me enseñarían cómo se llegaba a ser adulta y qué significaba ser mujer.

     Ella me utilizaba de otra manera. Me hacía sustituirla y ocuparme de la biblioteca de préstamo del hospital protestante. Gracias a eso podía leer todo lo que hubiera de historia, los pocos libros de filosofía, historia y arte que tenían, y algunos clásicos y novelas.

     O los sábados en que no tenía colegio me mandaba limpiar las ventanas.

     A veces durante toda la mañana.

     Y nunca quedaban suficientemente limpias. Siempre tenían marcas, aunque yo no las viera. Mis hermanos sí las veían, igual que mi madre. Sólo mi padre se daba por satisfecho desde hacía rato con aquellos cristales transparentes.

     Pero decidía mamá.

     Así que tenía que limpiarlos otra vez.

     En toda familia tenía que haber una Cenicienta. No había nada que hacer.

     El único de la familia por quien no me sentía utilizada era papá.

     Mi papá.

     Los domingos por la tarde me invitaba a salir de exploración, casi siempre a solas. Entonces hasta se volvía hablador. Me enseñaba el busto de Louis Spohr. Se lamentaba de que hoy apenas se recordara en Kassel a aquel ciudadano de honor. Había sido un gran violinista, compositor y maestro de capilla, un fiel protestante luterano. Había inventado la batuta.

     Porque sin orden, decía papá, no había música.

     Mucho menos en una orquesta, que sólo funcionaba si alguien marcaba el compás.

     En el discurso conmemorativo por la destrucción de la sinagoga de la ciudad había mencionado a Spohr porque éste había admitido músicos judíos en su orquesta de Kassel, pese a las críticas que recibió por ello en la ciudad.

     Yo lo seguía.

     Sin saber que entonces me explicaba su manera de ver el mundo, no la mía.

     O, como aprendería muchísimo después, también la mía, sólo que entonces aún no sabía reconocerla.

     Cuando, delante de una placa del museo, le pregunté por qué la Sociedad Spohr había sido disuelta en 1934, permaneció mucho tiempo inmóvil a mi lado. Se había intentado reunir las organizaciones musicales en una estructura nacional, me explicó; enteramente en el espíritu de Spohr, según él, pues más de cien años antes éste había fundado la «Asociación Nacional Alemana para la Música y su Ciencia».

     Así entendía papá la cultura musical: como un funcionario de la música que moldeara la creatividad a partir de la obediencia.

     Del mismo modo que, en una clase de historia, él no podía hacer nacer la comprensión del caos de preguntas de aquellos enanos insolentes, sino únicamente de la concentración de quienes escuchaban y prestaban atención.

     Su explicación me pareció convincente.

     Quizá porque muchas cosas que no comprendía ni siquiera se me aparecían como incomprensibles.

     Sólo la cabeza severa del busto, ligeramente inclinada hacia delante, con sus mejillas estrechas y sus labios demasiado finos, me intimidaba. No permitía que en mi cabeza surgiera música alguna.

     Sin embargo, todavía llevaba las explicaciones de mi padre en los oídos cuando, después de su muerte, paseé por la Karlsaue. Veía ante mí el Fulda, fluyendo silencioso; sentía a papá a mi lado y aquella libertad de un instante que, por unos momentos, me hacía olvidar la estrechez que vivía en casa.

     Aunque allí tampoco todo era siempre estrecho.

     Mis hermanos no eran únicamente los monstruos de la noche. También me hacían sentir que se ocupaban de mí, que me prestaban atención. Me pintaban pecas en la cara, me teñían el pelo de rojo, me hacían trenzas con alambre, las levantaban hacia arriba; me hacían bailar con mi faldita encima de la mesa, representar a Pippi Calzaslargas, y me daban al Pequeño Tío como caballo de madera y al señor Nilsson como muñeco de trapo.

     O me sometían a pruebas de valor. Me subían con mi vestidito al cerezo y me ordenaban trepar más alto; luego me agarraban por los pies y me dejaban colgando cabeza abajo de una rama hasta que dejaba de gritar y había vencido mi miedo a las alturas.

     O encerraban mi pequeña bicicleta entre las tres bicicletas deportivas de ellos y pedaleábamos desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde, siguiendo el Fulda hasta Hannoversch Münden. Una vez, antes del último tramo, que además era cuesta arriba, me caí de puro cansancio con bicicleta y todo a una cuneta y perdí un diente. Cuando llegamos a casa por la noche en tren, yo con el diente roto en la mano, no fueron mis hermanos quienes recibieron la reprimenda de mamá.

     Me riñó a mí.

     Por no haberme cuidado.

     En realidad, a más tardar aquel día debería haber aprendido a cuidarme y a ser más prudente de lo que después fui.

     La presión por abandonar la casa de mis padres era enorme. Después del bachillerato hice un año de servicio social voluntario en una institución para niños «difíciles», como se decía entonces. Ya en las primeras semanas comprendí que la mayoría de los niños de mi grupo cargaban injustamente con aquella etiqueta. Algunos apenas recibían educación durante los fines de semana que pasaban fuera de la institución. Los dejaban sencillamente solos: los padres estaban de viaje por trabajo, divorciados, nadie tenía tiempo para ellos. Otros regresaban los domingos por la noche alterados, exhaustos de tanta educación, sobreprotegidos o desgarrados entre padre, madre y hermanos.

     Yo tenía la sensación de vivir dentro de su piel.

     Escapé de aquella tensión porque me hice amiga de Helmut, uno de mis compañeros educadores. Y pude hacerlo sin sentirme culpable. Es verdad que estaba locamente enamorada de otro, pero vivía lejos y, además, era sacerdote católico. Lo había conocido en el patio de la escuela mientras acompañaba a unos niños a la clase de religión protestante.

     Con Bruno, como se presentó, no había pasado más que una noche, en la habitación de una compañera que vivía interna en el colegio.

     Pero volvería a encontrarlo más adelante en mi vida.

     A Helmut le había contado mi aventura. No habría podido ocultársela. Él sabía perdonar, era paciente, cariñoso. Nos reconciliábamos, nos entendíamos y estábamos muy unidos.    

Hablábamos de lo que nos había ocurrido durante el día, filosofábamos juntos. Y, a diferencia de lo que sucedía con mis hermanos, no sentía que estuviera por debajo de un hombre. Escuchaba cuando yo tocaba la guitarra, me acompañó a un festival de Pink Floyd, me prestó su chaqueta cuando empezó a llover y nos acurrucamos juntos en nuestra pequeña tienda de campaña, que él levantó para mí durante la tormenta.

     Pero hacia el final de aquel año de servicio social lo tuve claro.

     Era demasiado bueno conmigo.

     Dependía demasiado de mí.

     No como mis hermanos, que se me pegaban en casa, pero también él me necesitaba. Me necesitaba tanto que sufría, rompía a llorar y me suplicaba cuando comprendió que yo quería dejarlo.

     Cuando amenazó con suicidarse para retenerme, cortó el último hilo que todavía me unía a él.

Por entonces apenas era capaz de distinguir entre cercanía y dependencia. Pero al menos entendía lo suficiente de aquella voz que llevaba dentro para saber que separarnos era lo mejor para los dos.

     Y, sobre todo, para mí.

     Otra vez me encontré en la calle sin saber adónde ir. No porque no supiera lo que vendría después, sino porque acababa de escapar, con mis últimas fuerzas, de una nueva situación de sometimiento.

     Esta vez más dura.

     Porque me la había creado yo misma.

 

     Tenía que irme.

     Irme de Kassel.

     Lejos de casa.

     Lejos de mí.

     Quería encontrarme de nuevo.

     Había solicitado plaza en Múnich para estudiar Filosofía, Filología Alemana y Ciencias de la Comunicación. Me admitieron.

     Ya en la segunda semana supe que las Ciencias de la Comunicación no eran para mí. Pero había conocido a una inglesa de Cambridge, Veronica, que me hablaba con entusiasmo de Historia del Arte y me llevó a una clase.

     Quedé hechizada por ella y por sus dos hermanas trillizas, que estudiaban la misma carrera.

Hechizada por ellas.

     Y por la disciplina.

     Aún estaba a tiempo de cambiar la matrícula e incorporar Historia del Arte, al menos como materia secundaria.

     De pronto había encontrado dos amores.

     Las semanas siguientes fueron un vértigo. La Filosofía, donde aprendí a poner en duda las últimas certezas, incluso aquellas de cuya existencia ni siquiera era consciente. Con Filología Alemana me sometí a un maratón de lectura en el que debía conquistar los cien libros más importantes de los dos últimos siglos.

     Y los conquisté.

     Pero la Historia del Arte me abrió un mundo en el que me encontraba a mí misma: un mundo que hablaba del cuerpo y del espíritu, de la forma y de los sentidos, y que yo, como mujer, podía abrir creativamente para mí; en las exposiciones que aprendíamos a comisariar, en las conversaciones con artistas, con la moda y los modelos, con los medios y las editoriales, en pleno Múnich, entre la noche y el día y, con mucha mayor frecuencia, en el gris del amanecer, cuando regresábamos de algún acto o de una fiesta y atravesábamos la primera claridad de la mañana camino de clase.

     A menudo las noches eran más largas que los días.

     Parejas cambiantes.

     Veronica tenía novio. Con ellos dos y con Valerie, una de sus hermanas trillizas, recorríamos la ciudad, hablábamos de Inglaterra, celebrábamos en el bar de estudiantes, compartíamos la cama, fumábamos, bebíamos y por la mañana tomábamos aspirinas camino de la universidad.

Unas semanas después estábamos con mi grupo de Historia del Arte en la Pinacoteca, observando unas obras seleccionadas y tomando notas, cuando se produjo el reencuentro.

     A mi lado había un hombre joven, mayor que yo. Estaba concentrada en mi cuaderno y me volví sin pensar.

     Chocamos.

     Nos reímos, nos disculpamos, pero ninguno de los dos siguió su camino.

     Me quedé paralizada.

     Hasta entonces ningún encuentro me había llegado a la punta de los pies de aquella manera, como si un relámpago hubiera entrado directamente en mi interior.

     Ya no sabía qué decir.

     Ni siquiera sabía si quería moverme.

Sólo lo miraba.

     Él también parecía haber sido arrollado; al menos, no se movía. Miraba el cuadro que estaba detrás de mí.

     ¿O me miraba a mí y no al cuadro?

     ¿Qué buscaba él?

     ¿Y qué quería yo?

     Empezamos a reír cuando nuestras miradas se encontraron y los dos recordamos aquella noche que habíamos compartido.

     Me preguntó si quería tomar un café con él.

     Acepté encantada.

     Y fuimos juntos a la cafetería del museo.

     Habían comenzado mis largos años con Bruno.

     Y comenzaron en lo más alto, sin que yo supiera entonces nada de las profundidades que vendrían después.

     Quizá por eso, años más tarde, cuando ya estaba escribiendo mi primera tesis doctoral en la Universidad de Múnich, tuve casi por casualidad otro encuentro que, como descubriría, iba a cambiar mi vida.

     Tropecé con Feeny.

     La conocí en la inauguración de una exposición: Nightshadows – Imágenes de mujeres entre la luz y la oscuridad. Era una de las modelos fotografiadas.

     Seductora.

     Lasciva.

     Segura de sí misma.

     Estudiaba Moda y Diseño en la Fachhochschule, aunque acababa de empezar. Pero ya ganaba su propio dinero.

     También con creaciones propias.

     Fue un encuentro breve e intenso. Cuando más tarde me acordé de ella e intenté convencerla para que posara como modelo en una exposición que yo estaba comisariando, me invitó a su estudio. Me enseñó trabajos antiguos y recientes, con ella y de ella.

     El estudio le servía también como salón de masajes.

     Me ofreció una sesión de prueba, invitación de la casa.

     Acepté agradecida. Por entonces sufría dolores de espalda; pasaba demasiado tiempo, demasiadas horas, sentada ante el escritorio.

     Quizá fueran también tensiones provocadas por mi relación, no siempre fácil, con Bruno.

     Quizá fuera la mirada de Feeny, que abrió dentro de mí algo que yo creía cerrado desde hacía mucho.

     Y cuando creí reconocerme de nuevo, soñé que me encontraba con Bruno mientras Feeny me contaba cómo había empezado su relación con René.

Salí de la residencia por la mañana y, al pasar junto a la portería, vi un aviso de correos pegado en el tablón blanco con mi nombre. Estuve a punto de pasarlo por alto. Me detuve. Volví sobre mis pasos.

     Era realmente mi nombre.

     El empleado de correos parecía haber escrito mal el remitente.

     No conocía a ningún «Reger».

     Cogí el papel, corrí a la universidad y me pregunté quién podía haberme enviado un paquete.

Nadie de la familia.

     Tampoco esperaba ningún pedido.

     La curiosidad creció, aunque durante la clase sobre Rebecca Horn y Cindy Sherman y su arte del cuerpo autorrepresentado me olvidé por completo del paquete.

     Sólo por la tarde, cuando volvía a subir las escaleras hacia la portería, el recuerdo me golpeó. Di media vuelta y fui a correos.

     Era una gran caja de plátanos, bien embalada y pesada. Con esfuerzo la arrastré hasta mi habitación.

     La abrí con cuidado.

     Y los libros se desplegaron ante mí por el suelo.

     Todos aquellos títulos de mi lista de lecturas de Filología Alemana. Muchos de los que nunca encontraba en la biblioteca porque otros estudiantes se los llevaban y todos teníamos que leer las mismas novelas y relatos.

     De repente eran míos.

     El principio de mi biblioteca.

     Encima había una pequeña nota:

     Para las largas noches en las que vuelves a pensar demasiado. Deja que estas voces te acompañen: te contradicen, pero quieren tu bien. B.

     El hombre sin atributos en la mano izquierda, la nota en la derecha, leí aquellas líneas.

     Una vez.

     Dos veces.

     Y cada vez comprendía menos.

     El tono me resultaba familiar. Las insinuaciones, tentadoras.

     B.

     ¿Bruno?

     Doblé la nota con cuidado e intenté dejarla sobre la mesa, pero se me pegaba a la piel húmeda, como si estuviera debajo de ella.

     Dentro de ella.

     Los libros olían a él, a su tabaco de pipa; los nuevos, todavía a tinta de imprenta.

     Madame Bovary.

     Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

     El proceso de la civilización.

     Una edición antigua de El segundo sexo, con anotaciones a lápiz en los márgenes.

     En algunas portadillas reconocía su letra.

     Aquí y allá, al abrir los libros, una observación suya.

     Un signo de interrogación.

     Entre dos páginas, una hoja adicional.

     Vacía.

     O casi.

     En el reverso, apenas visibles, las huellas de una frase que alguien había borrado.

     A simple vista pude leer:

     Para D.

     Sostuve el papel contra la luz.

     Sólo aparecieron fragmentos:

     «… no quiero perder».

     Nada más.

     Me pregunté a quién se refería.

     ¿A ti?

     ¿A mí?

     ¿A sí mismo?

     ¿A una antigua amante?

     ¿Era aquel paquete un cebo para pescarme?

     Volví a colocar la hoja con aquella D. desconocida entre las páginas, de manera que la escritura quedara hacia dentro. Cogí mi pequeña Polaroid y fotografié los libros procurando que aquella hoja no apareciera. En cuanto la fotografía salió de la cámara y terminó de revelarse, la metí en uno de los sobres de luto que aún conservaba del entierro de papá.

     Con un rotulador dorado escribí en el anverso la dirección de Bruno.

     En el reverso:

     El Múnich de noche tendrás que probarlo tú mismo.

     Llevé el sobre a correos.

     Después me quedé sentada un rato, mirando los libros.

     Estaban delante de mí como un examen que todavía no había aprobado.

     Aquella noche Veronica y yo queríamos salir. Su hermana Valerie ya había regresado a Inglaterra. Yo seguía ocupada con la nota sobre mi escritorio y con los libros, que había empezado a ordenar en la estantería según el año de nacimiento de sus autores.

     Veronica se plantó ostensiblemente delante de mí.

     —Bueno, ¿nos vamos de una vez?

     Aunque hubiera podido tirar la nota, olvidarla, los libros seguían allí.

     Existían.

     Ya habían empezado a vivir dentro de mí.

     Y mi tarjeta para Bruno estaba de camino.

     —¿Me llevas así? —le pregunté a Veronica.

     Podría haber sabido la respuesta.

     Sacudió con fuerza aquella cabeza de cabellos rubios tan parecidos a los míos.

     —¿Así? Ni hablar.

     Su ropa era el típico equipamiento inglés en miniatura para una expedición por los bares.

     Comprendí que no sólo tendría que cambiarme de ropa.

     Más bien tendría que quitármela.

     Examinó cada prenda, hizo sus comentarios, hasta que las dos estuvimos a juego.

     Con los primeros pasos me sentí insegura.

     Más aún con las primeras miradas.

     Como si mis hermanos fueran a asomarse detrás de la próxima esquina o del próximo arbusto.

     Al día siguiente fui la única de las dos que había utilizado la habitación aquella noche, o más bien hacia el amanecer.

     Aunque no sola.

     Estábamos abrazados. Mi acompañante nocturno me acariciaba y me hacía cumplidos. Su dialecto de la Baja Baviera estaba lleno de calidez; su pelo castaño, que le llegaba hasta los hombros, me hacía cosquillas.

     Habíamos dormido poco, pero rebosábamos planes para el día. Salimos a desayunar salchichas blancas en el Englischer Garten, extendimos una manta junto al Isar y descansamos el uno junto al otro porque por la noche queríamos volver a estar en forma.

     También aquella noche fue desenfrenada. Bailamos hasta el amanecer y seguimos el ritmo del día anterior: comenzamos de nuevo la mañana en la Torre China mientras algunos a nuestro alrededor ya almorzaban.

     Al atardecer, cuando nos preparábamos para otra incursión nocturna, Veronica apareció en la puerta de la habitación que compartíamos. Me llevó aparte mientras mi acompañante desaparecía en el baño.

     —Esta noche tenemos que ponernos de acuerdo. Ya tengo alojamiento alternativo.

     —¿Cómo?

     —No creo que vuelva antes de mañana por la tarde. Me ha invitado esta noche a su habitación de estudiante.

     —¿Él? ¿Seguro?

     —Pero hay algo más importante. Hace un rato me llamaron de la portería. Tu tarjeta debe de haberle llegado a Bruno esta mañana. Ha dejado dicho que viene en el tren nocturno a Múnich y llegará a la estación central al amanecer.

     Me quedé helada.

     Allí mismo.

     Miré aterrada hacia el baño.

     —¿Y ahora qué?

     —Pues invéntate algo. Dile que yo había quedado sin que tú lo supieras. Dile que tienes que venir conmigo.

     Me daba vergüenza.

     Una vergüenza infinita.

     Ni con mi mejor interpretación podía ocultar el tono de mi voz.

     Pero él ya lo había comprendido en el instante en que salió por la puerta del baño.

     Sólo me lanzó una última mirada breve, despectiva.

     Después se marchó, más bien como un perro apaleado.

     Ni siquiera dio un portazo.

     Empapada en sudor, yacía en mi cama, tan exhausta que no conseguía abrir los párpados.

     Durante una visita posterior a Feeny le conté aquella experiencia y aquel rostro nocturno.

     Nos reímos de buena gana.

     Quizá no había sido un sueño.

     Quizá había sido el recuerdo de un sueño que otra persona había soñado dentro de mí.

De camino, de día y de noche

 

Aquella noche seguí leyendo durante horas el diario de Hulda. Quería saber cómo había vivido ella sus años de hacerse adulta, de qué modo habían sido distintos de los míos o, sencillamente, cómo se comparaban con ellos. Incluso cuando intenté dormir, su escritura continuaba vibrando dentro de mí; las huellas de tinta de algunas de sus heridas ardían también en las mías, todavía abiertas.

Apenas amaneció, volví a abrir las páginas de su diario. Estaba dispuesta a seguir caminando con ella. Como había estado con Bruno en la estación, ahora me encontraba junto a Hulda al borde de la carretera: su próximo viaje nos llevaba a Italia.

Pasé la página y, de pronto, ya no estaba en Múnich ni en Cambridge, sino con Hulda camino de Italia, a comienzos de 1936.

Leí expectante: antes de que Roma pudiera devorarla, la vida la hizo atravesar otro laberinto.

A Hulda le gustaba ponerse en camino a primera hora de la mañana, haciendo autostop, la mochila a la espalda, el brazo y la mano apenas levantados en cuanto aparecía un vehículo a lo lejos. Por las fotografías de su diario, con aquel rostro de rasgos marcados, algo alargado, y el cuerpo grácil, me recordaba a una bailarina tarantata de Apulia. Le iba bien aquella blusa negra de georgette, ceñida escuetamente a la piel y abierta por la espalda, y debajo la falda que se ensanchaba hacia los pies, cubierta de grandes flores blancas y rojas. Sólo la larga caída de su cabello rubio delataba que no procedía de la península italiana, sino de tierras más septentrionales. No tardó en encontrar coches que la llevaron a Núremberg, Múnich, Bolzano, Venecia y, finalmente, Roma.

Estaba enamorada: del sur, de Italia, de Roma. O, para ser más exactos, de una voz áspera que cantaba. O del hombre que creía poseerla.

Lo había conocido en una fiesta del Club Germano-Italiano de Berlín. A aquella velada siguió una noche árabe e italiana en su estudio. Su aparición en el club había sido tan provocadora como inolvidable: alrededor de la cintura llevaba atados unos leños que repiqueteaban al moverse; sobre la cabeza mantenía en equilibrio dos anchas hachas de madera, una pintada de plata, la otra de negro.

Era el emblema viviente del fascismo italiano.

En cuanto entró en el salón trasero del Hotel Savoy, todas las miradas fueron hacia ella. Excitó a unos, desconcertó a otros. Y, sobre todo, atrajo la mirada de un hombre vestido con un caftán blanco. Su tez oscura, la ligera barba y las gafas tintadas le daban un aspecto inconfundible, como si acabara de llegar volando directamente desde el Wadi Hammamat, en Egipto.

Cuando preguntó a aquella muchacha, bastante más joven que él y tan bien plantada, cómo se llamaba y, después de varias copas en la barra a las que la había invitado, cuántos años tenía, ella acomodó un poco los datos.

Él hizo lo propio con los suyos.

Las diferencias entre ambos se desdibujaron en la penumbra de la pista de baile; allí, la distancia de edad parecía desaparecer.

Al piano estaba Friederike, enfundada en un vestido negro de una sola pieza, con aberturas delante de los hombros por las que resplandecía su piel marmórea. Un collar de perlas gruesas marcaba el paso de la tela al cuello; por encima, un rostro atento que bien habría podido proceder de Lituania, enmarcado por unas ondas de cabello tan regulares que apenas parecían naturales. A su lado Hans tocaba el acordeón, con un cigarrillo entre los labios, aunque parecía no tener más de trece años.

Hulda había confeccionado ella misma el vestido en casa. Cuando se lo estaba probando, su padre entró en la habitación. Debía de haber oído desde su banco de trabajo, en el patio, los golpes y el trajín con los pedazos de madera.

—Espero que no hayas cogido la madera seca del cobertizo.

—No te preocupes. Sé cuáles son los trozos verdes y cuáles guardas para los violines.

—¿Y eso qué se supone que es?

Tocó con un dedo uno de los leños que le colgaban a la altura del vientre, procurando mirar por encima de su piel.

—El emblema italiano —dijo ella.

—¿Qué emblema?

—El de Mussolini.

—¿De dónde has sacado semejante disparate? Ésos son nuestros enemigos.

—Estás anticuado, Tate. En el Club Germano-Italiano de Berlín casi no hay sionistas. Allí se reúnen alemanes e italianos, gente como tú y como yo, como nosotros en esta casa. Los amigos aman Alemania, Italia, nuestra tierra, nuestras familias.

—Pero tú eres judía.

Pensó en su nombre.

La que no tenía padre.

Ahora se encontraba ante un hombre que por primera vez le parecía extraño, un hombre que ni preguntaba ni quería escuchar.

—Alemana primero —respondió a su padre—. Y además sólo medio judía. O, como me llaman desde noviembre: mestiza de segundo grado. Y los amigos dicen que «Mussolini apoya a los judíos», no como Hitler. Pero también él acabará reconociendo nuestro valor.

—Eso no te lo crees ni tú. Aunque, en fin, los amigos de Berlín sabrán más —gruñó él—. No estoy anticuado. Estoy alerta.

La madre apareció en la puerta.

—¡Dile tú a tu hija lo que te parece que quiera presentarse vestida como un gamberro fascista!

—Ernst, tienes que comprender a la juventud —dijo la madre con calma.

Casi siempre comprendía a Hulda.

—Alégrate de que esté con gente que la aprecia, gente con influencia en Berlín. Ahora que ya no pueden reunirse bajo el Estandarte Negro, déjala que se encuentre con los suyos. Son buena gente. Aunque nuestro objetivo sea Eretz Israel.

—¿Lo es? —preguntó Hulda.

También porque sabía que su padre estaría de acuerdo con ella.

—¿Buena gente? —replicó él—. Fascistas. Eso es lo que son, los alemanes y los italianos.

—No todos los fascistas son iguales —repuso Hulda—. La Gestapo también persigue al club de mis amigos.

—Entonces sí que es peligroso.

Y, dirigiéndose a su mujer sin mirarla:

—¡Di al menos algo de ese disfraz!

—Bueno, Hulda...

Su madre la examinó. Pero tuvo que hacer un esfuerzo, apartó la mirada y, contrayendo las mejillas, añadió:

—En fin, podrías ponerte algo más debajo. A los dieciséis ya no eres una niña.

Su marido se dio media vuelta sin añadir nada. Dejó el reglamento de vestuario en manos de las mujeres y regresó a su taller de violines.

 

Hulda despertó en el estudio.

En el aire quedaba todavía un rastro de su perfume, mezclado con la dulzura del humo de tabaco, el intenso almizcle de Jussuf y una mezcla de sudor y otros fluidos corporales sobre su piel, que todavía los unían bajo las sábanas, aunque él ya estaba colocando el caballete y mezclando agua con tinta.

—Siéntate aquí, en el banco —le ordenó con voz firme.

Hulda se levantó envuelta en la sábana que había dispuesto alrededor de su cuerpo.

—He encendido la estufa. No deberías tener frío.

Ella comprendió lo que quería decir. Algo avergonzada, dejó caer la sábana sobre el banco y se sentó encima.

Fascinado, él dejó que la mirada ascendiera desde sus pies, por los tobillos, las piernas estiradas, hasta las caderas y el sexo. Aunque apenas tenía vientre, Hulda lo contrajo instintivamente cuando sintió que sus ojos pasaban por él, sopesaban sus pechos, sus hombros, brazos y manos, el cabello, la boca, la nariz, los ojos, la cabeza, la coronilla.

Él dio un paso atrás, alejándose de ella y del caballete, comenzó a rodearla, calibró sus dimensiones como quien examina un instrumento que en cualquier momento va a empezar a sonar.

Ella no tenía frío.

Tampoco miedo.

Pero un escalofrío la atravesó.

Nunca nadie la había mirado con semejante intensidad, la había diseccionado así, desmontándola y estudiándola hasta el último detalle. Incluso bajo aquel microscopio su piel trabajaba: lo absorbía, se arqueaba hacia él, un paisaje de surcos, crestas, cruces seductores y cráteres diminutos. De haber sido médico, ella misma habría colocado el bisturí.

Hondo.

Hasta el fondo.

Él sostenía en una mano el pincel de tinta y en la otra la tablilla con el polvo negro y el agua. Parecían habérsele soldado al cuerpo, tal era la fuerza con que aferraba sus instrumentos.

Sólo cuando ella se lo pidió se acercó con ellos.

—¿Puedo? —preguntó vacilante.

Pero avanzó con paso firme, sin esperar respuesta.

Le agarró los muslos, los desplazó hacia los lados, corrigió el pie y la pantorrilla. Le enderezó la espalda empujándole hacia atrás los omóplatos. Colocó sus manos en otra posición, abrió la parte frontal de su cuerpo y le giró la cabeza.

Hulda miró por la ventana hacia el balcón de un piso al otro lado de la calle. Una mujer tendía la colada a aquella hora temprana. Los miró más bien aburrida y no pareció sorprenderle que una señorita joven, quizá demasiado joven, la observara mientras hacía sus tareas domésticas y un hombre corregía la postura de una muchacha desnuda.

Hulda no se atrevió a abrir la boca, a romper la tensión.

Jussuf miró por un lado del caballete.

Por primera vez parecía relajado.

—¿Has dormido bien?

¿Debía contestar?

—Necesito una expresión fresca. Fuerza natural, sin deformaciones. Nada de tensión. He preparado café. Sólo haremos unos cuantos bocetos.

Hulda siguió inmóvil. Abrió apenas los labios, tal como él le pidió y le indicó. Él cayó en el silencio e ignoró el disfraz que yacía a la izquierda, a sus pies, entrelazado con el caftán.

Principio y final del juego nocturno, cuando se desnudaron...

se admiraron.

Se dieron placer.

Se levantaron para trabajar.

Cada punto, cada trazo del pincel fino y afilado que sostenía en la mano la alcanzaba como si no tocara el papel, sino su piel, como si se hundiera en ella. Recorría su cuerpo, dibujaba sobre sus músculos, rozaba el vello, los labios, las cejas. Con el rabillo de los ojos, con sus poses, ella dirigía los arcos y las líneas; su pecho al respirar les daba forma y, sin mover brazos ni piernas, hacía correr sombras y ángulos y conducía sus pinceles en la dirección precisa.

Jussuf estaba fascinado.

El sudor le brotó en la frente, se reunió en gotas y le corrió por las mejillas.

Frente a él estaba ella.

Sentada, inmóvil.

Sentada con una intensidad que jamás había visto en ninguna modelo.

Lo provocaba, lo espoleaba, lo obligaba a forcejear, gemir, luchar; la camisa se le empapó y delante de él comenzó a formarse un pequeño charco en el suelo.

Ella permanecía sentada.

Él combatía.

Ella: una Giostra, una Fantasia, el moment de la vérité anterior al movimiento.

Él: agitación agónica.

Ella: concentración absoluta.

Ni un gramo del cansancio de la noche.

Como una gueparda a punto de saltar, las piernas interminables tensas, elásticas, cruzadas y abiertas hasta el dolor.

Con mirada felina detuvo el mundo.

La presa, fijada.

La tenía firmemente entre sus garras: aquello se estremecía, se movía, se creía libre, se creía dueño de la situación.

Iba y venía, arriba y abajo, con pasos fuertes, enseñando ruidosamente los dientes, y sin embargo nada sostenía.

Era como si hubiera más de mil barrotes.

Jussuf arrancó varias hojas del bloc del caballete. Volaron en todas direcciones.

Después se arrancó la camisa, agarró un martillo, arrojó el caballete a un lado, arrastró una piedra hasta colocarla entre los dos...

y golpeó.

Como si tuviera que liberarse de ella.

Fragmentos afilados salieron disparados hacia los rincones del estudio. El polvo se levantó. Él resoplaba, gemía, se enfurecía, como si ni siquiera durante la noche hubieran podido entregarse con mayor violencia.

Más tarde ella escribió en su diario:

«Ya no era él mismo».

También por las sienes de Hulda corrían perlas de sudor, aunque seguía sin moverse. Las gotas desaparecían entre su cabello.

El martillo comenzó a sonar sordo, rítmico.

Los golpes retumbaban como un motor diésel.

Hasta que le pareció que hacía mucho que ya no estaba sentada allí.

 

La etapa berlinesa terminó bruscamente.

Jussuf Amun, conocido como árabe y no como judío, había recibido una invitación para ir a Roma, a la Villa Massimo: una beca de tres meses. Habían acordado que ella lo seguiría en cuanto él estuviera instalado.

En una de aquellas interminables conversaciones telefónicas él se lo había contado y le había suplicado que emprendiera el viaje. Estaba agotado, decía; sólo tenía delante principiantes, hombres y mujeres, que lo secaban por dentro y por fuera.

Y con aquel calor de Roma.

Sin ella ya no podía crear nada.

De noche, y todavía más de día, soñaba con ella: con sus ojos, sus formas, sus movimientos, su desafío.

Hulda sabía que no podía seguir esperando.

Además, le confesó que echaba de menos a su maestro.

Al hombre.

Y al artista.

 

Aquella misma noche había encontrado en el Club Germano-Italiano a alguien que la llevara hasta Leipzig; desde allí siguió viaje como una autoestopista audaz y atractiva. El color de su cabello no delataba su procedencia: la hacía pasar por una airosa aria. Sin mayores rodeos, al día siguiente había llegado ya a Múnich.

Todavía entonces, semanas después, el ritmo de Jussuf seguía latiéndole en la cabeza y en el cuerpo. Ahora, camino de él, su corazón golpeaba con más fuerza aún, acompasándose con aquel ritmo. Miró por la ventanilla las montañas de los Alpes que comenzaban a levantarse ante ella. Las cumbres se confundían con la noche que caía; desde la oscuridad centelleaban estrellas, y no eran ya piedra ni prados, sino el azul profundo de la roca y del cielo los que abrían un espacio donde resultaba tan imposible distinguir una cosa de otra como a Jussuf de ella en el vértigo, cuando abismo y arrobamiento se precipitaban el uno dentro del otro. Creyó moverse dentro de aquel único punto, aunque apenas había alcanzado Italia.

Fuera del azul y de la noche no había nada.

Y, sin embargo, entre ambos estaba todo.

¿Cómo sería estar con él en Roma?

Ni siquiera iba todavía directamente hacia allí. Los automóviles que conseguía detener decidían la ruta.

Pasaba las noches casi siempre sola. Unas veces en una posada; otras, en un granero o en alguna dependencia de una pequeña granja. Había ganado dinero trabajando como modelo en Berlín, para Jussuf y para otros artistas. También había vendido pequeñas esculturas y cuadros propios. No andaba escasa de dinero, entre otras cosas porque administraba con cuidado lo que ganaba. En las afueras de Múnich durmió en un albergue que le habían recomendado sus amigos de Berlín. Lo llevaban amigos de los amigos. Los dueños incluso le permitieron dormir gratis sobre la paja y por la mañana le dieron un panecillo con mermelada de ciruela.

Después volvió a plantarse en un cruce de carreteras, esperando automóviles, hasta que consiguió llamar la atención de un conductor.

El coche se dirigió directamente hacia ella.

Hulda se sobresaltó y dio un paso atrás.

Antes de que pudiera levantar la mano, vio la marca de una frenada.

Del automóvil saltó un joven.

Se presentó cortésmente:

—Leone Terni.

Hulda subió.

Un coche confortable, pensó con cierto alivio; un joven pulcro, recién afeitado, cuyo aroma a loción le llegó hasta el asiento del acompañante. No se sentía incómoda en su presencia, aunque conocía aquel tirón sordo en el bajo vientre que la acompañaba cada vez que subía al coche de un desconocido.

El señor Terni se mostró respetuoso y la cortejó con la elegancia de un italiano. Hulda calculó que tendría unos veintitrés años. Y era hablador. Le contó que iba camino de Venecia, donde a la noche siguiente se celebraría un gran concierto. Sacó de la portezuela un cartel publicitario y se lo entregó.

Venecia: concierto nocturno en la plaza de San Marcos.

—¿Te apetece venir?

—Claro. Nunca he estado en Venecia.

—Esta noche hacemos escala en Bolzano, en casa de unos camaradas, si te parece bien.

—¿Por qué no? —respondió ella.

Un destino era mejor que quedarse quieta.

Mientras conducía, él llevó la conversación hacia su ciudad natal, Livorno.

—¿De Livorno y con un coche así? En mi curso de idiomas me enseñaron que Livorno era una ciudad de industria, obreros, librepensadores y judíos.

—No del todo falso —rió Leone—. Pero no hay obreros sin fábricas, ni fábricas sin propietarios, ni propietarios sin bancos y...

—...ni bancos sin judíos —bromeó Hulda sin apartar los ojos de la carretera.

Los dos se rieron.

Hulda examinó el salpicadero.

Lancia Augusta.

No entendía de automóviles, pero no recordaba haber viajado nunca en uno tan elegante. Por dentro y por fuera estaba pintado de un azul profundo; las molduras cromadas relucían. Se estiró para intentar ver por encima del capó, pero el coche era mayor de lo que estaba acostumbrada. Se hundía en los blandos asientos de cuero, cubiertos por una pátina color chocolate. La loción de afeitar de Terni se mezclaba con el olor del aceite de motor y los cigarrillos.

—Leone —se presentó otra vez—. Puede llamarme por mi nombre.

—Encantada —dijo Hulda, sin darle todavía el suyo—. Y podemos tutearnos.

Leone le ofreció un cigarrillo.

—Gracias. Un purito sí, pero...

—Tú tampoco vienes de una familia obrera.

Ella negó con la cabeza.

Él soltó una breve carcajada, como si con eso hubiera dado ya por resuelto su origen, le dio una palmada en el hombro y giró un botón.

De pronto sonó música.

Una voz.

Hulda preguntó, desconcertada:

—¿Qué es eso?

Con cierto deleite, que hizo que ella se volviera más cautelosa, se lo explicó despacio, como si le estuviera mostrando una obra de arte:

—Radio. Un receptor Magneti Marelli. Mi padre mandó instalarlo.

—¿Una radio en el coche?

—Lo has entendido.

El aparato no era perfecto. Estaba instalado ligeramente torcido; un cable recorría la carrocería hasta un alambre que vibraba sin cesar y saltaba con cada bache. Del altavoz salió primero un siseo.

Después, música de marcha.

Leone siguió girando el botón hasta que apareció la voz de un locutor. Se perdía entre interferencias porque conducían con las ventanillas abiertas.

Hulda observó con más atención al conductor.

Sólo entonces reparó en que vestía un uniforme azul oscuro.

—¿Eres bombero?

La pregunta lo divirtió.

—Sigue intentándolo —dijo.

Demasiado rápido.

Demasiado seguro.

—Perdona. Hablo italiano, pero éste es mi primer viaje a Italia.

—Pues lo hablas sorprendentemente bien. ¿Oigo un acento alemán? Quizá incluso con un deje yidis.

Hulda se sintió descubierta.

¿Se había delatado?

La pregunta no tenía aguijón.

Todavía.

¿Podía fiarse de él?

Para ponerlo a prueba, dijo:

—Nu, si tienes tan buen oído, dime de dónde vengo.

Él se detuvo un instante.

—Nu —repitió instintivamente.

Y sonrió.

Aquel nu bastó para que ella lo clasificara como asquenazí.

Se recostó, relajada.

—Me llamo Hulda. Soy de Alemania, de Kassel, si conoces la ciudad. Más o menos en el centro del país. ¿Qué uniforme llevas?

—¿Conoces Betar?

—Ya te he dicho que Italia todavía me resulta desconocida.

—No tiene que ver directamente con Italia. Betar es un movimiento juvenil judío. El año pasado escuché en Livorno a su fundador, Vladimir Jabotinsky, y como mi padre lo invitó a cenar en casa, pude conocerlo personalmente. Es un loco. Un loco absoluto. Y también admirable.

Y Leone no contó: predicó.

Le habló de los años de Jabotinsky en la Legión Judía durante la Gran Guerra, que él mismo había contribuido a fundar. Y se entusiasmó con su idea sionista de un Estado judío a orillas del Jordán.

La frase de aquella velada, que Hulda pudo recordar fácilmente y anotó, decía:

שני גדות לירדן, זו שלנו וזו גם כן.

A continuación escribió la traducción que le habían dado, acompañándola de tres signos de interrogación:

«Dos orillas tiene el Jordán; una es nuestra, y la otra también ???»

Hulda se estremeció apenas.

Por un instante le atravesó la cabeza la pregunta de si debía contarle que pertenecía al Estandarte Negro.

Apretó los dientes y esperó que él no lo hubiera advertido.

Mejor no, pensó.

Probablemente la echaría del coche si ella le dijera que consideraba la idea sionista una traición a la patria —fuera Alemania o Italia— y también una traición al judaísmo, tal como había aprendido en su grupo juvenil. El Mesías aún no había llegado: un Estado judío propio les parecía a sus amigos una idea secular, puro comunismo.

Ponía en peligro la tradición, la patria, la familia, los vínculos sociales y las posibilidades profesionales.

Ya era bastante grave, pensaba Hulda —y recordó a su propia madre—, que hubiera cada vez más voces judías dispuestas a cambiar lo conquistado y heredado por un Eretz Israel revestido de judaísmo, proporcionando así argumentos a los antisemitas para actuar contra los miembros de la religión israelita que permanecían en casa y amaban su verdadera patria.

Peor aún: a su juicio, los sionistas socavaban la posición judía, siempre precaria, dentro de la sociedad, porque hacían aparecer a los judíos como ciudadanos poco fiables.

Leone había apoyado el brazo izquierdo en la ventanilla, una mano en el volante y la derecha sobre la consola entre los dos. Hulda rozaba la consola con una pierna mientras mantenía la otra estirada hacia fuera, miraba al sol y dejaba que las montañas del Tirol del Sur se deslizaran a su lado.

Leone se volvió hacia ella y la contempló: delgada, la blusa oscura muy abierta, el cabello apartado del rostro por el viento de la marcha.

Se deleitaba visiblemente imaginando la cara que pondrían sus amigos cuando vieran a la embriagadora joven que iba a llevar consigo para pasar la noche, asistir al concierto y celebrar.

El graznido del altavoz cesó.

Una fanfarria atravesó el aire.

Una voz masculina anunció:

—Primeras victorias sobre Abisinia... el heroísmo del comandante en jefe Pietro Badoglio y de sus tropas italianas, de la Regia Aeronautica Italiana...

Hulda no comprendió todas las palabras, pero oyó fragmentos:

«Bombas...»

«limpieza...»

Y aquel tono grandilocuente.

Las noticias iluminaron el rostro de Leone como si acabaran de anunciar excelentes cifras económicas.

—Addis Abeba vuelve a pertenecer al Reino de Italia —dijo como si la hubiera conquistado él mismo.

Y levantó los dos brazos.

Ninguna mano quedó en el volante.

Hulda se sobresaltó y no supo si la inquietaban más las noticias, su grito de victoria o el hecho de que el automóvil avanzara solo y comenzara a desviarse suavemente hacia la izquierda, donde se levantaba un alto terraplén.

—¿Has estado allí? —preguntó sorprendida, para disimular su alarma.

—Todavía no. Pero quizá algún día vaya. Betar necesitará colonias. ¿Quién sabe?

Hulda y sus amigos del Estandarte Negro habían hablado muchas veces en sus campamentos del movimiento sionista, de sus objetivos y de los caminos para alcanzarlos. También habían discutido sobre ellos.

Pero Hulda no entendía por qué, por ser judía, debía apoyar una política que pretendía privar a su propia patria —Alemania, o también Italia— de aquello que, según ella, la había convertido en lo que era: la unión de lo judío con lo cristiano y, sobre todo, con la revolución ilustrada del siglo XIX había producido una cultura incomparable, una cultura que le había dado educación, escuela, formación y, como mujer, una libertad nunca conocida hasta entonces.

Vivía en medio de una conjunción de arte, música, literatura, filosofía, medicina, ciencias naturales y también economía como, según creía, jamás había existido en la historia.

Y sólo la había conocido así en Alemania.

Sus propios parientes, más al este, llevaban durante los encuentros familiares una vida completamente distinta: a sus ojos, mucho menos desarrollada y, desde luego, mucho más limitada para sus sobrinas.

¿Por qué iban los judíos o medio judíos, por qué iban mujeres como ella, a emigrar precisamente a Abisinia, al norte de África o a Palestina, al desierto, donde —así lo imaginaba— sólo podrían sobrevivir veladas dentro de sociedades patriarcales?

Absurdo, pensó. Y, sin embargo, sonrió a Leone, sentado a su lado con su traje, aspirando profundamente el humo de su enésimo cigarrillo y pensando, sin duda, en el viaje que compartían y en la alegre velada que le aguardaba entre sus amigos. Hulda se guardó sus pensamientos. No quería poner en peligro una o dos noches agradables, un alojamiento barato y una fiesta en una ciudad que todavía no conocía. Le parecían destinos suficientes para el módico precio de aquella amistad.

A la entrada de Bolzano, Leone giró a la derecha por el Corso Libertà, siguió por la Via Giulio Cesare y entró en la Via Orazio, donde pasaron ante una hilera de casas señoriales que parecían construidas hacía poco.

—¿Así que aquí vive la nueva élite?

Leone respondió con un orgullo nada disimulado:

—El barrio italiano construido bajo el Duce.

—Ya me habían sorprendido los nombres de las calles. Creía que seguíamos en el Tirol y que en Bolzano se hablaba alemán.

—Sí y no. Después de la victoria sobre las tropas austrohúngaras, el Tirol del Sur pasó a Italia en 1919, y durante los últimos años se ha levantado esta ciudad nueva, poblada casi exclusivamente por familias llegadas del sur.

—Por eso viven aquí tus amigos.

—Sí. Vinieron porque la administración militar necesitaba personal italiano para el aeródromo del Galgenbühl. Aquí está la logística del norte de Italia y aquí se equipan los aviones antes de que vuelen a las bases coloniales de Abisinia.

—¿Y a tus amigos no les importa que aparezcas sin avisar con una perfecta desconocida?

—¿Una desconocida? ¡Una mujer atractiva como tú!

Hulda se sonrojó ligeramente, aunque sabía muy bien qué valor le atribuía.

—En absoluto —continuó él—. Funcionamos como una unidad. Todos somos camaradas de Betar. Esta noche iremos al cine y después a una taberna del casco antiguo. Estás cordialmente invitada.

—¡Pues vamos!

Cuando llegaron, Leone la ayudó a sacar la mochila del coche. La puerta del piso se abrió y los recibieron con voces estrepitosas. Leone presentó brevemente a su acompañante, dejando entender que, aunque alemana, en las cuestiones esenciales estaba del lado correcto. Los dos amigos comprendieron. Recibieron a Hulda con entusiasmo y le ofrecieron un vaso de Lambrusco.

La noche prometía continuar bien regada.

Ya bastante animados, no tardaron en dirigirse hacia el Monumento a la Victoria.

—El Duce hizo levantar este monumento en sólo dos años desde que se puso la primera piedra.

Lo rodearon. Cogidos de la mano, formaron una pequeña cadena humana de admiradores.

Hulda sonrió para sus adentros.

Había reconocido de inmediato que todas aquellas columnas que se elevaban hacia el arquitrabe con la inscripción eran haces de lictores estilizados.

Por un momento imaginó las caras que pondrían los muchachos si la vieran con el disfraz que había llevado en Berlín.

Vaciló.

Luego sacó las fotografías de su monedero y las hizo circular. No revelaban en qué compañía habían sido tomadas; o, al menos, no mostraban más que una reunión de italianos y alemanes.

La carcajada de los muchachos fue inmediata y sonora.

Exactamente lo que ella esperaba.

Soltaron las manos, la arrastraron al centro, se engancharon de sus brazos y, con un paso acompasado y arrastrado, bajaron bromeando, ya ligeramente achispados, por la Via Vittoria hacia el Cinema Vittoria.

Nada más comenzar se proyectó el Giornale LUCE. El noticiario ensalzaba los éxitos de la Regia Aeronautica en Abisinia: ataques en tenaza, avances, ofensivas.

Cada vez que caía una bomba, un fogonazo iluminaba la pantalla, seguido por una columna de humo que se elevaba de golpe. Apareció un convoy de vehículos; el impacto se lo tragó y, cuando el humo se disipó, sólo quedaba un cráter negro.

A su lado, los hombres aullaban de entusiasmo. Apenas podían contenerse en los asientos plegables y habrían querido levantar a Hulda por los aires sobre sus manos.

Ella se agarró a las sillas y a los brazos que tenía alrededor.

La falda se le levantó.

En la penumbra se susurraban que eran las nuevas bombas italianas.

Llenas de gas mostaza.

Hulda calló. No quería enfrentarse a ellos. Pero se inclinó ligeramente hacia Luigi y preguntó en voz baja:

—¿Qué quiere decir gas mostaza? ¿Qué sustancia es?

Luigi le siseó que hablara más bajo.

Secreto de Estado.

Pero, casi sin voz, añadió que se decía que aquellas nuevas armas se habían probado primero con ganado y camellos.

Y en aldeas.

Al cabo de unos días, murmuró, apenas quedaba allí nada que pudiera arrastrarse.

Todo muerto.

Hulda no conseguía dejar de preguntar. Por fuera mantenía la compostura; por dentro, el corazón se le hundía. No quería imaginar lo que sucedía en el frente.

Tampoco tuvo que hacerlo.

En la pantalla empezó Il cammino degli eroi, la película de Corrado D’Errico del año anterior.

Mostraba con crudeza de qué se trataba en aquel frente.

El noticiario y la película surtieron efecto.

Los muchachos se levantaron de un salto, cantaron y se incorporaron a la corriente de soldados que celebraban y vitoreaban, marchando por las callejuelas hacia la plaza central de Bolzano con los fusiles en alto. Allí estaban levantando ya un escenario. Evidentemente, también allí se preparaba una celebración de la victoria para la noche siguiente.

En una calle lateral encontraron una taberna abarrotada que pertenecía a un hotel. Se abrieron paso entre la multitud y pidieron un fiasco en la barra, después de conquistar a empujones un poco de espacio.

Leone susurró al oído de Hulda que sedujera a alguno de los camareros para que les consiguiera una mesa.

Hulda había entendido.

Se deslizó entre la gente hasta el hombre que evidentemente era el capo cameriere, se arrimó a él y, con aquel italiano suyo teñido de alemán, le preguntó si tenía algo libre para ella y sus acompañantes.

—¿Libre? —preguntó él.

Y dejó que la mirada recorriera menos las mesas que otras curvas.

La tomó de la mano y la condujo a una sala contigua, también bulliciosa, aunque en un rincón quedaba una mesa vacía. Encima había un gran cencerro con la palabra Stammtisch grabada.

—Ésta es para vosotros. ¡Cuando termine mi turno me uniré!

Poco después, junto al cencerro apareció una rechoncha botella de Chianti envuelta en paja.

Llenaron los vasos y brindaron, sin vacilar, por el rey, por el Duce y por el capo cameriere.

Luigi se acercó más a Hulda. Tampoco él desdeñaba el rumbo que había tomado el capo. Ya cuando ella había aparecido en la puerta del piso la había mirado de una manera que no dejaba dudas sobre sus intenciones.

Al mismo tiempo, Hulda no quería desairar a Leone. Él la había introducido entre sus amigos, cuidaba de ella y, desde que había visto la fotografía, parecía arder: hablaba demasiado deprisa cuando se dirigía a ella, se adelantaba cortésmente a sus deseos antes incluso de que tuviera ocasión de expresarlos.

En medio de la euforia, la conversación pasó rápidamente de Abisinia a Palestina.

Los muchachos hablaban de la próxima partida del Sara 1, el nuevo buque escuela, y discutían si debían embarcarse y recibir allí su formación. Quien se uniera al viaje, decían, llegaría a Eretz Israel sin billete y sin necesidad de enrolarse. Betar había fundado expresamente para ello una academia naval en Italia; la financiaba, contaban con orgullo, un industrial belga.

Hulda comprendía el deseo del mar.

De aventura.

Del mundo.

Pero las esperanzas políticas que escuchaba le parecían castillos en el aire y, en el fondo, incluso peligrosas para la tierra de sus padres.

No dijo nada.

Sonrió.

Siguió el juego.

Y dejó hacer a los muchachos, que se prestaban de buena gana a ser seducidos.

Ya entrada la noche apareció también el capo, probablemente el único hombre sobrio de toda la sala. Llevaba en brazos otra botella de Chianti, de por lo menos tres litros. No llenó únicamente los vasos de su mesa; también las mesas vecinas se beneficiaron de su generosidad.

Todos se abrazaban y se embriagaban soñando con una Italia nueva, con la grandeza y la gloria, con un imperio que se extendería más allá del Mediterráneo y devolvería a Roma su antiguo esplendor.

Hulda cantó con ellos.

No quería aguarles la fiesta.

Tampoco al generoso pretendiente.

Todos estaban contentos. El mundo estaba en orden, o parecía encajarse de día en día dentro de un orden superior al que resultaba agradable abandonarse.

En algún momento —debía de estar clareando ya— se marcharon, porque los cuatro volvieron a encontrarse en el piso de los amigos.

Para lo que quedaba de noche ofrecieron a Hulda el dormitorio; los tres hombres pensaban instalarse en el sofá y en el suelo. Pero acabaron sentados todavía en círculo, pasándose la última botella que Luigi había traído de la cocina.

Luigi fue el primero en desplomarse hacia atrás y quedarse dormido, emitiendo pequeños sonidos.

Poco después cayó el siguiente.

Sólo Leone permaneció despierto.

Se volvió hacia la mujer que tenía a su lado y, de repente, pareció completamente sobrio.

—Hulda, ¿a qué te dedicas en realidad? ¿Estudias? ¿O por qué quieres ir a Roma en tu primer viaje por Italia? Podría enseñarte muchas cosas más en el norte, después de Venecia: Bolonia, Rávena.

Tenía la lengua pesada, pero Hulda creyó conservar la suficiente claridad para no enredarse al hablar.

—Soy artista. Pinto, trabajo la piedra... y gano dinero posando como modelo.

Leone inclinó la cabeza.

Por su aspecto, su edad, su manera de hablar y su tono, la habría imaginado todavía en la escuela.

Pero artista también le cuadraba.

Volvió a preguntar:

—¿Por qué Roma?

—Trabajo con un artista árabe. Tiene una beca en Roma. Queremos desarrollar juntos algunas obras.

—¿En qué dirección?

Hulda esquivó la pregunta.

—¿Entiendes de arte?

—No mucho —admitió—. Sólo sé que nuestro movimiento está abriendo nuevas posibilidades a muchos artistas. El Monumento a la Victoria...

Hulda lo interrumpió.

Y con cada respiración sentía la cabeza más despejada.

—El arte siempre tiene un marco político. Bajo ciertas condiciones florece; bajo otras se marchita. Pero yo soy artista porque el arte apunta más allá de lo que ocurre cada día. El arte es como la religión. A veces todavía puede dar vida. Quizá precisamente cuando la política deja morir de hambre a los hombres.

—Pero la política necesita el arte. Eso quería decir con el Monumento a la Victoria. La gente tiene que ver la grandeza. Reconocer una dirección.

Hulda respondió secamente:

—Eso lo dices tú. Y por eso, supongo, tuvieron que grabar además lo que uno debe ver.

Señaló la postal que había comprado en el portal del museo:

HIC PATRIAE FINES SISTE SIGNA: HINC CETEROS EXCOLVIMVS LINGVA LEGIBVS ARTIBVS.

Reflexionó un instante.

—El buen arte, en realidad, no necesita título. El monumento, pensado a la romana, marca la patria y su frontera, pero al mismo tiempo la hace permeable. La patria no es sólo lugar ni espacio. También es tiempo: pasado, ahora, mañana. ¿Para qué hace falta añadir que se ha educado a los otros mediante la lengua, la ley y el arte? Quien está en esa plaza ya lo ve.

Lo siente en las piedras.

—La educación no funciona sin directrices.

—La exterior, sí. Pero ésa suele desprenderse otra vez. Lo que ha de meterse bajo la piel necesita otro lenguaje: sin letras, sin gramática. A menudo, silencio. Ése se entiende en cualquier época, en cualquier lengua e incluso sin ella.

Hulda se acercó más a él. Antes de que pudiera formular la siguiente pregunta, posó los labios sobre los suyos —suave, segura— y se dejaron caer al suelo como los demás, quedaron tendidos uno junto al otro y se durmieron.

 

A la noche siguiente dejaron el coche a la entrada de Venecia y continuaron a pie hacia la plaza de San Marcos. La multitud se hacía cada vez más densa; tenían que abrirse paso a empujones. Leone no soltaba la mano de Hulda, sobre todo al cruzar los estrechos puentes sobre los canales entre los palacios.

Cuanto más se acercaban al lugar de la celebración, más impenetrable se volvía el gentío.

—¿Sabes siquiera adónde vamos?

—Ya lo verás. Confía en mí. No te arrepentirás.

Su seguridad surtió efecto. Hulda se dejó arrastrar por él entre la masa. Con el uniforme azul, Leone irradiaba autoridad; apartaba cuerpos, avanzaba a empujones y encontraba una y otra vez algún resquicio por el que hacerla pasar.

Llegaron a la plaza, inundada por una luz cegadora. Leone dobló por una calle lateral y la condujo por un pasadizo oscuro hasta la entrada trasera de un palazzo.

Conocía el camino.

Tras unos pasos salieron a una terraza rodeada por una balaustrada, resplandeciente bajo los reflectores que la iluminaban desde todos los ángulos. A derecha e izquierda se alzaban estandartes; delante de ellos, una tribuna con un micrófono desmesurado sobre el atril.

La multitud rugía.

De miles de bocas brotaba:

Giovinezza! Giovinezza!

Primavera di bellezza…

Leone entregó la mano de Hulda a un hombre que llevaba el mismo uniforme.

—¡Espera aquí hasta que termine!

Hulda se quedó en la terraza, entre estandartes, cables y hombres con auriculares que probaban micrófonos. Abajo, la multitud se apretaba cada vez más; desde las profundidades de la plaza comenzó a elevarse un canto ronco, cada vez más fuerte:

Faccetta nera, bell’abissina…

Rodó como una ola sobre la plaza, y desde un grupo situado a un lado se mezcló otro coro: Faccetta nera, alegre con una alegría maliciosa, triunfal.

Hulda esperaba.

Dentro del cono de luz.

Pero sin saber para qué.

Finalmente volvió a verlo.

Ahora de cuerpo entero, bañado por la luz.

Los reflectores trazaban bordes afilados alrededor de su figura; unas moscas revoloteaban en torno a su rostro como si en el aire colgara una miel invisible.

Leone estaba ante el atril, gesticulando. Su voz se extendía por toda la plaza, fuerte, prometedora. Ensalzaba las victorias en Abisinia, las innovaciones de la guerra italiana, la estrategia, y colocaba todo bajo el signo de la alianza recién forjada entre Italia y Alemania.

Terminó con una cita de Fontane.

Una que Hulda conocía.

Una que incluso le había gustado alguna vez:

—Nadie es un mal hombre; pero, a diferencia de la raza blanca superior, existe el subhombre, sin ímpetu, sin orgullo.

La plaza estalló.

Un solo grito de júbilo que devoró sus palabras y las convirtió en un hecho.

Hulda palideció.

Sin comprender cómo había sucedido, de pronto se encontró ella misma dentro del cono de luz, rodeada de fotógrafos, micrófonos, hombres con cámaras que parecían armas y ayudantes que arrastraban cables, levantaban trípodes y volvían los micrófonos hacia ella.

Querían unas palabras.

Una respuesta a la fanfarria del Mefaked Terni.

Hulda sabía lo que significaba aquella palabra hebrea.

Mefaked.

Jefe.

Y al mismo tiempo sabía que hablaban de Leone, aunque su entendimiento se resistiera a aceptarlo.

Se refugió en un balbuceo entrecortado, mitad alemán, mitad italiano, hasta que los periodistas perdieron interés y empezaron a interrogar a otros asistentes. Procurando desaparecer, escapó de los reflectores y volvió hacia la entrada del palazzo por la que había llegado.

Allí esperó.

En la sombra.

Pasó una eternidad antes de que la tribuna empezara a vaciarse. Desde lejos lo vio estrechar manos, inclinarse, dejarse abrazar contra pechos de hombres corpulentos y mujeres no menos robustas, todos con miradas seguras del porvenir.

Parecía el meteorito que llevaban tiempo esperando y que ahora aquella guardia quería transportar hacia su futuro.

Por último se acercó a él una mujer delgada, de cabello negro. Camisa marrón, casi caqui; falda azul marino hasta las rodillas; un pañuelo azul y amarillo alrededor del cuello; botas acordonadas, medias hasta las rodillas, boina.

Hulda comprendió de inmediato que no era la primera vez que se veían.

La Betarot, también miembro de Betar, se arrojó a sus brazos y lo felicitó.

Y cuando, oculta tras la gorra, le dio un beso largo, Hulda volvió bruscamente la cabeza y abandonó a paso militar aquella plaza de traición a la patria.

Echó a correr.

Se alejó de la plaza.

Y en algún momento se encontró dentro de un camión sin saber siquiera cómo había subido.

Le daba igual dónde pasaría la noche.

 

El viaje en aquel destartalado camion se hizo interminable. El conductor, bajo y macizo, guardaba silencio. Hulda estaba exhausta.

Había dicho que iba a Roma, aunque parecía conocer más la dirección que el camino o el destino. La grasa de su nuca brillaba; olía como quien lleva horas sin detenerse, sin agua, sin lavarse, sin cuidarse. Cada vez que metía una marcha a la fuerza, la cabina traqueteaba y se estremecía.

Quizá aquel camión sólo siguiera avanzando por costumbre.

La lucha a sacudidas contra el sueño mantenía despierto al conductor.

También a Hulda, zarandeada sin descanso.

Pero él no la miraba.

Hulda iba encogida bajo la lona que cubría la cabina; la vibración le recorría el cuerpo desde la coronilla hasta las plantas de los pies.

Pensó en Leone.

Y tuvo que admitir que aquella noche habría sucumbido a él.

La excitación continuaba instalada en su piel, en los brazos, en las piernas. Pero al mismo tiempo volvía a atravesarla aquella brusca repulsión en cuanto aparecía ante ella la imagen del beso entre uniformes.

El olor a aceite y caucho le confirmó que había tomado la decisión correcta.

Había abandonado a Leone.

Había detenido aquel camión.

Y había subido.

Pensó en Roma.

En Berlín.

Y otra vez en Roma.

En algún momento debió de quedarse dormida.

Al amanecer volvió en sí con los ojos vacilantes. El viejo continuaba exactamente igual ante el volante, como si le hubieran atado una vara a la espalda, la mirada clavada en la carretera.

Sin pausa.

Sin un temblor.

—¿No está cansado? ¿Podríamos parar en el próximo café? Necesitaría...

Por primera vez apartó los ojos de la carretera. Una sonrisa fatigada pasó por sus labios.

—¿Se ha quedado dormida, signorina?

—Me gustaría invitarle a un espresso. Como pequeño agradecimiento por haberme llevado toda la noche.

—Primero hágase mayor y tenga cuidado con quién se sube a un coche. Si fuera usted mi hija, no habría dormido en toda la noche. Aunque tampoco he dormido así. ¿Qué hace sola en la carretera sin necesidad de estarlo?

—Necesidad sí tengo. Sólo que no de esta manera.

El hombre asintió lentamente.

Había entendido.

—¿Se ha marchado de casa?

—No exactamente. Voy a ver a un amigo. De Berlín. Tiene una beca en la Villa Massimo.

—Conozco la Academia Alemana. Llevo a menudo material entre el Ministerio del Reich en Berlín y la Villa. Qué casualidad.

—¿Y hoy va también allí?

—Pues sí.

—¿Entonces conoce la casa?

—Conocer es decir demasiado. Trato con la administración y sólo veo a los artistas cuando tengo que transportar sus piedras enormes o sus esculturas.

—¿Cómo es?

—Ordenada. Organizada. Desde que nuestro Duce y el alemán forjaron el Eje, estoy continuamente en la carretera. En Berlín y en Roma, al final de cada viaje encuentro una comida decente en la cantina. Ya verás. De allí no salimos con hambre.

Se dio cuenta de que, sin notarlo, había pasado del usted al tú.

Como si ella formara ya parte de la carga.

—¿Entonces puedo ir con usted?

—Si ayudas a descargar.

Una sombra de alegría cruzó su rostro.

—¿Y tu amigo está allí?

—Amigo es decir demasiado. Lo conozco desde hace poco. En realidad sólo soy su modelo y aprendo observándolo.

—Figura tienes. Pero ten cuidado.

Su voz adquirió algo paternal. Bajó el tono, confidencial:

—La Villa es el centro alemán de la propaganda fascista.

—¿Cómo dice?

—Estábamos con el tú. Por allí no circulan más que cabezas de mierda pardas y negras. El Duce, Dazzi, Zanelli. Los becarios dicen que muchos de ellos están también en el jurado. De vuestra parte, Bruchfeld y Breker. Hace poco recogí en Berlín parte de las cosas de Richard Scheibe y las traje aquí. A él también.

—¿Scheibe? No me dice nada.

—Dicen que es famoso. Estaba terriblemente preocupado y quisquilloso cuando cargué una figura todavía sin terminar, de tamaño natural: un guerrero desnudo con casco de acero, apoyado en una espada. Estos artistas son de una sensibilidad... Al final no es más que hormigón, piedra o yeso. Peor fue cuando más tarde tuve que llevar aquel monstruo a Frankfurt... ¿o era Nidda?, por allí cerca. ¿Trabajar con artistas? Piénsatelo bien.

El camión entró por la puerta trasera de la Villa Massimo.

El conductor le abrió la puerta del acompañante.

—Por allí está la entrada principal. Y aquí delante, a la izquierda, la puerta de la cantina. Quizá nos veamos allí.

Señaló una puerta lateral de la Villa.

—Muchas gracias. Sí, quizá pase luego por la cantina.

—Me alegraría. Y, sobre todo, cuídate mucho.

Con una ligera inclinación de cabeza, un mezzo sorriso, se quitó la gorra y se la llevó al pecho.

Hulda le tendió la mano.

Le lanzó una mirada fugaz.

Bajo los pinos descansaba una luz amortiguada.

—Ha sido un verdadero placer, señorita.

—Igualmente.

Hulda sostuvo su mirada un instante más de lo esperado.

—Y... hasta la vista.

—Hasta pronto.

Él se inclinó ligeramente, se dio media vuelta y caminó hacia la parte trasera del camión. La luz de una lámpara permaneció todavía unos segundos sobre su espalda antes de que desapareciera en la penumbra.

El olor del camión cedió de golpe al de la cal y el mármol de la Villa Massimo.

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